El Correo de Burgos

Burgos en camino

Ebro y Rudrón: los cinceles de agua sobre las rocas del norte

Muchos siglos han sido testigos de la labor artística de los dos genios del norte

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Burgos

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Actualizado:

J. C. R. / Burgos

Después de tanto andar por vegas, senderos y cañadas me sigue sorprendiendo el azar con figuras imaginables que se retuercen en los riscos que quedan al aire en los cañones del Ebro y del Rudrón. Por mucho que uno brinde con la libertad y que haga descansar en las nubes blancas la imaginación, ésta se cuela entre las rendijas imaginarias que penden del cielo y sujetan con hilos de seda desde la altura esas formas extrañas, algunas hasta censurables, de esta parte de la montaña burgalesa.

El Ebro y el Rudrón dialogan en el silencio obligado que las paredes de sus cañones les imponen. También comparten secretos los árboles y arbustos de ribera que los pueblan y los abrazan y los acunan y los acompañan en su desenfrenado viaje al mar. Primero el uno en el otro, el Rudrón en el Ebro y luego éste al Mare Nostrum.

Por el camino se dejan media vida. O una vida entera en cada pueblo, no lo sé. Pero han sido capaces de ser escultores en piedra. Por cualquier lugar de los cañones lo veremos. Pero donde quizá se esmeraron especialmente fue en Orbaneja del Castillo. Allí los manantiales, regatos y veneros, los ríos chicos y los grandes, se encargaron de modelar un paisaje de ensueño, tan difícil de reproducir con palabras. Hay que verlo; disfrutarlo; palparlo; sentirlo; olerlo; tocarlo y regalarlo.

Si Orbaneja tiene un encanto especial que engancha los sentidos sin que el que allí se encuentra se dé cuenta, su historia es tan apasionante como su belleza. Es villa templaria y de ello da cuenta su cercana San Martín de Elines que cuenta, además, con una ermita rupestre muy interesante y una iglesia románica espectacular.

Bueno, pues fueron los Templarios lo que levantaron un convento y un hospital de peregrinos y lo encomendaron al santo Albín, que ofreció alberge afable y protección cordial a los peregrinos del Camino de Santiago por la ruta alternativa, la del Ebro.

En Orbaneja, y desde el mismo pueblo, en la Cueva del Agua, nace el arroyo que, tras pasar por el viejo molino viaja en caída libre hasta las aguas del Ebro que se encañona en Orbaneja y además de dibujar un paisaje de encanto, esculpe un pintoresco caserío que se descuelga por las empinadas calles y laderas de piedra de toba del pueblo. Al fondo del paisaje, las caprichosas formas que los visitantes dicen que se trata del beso de los camellos con el relieve del continente africano en medio de ellos.

Y de Orbaneja, tan bella, ¿adónde ir? Pues aunque parezca mentira, los burgaleses y foráneos que lo conocen lo saben, hay más.

Por ejemplo Escalada. Cercanos como estamos a la Navidad, en invierno Escalada es un pueblo de Belén. Antes de que caiga la noche, en esa semi penumbra de la tarde, en duermevela... allí está Escalada, abrazada por el monte que la acuna. Espectacular.

Y no mucho más allá un caminito estrecho nos lleva desde Covanera hasta el Pozo Azul. En realidad es la entrada de una cueva llena de un agua clarísima y pura, heladora pues está a 10º centígrados y de un increíble color azul. En las profundidades del pozo, a más de 15 metros de profundidad y visible con facilidad, tal es la transparencia del agua, se abre la boca de una cueva de más de cinco kilómetros de longitud que ha sido explorada por espeleobuceadores españoles y británicos.

Toca volver a la civilización del asfalto. La carretera es tan sinuosa como la vida misma que se desvanece unas veces y otras se multiplica, como las aguas de la cascada de Orbaneja. Se echa la noche; al fondo agoniza la luna poco a poco. Decrece. Pero en el recuerdo del visitante queda el beso de los camellos.

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