El Correo de Burgos

TRAGEDIA EN BURGOS / Funeral por las seis víctimas

Zarzosa despide a sus seis ‘hijos’ y exige una solución al deficiente estado de los puentes

El arzobispo Gil Hellín presidió el sepelio y alentó a las familias en el trance más duro de sus vidas

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Burgos

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J. C. R. / BurgosDiez minutos antes de la una de la tarde llegaban a la puerta de la iglesia de la Asunción, en Zarzosa de Río Pisuerga, los seis coches fúnebres con los cuerpos de las seis personas fallecidas el sábado en Naveros. Un sobrecogedor silencio aleteaba sin sosiego por la plaza. El respeto y el dolor se daban la mano. Las lágrimas y los abrazos de los allegados y amigos hacían el resto.Unos minutos antes llegaban las autoridades provinciales y regionales. El arzobispo de Burgos, Francisco Gil Hellín, que presidió el sepelio y concelebró con otros cuatro sacerdotes, lo hizo después. Caras serias y doloridas en todos los que se agolpaban en la puerta de la iglesia.Las campanas tocaban a muerto; varios familiares y amigos se encargaron de llevar a hombros dos de los féretros. Dos blancos, de los más pequeños, y el resto de madera oscura. Más silencio sólo roto por el tañer de las campanas. Y más silencio.La iglesia acogía a los seis fallecidos y tras ellos familias y vecinos. Las tres naves del templo estaban a rebosar; el atrio de la iglesia, también, como igualmente lo estaba la plaza.Bandera a media asta y crespón negro en el Ayuntamiento con un calor agobiante y otro calor, el humano, que se hizo llevadero, simbolizado en abrazos y llanto; en manos cruzadas y agarradas y gafas de sol oscuras. Nada podía haber más triste en Zarzosa ayer a mediodía. El trajín, el ir y venir de personas y las puertas abiertas de todas la casas eran un síntoma inequívoco de que había mucha humanidad. Y de la buena, de la solidaria, de la que tiende la mano, de la que consuela, de la que no necesita palabras para expresar el dolor y la solidaridad de todos con todos.Consuelo a las familiasEl arzobispo de Burgos, Francisco Gil Hellín, trató de llevar «una palabra de consuelo» a las familias en la homilía del funeral, con la idea puesta en la «vida futura y en la resurrección». Además del prelado burgalés, concelebraron otros sacerdotes vinculados a la zona.Además de las 170 personas que llenaban el templo, otras 300 se agolpaban en la plaza.LutoEl alcalde de Zarzosa, Jesús Damián García, recordó que esta tragedia ocurrida el sábado ha sido el golpe más duro que ha recibido el pueblo y que los vecinos «tardarán en salir adelante». El Ayuntamiento que él preside ha decretado seis días de luto y la suspensión de las fiestas de Santa María que se debían a celebrar a partir del próximo fin de semana.En la intimidadAl término del funeral, cuatro de los fallecidos recibieron tierra en el cementerio de Zarzosa; un acto que los familiares y amigos vivieron en la intimidad. Otros dos cuerpos fueron trasladados a Palencia para su incineración.Dos de las víctimas, M.S.M., de 37 años, y su hija I.L.S, de 6, vivían en Bilbao, y un sobrino de esta mujer, I.A.A., de 12 años, en la localidad también vizcaína de Getxo.Otras dos de las fallecidas en el accidente son dos jóvenes, de 15 años y de 18 años, ambas residentes en Burgos, donde sus cuerpos recibirán sepultura, en el cementerio municipal de San José. La última víctima mortal, M.A.C., de 36 años, residía en Barcelona.El accidente mortal se produjo en la madrugada del sábado, a las 4:30 horas, cuando un Volkswagen Touareg, conducido por una  de las mujeres, se salía del puente de Naveros de Pisuerga, que cruza la esclusa 13 del Canal de Castilla, en la localidad palentina. En el vehículo viajaban seis personas, tres de ellas menores de edad, que volvían de las fiestas de San Llorente de la Vega hacia Zarzosa de Riopisuerga, localidad en la que veraneaban todos los años.Un reloj atrasadoYa por la tarde, el pueblo fronterizo con la provincia de Palencia retomaba una calma perdida unas horas antes._Aún así, los silencios marcaban las horas sólo rotos por las campanadas de un reloj del Ayuntamiento una hora atrasado, como queriendo hacer que no pase el tiempo, que se detenga, o mejor aún, que marque las horas hacia atrás para llegar a la hora fátidica del sábado y que alguien pudiera evitar que esas familias salieran de San Llorente. Pero ya es imposible. Hoy volverá el carnicero, el panadero... quizá hasta el colchonero. Y la vida volverá a la normalidad. Pero no será la misma. Algunos han perdido hijas, nieto y nietas, sobrino y sobrinas. Personas que desde donde estén, velarán por quienes se quedan aquí.

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