El Correo de Burgos

Quintanilla Valdebodres presume de sus misterios

La localidad quiere dar a conocer los parajes naturales que la rodean al norte de la provincia, entre los que destaca el intrigante ‘Pozo del Infierno’

Calles con tradicionales casas en piedra.-ECB

Calles con tradicionales casas en piedra.-ECB

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Quintanilla Valdebodres, uno de los 38 ‘quintanillas’ de la provincia, presume de esconder entre sus tranquilos rincones naturales-que acogen a su treintena de vecinos-, el intrigante Pozo del Infierno. Surgencia o manantial natural, al que algunos conceden más de 100 metros de profundidad -de los que apenas se han explorado 20 metros-, el paraje ubicado en altura sobre el pueblo y con un viejo molino como vecino unos metros más abajo, tiene su encanto y su misterio, pues como dicen los lugareños, «Satanás tiene allí la entrada a su guarida». Intrigante lugar que encabeza un largo listado de lugares de interés con los que cuenta la villa, a su vez puerta de entrada a una zona de gran belleza que protagonizan los canales de Dulla. Basta con recorrer los apenas 75 kilómetros que, siguiendo la CL-629 hacia Villarcayo, la separan de la capital burgalesa, para después optar por la BU-561 que acercarán al visitante a las aguas del Nela y al viejo trazado del añorado ferrocarril Santander-Mediterráneo. Como referencia también destacable en el entorno, el barranco que permite la impresionante caída de más de 30 metros de la cascada de ‘La Mea’, a la que se llega entre quejigos, encinas y té silvestre, todo ello bajo la mirada vigilante de buitres, alimoches y águilas, entre otra fauna burgalesa. Reclamo natural del que la treintena de vecinos que le dan vida durante el año, que ven multiplicar el bullicio y las risas con la llegada del verano y de aquéllos que vuelven al terruño, disfrutan día a día. Pueblo sotoscuevense entre montañas, con calles estrechas e irregulares dando cobijo a casas de planta baja, en las que hasta hace bien poco no era extraño hallar corrales, cuadras y horneras junto a balcones de madera trabajada, y huertas y despensas naturales. Tradición conservada por parte de sus habitantes tanto en rincones particulares como espacios comunes entre los que destaca su recoleta plaza, eterno foco de tertulias y trasnoche estival. Presidido todo ello por ‘La Santina’, cariñoso apelativo con que los lugareños se refieren a la Virgen con el niño en brazos, cuya pétrea figura preside el lugar dando así la bienvenida a vecinos y viajeros. Enclaves monumentales presididos por la iglesia de San Miguel Arcángel, de amplio atrio y prismática torre del campanario que aún hoy cumple sus funciones de vigía, a la vez que congrega a los fieles periódicamente gracias a viejas tradiciones que perviven. Junto a ella la calleja que lleva hasta el templo y que en ascensión por el ‘Camino del Calvario’ arriba al camposanto y la ermita de la Virgen de la Carrasca. Albergue para la Virgen de la Leche, preciosa talla de María que a punto esta de amamantar al hijo de Dios. Conservada belleza natural y escultórica que hacen de Quintanilla Valdebodres un entrañable rincón, desde el que se invita a todos a conocer un pequeño muestrario de la vida pasada norteña donde hunden sus raíces cientos de López, Guerra, Sainz, Ruiz, Pereda, Gómez, Martínez, Varona o Bustamante entre otras familias. A los que se suma, como gran orgullo de los lugareños, su convecino el ingeniero José Luis López Gómez. Ingeniero e hijo ilustre de la villa sotoscuevense es José Luis López Gómez, reconocido por votación popular en 2013 en Amsterdam con el Premio al Mejor Inventor Europeo, alzándose así entre los 123.000 optantes que concurrieron al premio.

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