La fortaleza de Santa Engracia, referente del patrimonio militar
Considerado como el cerrojo de la meseta castellana, se utilizó en tres guerras europeas

Las pasarelas permiten acceder a los antiguos fuertes y dependencias.-G.G.
Recorrer un campo de batalla no es difícil en la zona norte de la provincia, pues ha sido escenario de luchas armadas desde el principio de la historia. No obstante, resulta complicado concentrar en un solo punto enfrentamientos bélicos, bien documentados y relativamente próximos en el tiempo, que permitan hacerse una idea de la dureza de aquellos combates. Por ello, la fortaleza de Santa Engracia, en Pancorbo, es un lugar único que permite visitar uno de los lugares en los que, en un lapso de un cuarto de siglo, se libraron tres guerras europeas consecutivas.La historia de la fortaleza comenzó con la Guerra de la Convención, que determino su construcción en 1794 jugando un papel importante pese a encontrarse aún en fase de construcción tras la invasión francesa que llegó a tomar la villa de Miranda de Ebro. Pese a la paz alcanzada en este conflicto, la construcción siguió adelante -debido a su importancia estratégica- hasta su conclusión en el año 1797. El trabajo fue extremadamente duro y requirió la participación de 1.455 obreros, 100 mulas y 20 carros bajo la dirección del ingeniero jefe Fermín de Rueda.Una vez terminado, el complejo defensivo contaba con capacidad para 3.575 personas, espacios para hospitales, almacén de ropa, cocina, despensa, polvorines y aljibes para el agua necesaria para la guarnición. La tropa estaba formada -al estilo del siglo XVIII- por voluntarios y por quintas escogiendo un hombre de cada cinco en cada pueblo. Pero también había levas entre vagabundos, todos ellos bajo el mando de un cuerpo de oficiales.Según se desarrollaban las luchas, en una época convulsa, los soldados que ocuparon la fortaleza cambiaron y la guarnición española fue expulsada por las tropas napoleónicas que la asaltaron en marzo de 1808.La presencia gala se mantuvo firme durante cinco años, ya que fue una posición clave para cubrir la retirada del ejército francés tras las derrotas de la Guerra de la Independencia.Por tanto, no fue hasta el 30 de junio de 1813 cuando fue tomada al asalto por las tropas de Wellington tras un intenso bombardeo con cañones, obuses y morteros que dañó la construcción y dejó apenas 700 supervivientes de la guarnición francesa.La paz reinó sobre el campo de batalla pancorbino durante cierto periodo de tiempo, ya que el rey Fernando VII decidió no repararla tras su regreso al trono de España.La situación cambió con la llegada del Trienio Liberal, que lo convirtió en un baluarte militar contra el absolutismo que resistió una nueva invasión francesa, los 100.000 Hijos de San Luis, cuyas tropas la tomaron nuevamente al asalto en 1823.Los altos costes en vidas y material bélico que suponía la toma de este rocoso enclave llevó a la decisión de que los zapadores la volaran para impedir su uso militar futuro.Resulta curioso que la fecha de destrucción de uno de los reductos liberales más sólidos por fuerzas extranjeras en Castilla fuera el 23 de abril de 1823.Los trabajos de recuperación ejecutados en la fortaleza permiten recorrerla hoy en día prácticamente en su totalidad, como el Frente de San Carlos con la Batería de San Fermín, Revellin y la Terraza de Santa Orosia. De igual forma, por las pasarelas se accede al cuerpo principal de Santa Engracia que da salida a los fuertes externos de San Luis y Cruz salvándose los profundos fosos diseñados para frenar el avance de los asaltantes, que conforman el sistema defensivo.Un sencillo vistazo a los muros que se mantienen intactos en las laderas permiten observar los daños de los proyectiles artilleros en los distintos ataques sufridos.En el recorrido, se localizan paneles informativos en los que se detalla el aspecto original de la fortaleza y las armas utilizadas en los combates.El número de muertos en los 25 años de funcionamiento militar operativo de Santa Engracia resulta muy difícil de concretar. Sin embargo, tras el recorrido, queda claro que no había escapatoria en los ataques y que en los bombardeos artilleros tan solo las cuevas ofrecían algo de protección.