Los carreteros reviven el pasado y traen a Burgos tradición y tesón
La Asociación de Carreteros de Quintanar concluyó ayer en Burgos la primera etapa del proyecto de reconstrucción de la nao San Juan hundida en 1565, que en septiembre les llevará hasta Guipúzcoa

El ‘mayo’ es una de las cargas que portan las tres carretas con las que viajan, en las que llevan también cubas de brea, vigas y lana entre otras cosas.-S. O.
Los carreteros llegaron ayer a Burgos tras cinco días de ruta desde Quintanar de la Sierra, con sus tres carretas tiradas por bueyes y vacas serranas. Llegaron cargadas de cubas de brea, vigas o lana, así como con el ‘mayo’, pino de gran envergadura el cual, sin embargo, no pudieron ‘pingar’ como estaba previsto a su llegada a la capital, para revivir la tradicional cita rural que da la bienvenida al mes de mayo.Sí lograron, sin embargo, una calurosa bienvenida por parte de los burgaleses y los danzantes de María Angeles Sáez -así como de varios madereros que ofrecieron una exhibición de corte de troncos-, quienes quisieron de esta forma, agradecer su labor como conservadores de una de las labores más duras y unidas al pasado burgalés.El responsable de la Asociación de Carreteros de Quintanar de la Sierra -miembro a su vez de la Real Cabaña de Carreteros-, Antonio Martín Chicote, se mostró muy satisfecho tras haber concluido ayer en Burgos la primera etapa de la nueva ruta trazada por la agrupación quintanariega ‘De la sierra al mar’. En el mes de septiembre se realizará la segunda parte de la misma que les llevará, tras 17 días de ruta, hasta la localidad guipuzcoana de Pasajes.El proyecto supone la decimoséptima ruta carreteril que la asociación realiza, en el que no han dudado en colaborar con el colectivo vasco Albaloa y que tendrá como fruto la reconstrucción de la nao San Juan, el barco ballenero que tras salir de Pasajes acabó encallado en las costas canadienses de Terranova en 1565, y cuyos restos fueron hallados cuatro siglos después. Iniciativa que ayer trajo a Burgos a cerca de 40 carreteros, a los que se fueron sumando otras tantas personas en su camino desde Quintanar, que les ha llevado por las localidades de Castrillo, Hortigüela, Quintanalara o Carcedo, siendo Burgos el punto final de esta primera etapa.En concreto hasta la fachada del Museo de la Evolución Humana (MEH), donde la exposición Txalupac y Carretas -que podrá visitarse hasta junio-, recuerda las raíces históricas en las que se ancla este proyecto que, en septiembre, continuará con su segunda parte, una etapa que en poco más de diez días llevará a los carreteros burgaleses, sus seis bueyes y un mulo al puerto de Pasajes. «Hoy acabamos la primera etapa con la que hemos cogido fuerzas después de un año de estar parados por la burocracia», comentaba ayer Martín Chicote a su llegada a la capital.Éste agradeció «el recibimiento y el apoyo que las gentes de Burgos y de las localidades por las que hemos pasado nos han dado, ahora y a lo largo de estos años que llevamos de trabajo en pos del mantenimiento de esta tradición».Ausencia institucional
Implicación de la ciudadanía que como se lamentó Chicote, «sin embargo no vemos en las instituciones burgalesas y regionales, y que contrasta con el gran interés que la iniciativa ha despertado entre las instituciones y sociedad vasca».Reprochó por ello la ausencia de representantes del Consulado del Mar burgalés en los actos celebrados en Canadá vinculados al hallazgo de los restos de la nao San Juan, hoy declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Así como en el País Vasco, donde se prevé una gran celebración en septiembre. «Pues este ballenero español está estrechamente vinculados al Consulado del Mar, ya que fue quien pagó 3.000 ducados para fletar este barco», comenta.Asimismo rompió una lanza a favor de los ganaderos quintanariegos, a quienes -como explicó-, les ha hecho mucho daño una campaña brutal que ha prohibido sacar estos ejemplares durante todo el año pasado. «Se han saltado los protocolos que marca la ley, lo que se ha saldado con el sacrificio de tres ejemplares de vaca serrana, una especie protegida como raza en extinción, a pesar de que a día de hoy los análisis no han marcado que hubiera enfermedad».Añadió que por un lado piden conservar las tradiciones «y luego permiten actuaciones como ésta, que le quitan las ganas a quienes las mantienen». Recordó que los ganaderos «cuidan estos animales por amor pues no tienen finalidad cárnica, y a pesar de suponerles un gasto en mantenimiento, que supera los 500 euros anuales», cifró.Y es que, como explica, para esta especie su principal ventaja décadas atrás -ser puro músculo y fuerza esencial para las labores agrarias y de transporte-, «hoy es también su peor enemigo pues al no tener carne no son ‘fuente de chuletones’ como sí lo son otras razas, preferidas por ello para el consumo». Agradeció así a la Diputación de Soria que apostó por su conservación y compró los ejemplares a su homónima burgalesa, lo que hace que sólo perviva esta raza en dos granjas sorianas.