El Correo de Burgos

Pasión y resistencia: la historia de un pueblo que no puede vivir sin música

Con 150 años de trayectoria a sus espaldas, la Banda Municipal de Pradoluengo es sinónimo de orgullo colectivo. Decana de la provincia de Burgos, los grandes actos de la villa textil no se entenderían sin su presencia

Antiquísima fotografía de la Banda de Música de Pradoluengo, tomada a finales del siglo XIX o principios del XX.

Antiquísima fotografía de la Banda de Música de Pradoluengo, tomada a finales del siglo XIX o principios del XX.

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Burgos

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Siglo y medio de historia. De una larga, pasional y -en innumerables ocasiones- azarosa historia. Más que una institución, algo que está fuera de toda duda, la Banda Municipal de Música de Pradoluengo es un sentimiento. Se puede explicar con palabras, pero quien habla siempre es el corazón. Sus instrumentos nunca han dejado de latir pese a las crisis, dimisiones y disoluciones temporales. Cada vez que hubo desavenencias con el Ayuntamiento, el pueblo supo responder en defensa de «la Música a secas como se decía a finales del siglo XIX».

Pasó ciertamente desapercibido el 150 aniversario de la banda decana de la provincia (con permiso de la de la Casa de Beneficencia de Burgos, documentada desde 1865, aunque no era municipal). Quien no se olvidó de celebrar la efeméride, con dos días de antelación a través de X (antes Twitter) fue el historiador y profesor de la Universidad de Burgos (UBU) Juanjo Martín, autor de Historia de la Banda de Música de Pradoluengo, editado en 2003. Lo hizo con una imagen de un pasacalles, allá por los años 20, bajo la dirección de José Santamaría, más conocido como Don Pepe.

Martín formó parte de la agrupación en sus tiempos mozos. Tocaba el clarinete y aprendió solfeo gracias a Luis Martínez, el más longevo de los directores (1965-2000). Nada más entrar como educando, tal y como se conoce a los novatos, le tocó «pagar la entrada»: vino y pastas. Lo mejor, sin lugar a dudas, era que «los músicos estaban siempre de guasa». El buen ambiente era palpable y siempre se tomó con humor las clásicas bromas al recién llegado. Por ejemplo, «poner una peseta en el clarinete para que no sonara durante la procesión».

Mucho había llovido ya desde los inicios hasta que Martín entró a formar parte de esta gran familia. Según apunta en su libro, la «verdadera partida de nacimiento» de la banda se produjo el 25 de septiembre de 1873 durante una sesión extraordinaria en el Ayuntamiento, bajo la Alcaldía de Clemente Mingo, en la que se acordó celebrar dos días después la Fiesta de Acción de Gracias contando con «músicos de esta villa a quienes se les gratificará convenientemente». Sin embargo, la municipalización oficial no se concretaría hasta el 30 de septiembre 1882 por orden del entonces primer edil, Luis Martínez Santa Cruz, «teniendo en consideración la categoría de esta localidad, así como los deseos del vecindario que es muy aficionado a este bello arte».

Ni siquiera esta segunda fecha arrebataría el decanato a la Banda Municipal de Música de Pradoluengo. A este respecto, el historiador se basa en la documentación existente sobre los orígenes de las agrupaciones más antiguas de la provincia como las de Briviesca (1885), Lerma (1888), Miranda de Ebro y Poza de la Sal (1891) o Salas de los Infantes (1899).

La banda de Ezcaray, ya presente en Pradoluengo en 1861, «impulsó las ganas que había» de crear un conjunto solvente. 

No cabe duda de que Ezcaray «impulsó las ganas que había» de crear un conjunto solvente en la villa textil. La localidad riojana contaba con su propia agrupación musical y ya en 1861 se dejó ver en las Fiestas de Gracias. Con el paso de los años, acabaría habiendo cierto «pique» entre los músicos de ambos municipios. Lo que no se puede negar es la influencia del pueblo ‘vecino’. Empezando por el primer director de la Banda de Pradoluengo. Rufino Castro, natural de Ezcaray, puso en órbita un proyecto que se vería obligado, de aquí en adelante, a luchar contra la escasez de medios económicos y materiales mientras amenizaba todas las fiestas y actos públicos habidos y por haber.

A Martín le parece «significativo» que la banda diese sus primeros pasos bajo amparo municipal durante la Primera República. Una veintena de músicos aficionados, «la mayoría chavales», se esmeraban en el noble arte de tocar un instrumento con afán de profesionalizarse y ensalzar el nombre de su tierra. De origen obrero en su mayoría, los tiras y aflojas con el Ayuntamiento por sus raquíticos emolumentos acabó convirtiéndose en un fenómeno cíclico que se repetía cada dos por tres. En aquellos momentos de tensión, cuando los directores también alzaban la voz por la parte que les tocaba, el pueblo siempre estuvo de su lado.

200 mujeres, con piedras en sus respectivos cestos, exigieron «Música». El alcalde, asustado, se escondió en el cuarto del reloj.

Sonado fue el conflicto de 1917, cuando la Corporación tuvo la idea -de todo menos brillante- de sustituir a la banda, al borde de su desaparición, por un piano-orquesta tras hacerse con un manubrio. Las mozas del pueblo no se lo tomaron nada bien y lanzaron una enorme piedra contra el instrumento. Al día siguiente, el alcalde, Enrique Velasco, mandó avisar a las jóvenes para que acudiesen al sepelio del maltrecho aparato. No esperaba que se presentasen 200 mujeres de armas tomar, con piedras en sus respectivos cestos, dispuestas a exigir «Música» con mayúsculas. El regidor, asustado, corrió a esconderse en el cuarto del reloj de la Casa Consistorial.

Como bien refleja Martín en su libro, «sustituir por el mecanismo rotario de una máquina la interpretación de los músicos de la Banda, era despojar de sentido las propias celebraciones en las que esta actuaba». Más claro agua. Y quien no daba caldo, podía recibir siete tazas o más.

Judith Melgosa y Beatriz Mateo fueron las primeras mujeres en incorporarse. Hubo que esperar hasta 1983.

Otro de los hitos de esta historia con tantos giros de guión perfectamente plasmados en la obra de Martín es la incorporación de la mujer. Hubo que esperar hasta 1983, en tiempos de Luis Martínez, dando así carpetazo a los desfasados reglamentos que impedían su acceso. Judith Melgosa y Beatriz Mateo fueron las primeras, pero no las únicas.

Siglo y medio más tarde, la Banda Municipal de Pradoluengo sigue viva, orgullosa y coleando. Conviven en su seno distintas generaciones, desde la adolescencia hasta la tercera edad. Por sus filas han pasado músicos de la talla de Mariano Marín, compositor de bandas sonoras como las de Tesis o Abre los ojos de Alejandro Amenábar; José Zaldo García, toda una eminencia en la Orquesta de Cámara de León o Pedro Bartolomé: cuarta generación de la mítica saga Pedrules, miembro y posteriormente director de la agrupación, que hoy se codea con los grandes mientras lidera la Joven Orquesta Sinfónica de Burgos (JOSBu)

Por todo esto, y por lo que haya de venir, no sería de extrañar la que la villa textil sople otras 150 velas aunque ya no estemos para verlo.

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