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Aguilar de Bureba: El pequeño corazón de la comarca

Ubicada cerca de Briviesca, esta villa burgalesa destaca por su rica historia, desde la producción de vino Chalolí hasta la restauración de su iglesia románica y el singular juego de las chapas

Vista general de Aguilar de Bureba con la iglesia de Santa María la Mayor en el centro.

Vista general de Aguilar de Bureba con la iglesia de Santa María la Mayor en el centro.ECB

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Aguilar de Bureba, una pequeña localidad burgalesa en el corazón de la comarca de La Bureba, se erige a escasos kilómetros de Briviesca, su centro neurálgico. Este enclave, asentado sobre un llano y coronado por la ermita de San Guillermo, atesora una rica historia y un patrimonio cultural que se manifiesta en su arquitectura y sus arraigadas costumbres. Desde sus orígenes ligados a la agricultura y la viticultura, hasta la reciente restauración de su emblemática iglesia, el municipio ofrece un viaje a través del tiempo y la tradición.

La prosperidad de sus tierras, tradicionalmente dedicada al cultivo de cereal, fue un factor determinante para los primeros asentamientos en la zona. Además, Aguilar de Bureba fue un notable productor del vino Chalolí, elaborado con uvas de sus propios viñedos, hoy desaparecidos, lo que propició la existencia de hasta una treintena de bodegas en la localidad. La primera referencia escrita a este municipio se remonta al año 947, documentada en los cartularios del Monasterio de Oña, evidenciando su antigüedad y relevancia histórica en la región.

La cercanía a Briviesca, considerada el epicentro de la comarca, ha influido de manera significativa en el desarrollo y la identidad de Aguilar de Bureba a lo largo de los siglos. Esta interconexión ha moldeado su devenir, tanto en aspectos económicos como culturales. Fray Valentín de la Cruz, cronista oficial de la provincia, destacó que Aguilar de Bureba poseyó dos escudos hasta, al menos, el año 1890. Uno de ellos representaba una torre almenada sobre un monte, probablemente el mismo cerro donde hoy se alza la ermita de San Guillermo. El segundo escudo mostraba un águila completamente abierta, de una sola cabeza mirando a su derecha, con la cola extendida y las garras perfectamente marcadas, un símbolo que podría aludir al propio nombre de la localidad. Esta interconexión ha moldeado su devenir, tanto en aspectos económicos como culturales, y ha dejado una huella indeleble en su identidad.

Imagen exterior de la iglesia de Aguilar de Bureba, Bien de Interés Cultural desde 1983.-G.G.

Imagen exterior de la iglesia de Aguilar de Bureba, Bien de Interés Cultural desde 1983.-G.G.

Fray Valentín de la Cruz, en su obra ‘Burgos. Guía completa de las tierras del Cid’, describió a Aguilar de Bureba como un pueblo levítico, muy prolífico en sacerdotes, bondadoso y profundamente tradicional. Esta caracterización subraya la importancia de la fe y las costumbres en la vida de sus habitantes. Asimismo, la localidad ostentó la condición de villa realengo, lo que implicaba una dependencia directa de la Corona, sin intermediarios señoriales. Esta particularidad histórica le otorgaba ciertos privilegios y una relación especial con el poder real, diferenciándola de otras poblaciones bajo jurisdicción nobiliaria.

Entre los puntos de interés más destacados de Aguilar de Bureba se encuentra la Iglesia de Santa María la Mayor, una joya arquitectónica cuya construcción se inició entre finales del siglo IX y principios del siglo XII. Su diseño original siguió los cánones de la prestigiosa Escuela de Oña, un estilo característico de las iglesias románicas de la época en la región. Hasta el siglo XV, el templo mantuvo su formato primigenio, pero a partir de entonces comenzó a experimentar una serie de transformaciones significativas, un proceso común en muchas edificaciones religiosas que se adaptaban a las nuevas corrientes artísticas y necesidades litúrgicas.

Una profunda reforma afectó a los dos últimos tramos de la nave, donde se añadió un coro alto con una impresionante bóveda estrellada y un acceso singular a través de un husillo integrado en el muro norte. Posteriormente, se levantaron dos capillas adicionales en los lados norte y sur, lo que confirió a la iglesia una planta de cruz latina, una disposición más compleja y simbólica. Estas capillas fueron cubiertas con bóvedas de estilo plateresco, evidenciando la evolución artística del edificio a lo largo de los siglos. La metamorfosis del templo continuó, con nuevas edificaciones en el siglo XVIII que, paradójicamente, ocultaron gran parte de su estilo románico original. A finales de este siglo y principios del XIX, el muro norte quedó completamente disimulado tras la construcción de una nueva edificación destinada a almacén.

En el interior de la iglesia, a pesar de las múltiples intervenciones, sobresale el Retablo Mayor, de estilo rococó, una pieza de gran valor artístico que preside el altar. También destacan los dos retablos laterales, que complementan la riqueza ornamental del conjunto. A mediados del siglo XX, se inició una primera fase de restauración que se centró principalmente en el interior del templo. Sin embargo, a pesar de haber sido declarada Monumento Histórico-Artístico Nacional en 1983, los problemas de conservación de la estructura se fueron agravando con el paso del tiempo, poniendo en riesgo la integridad de este valioso patrimonio.

El año 2002 marcó el momento más crítico para la Iglesia de Santa María la Mayor, cuando se produjo el colapso total del tejado de la nave principal, así como de la escalera de acceso al campanario. Este grave incidente fue el inicio de una serie de problemas estructurales, a los que se sumaron las filtraciones de agua. Estas afectaron directamente a la zona del retablo que daba a la pared, la cual quedó al descubierto tras el derrumbe inicial del tejado de una de las naves laterales. La situación era alarmante y la necesidad de una intervención urgente, evidente.

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