Cuento del humanista que jugaba con piedras
Cultural Cordón recorre el proceso creativo y vital de Jorge Oteiza en una retrospectiva que arranca en los años treinta y concluye en los setenta. Hasta el 29 de agosto

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A.S.R. / Burgos
De niño Jorge Oteiza jugaba con las piedras, las cambiaba de sitio hasta la desesperación para sorprender el vacío que dejaban. Ese asombro no desapareció al hacerse mayor. La búsqueda constante para «crear un arte para el hombre» cinceló sus arrugas y sus canas. A este recorrido vital y creativo se acerca Cultural Cordón con la retrospectiva Oteiza: 1935-1975. La Casa del Ser, hasta el 29 de agosto.
Ciento trece esculturas y dibujos de la Fundación Museo Jorge Oteiza escriben este cuento articulado en siete capítulos que siguen la trayectoria del escultor vasco desde los años treinta a los setenta. Unas piezas que van más allá de la simple investigación formal. Tanto el director del Museo, Gregorio Díaz Ereño, como el coordinador de exposiciones de Cultural Cordón, Javier del Campo, resaltan la faceta de humanista de este creador «díscolo, indómito, provocador, rebelde, irrepetible, conspirador, proteico, poliédrico, quijotesco...».
«Los públicos pueden discurrir entre las obras y llegar a una mejor comprensión del que es uno de los mejores escultores del siglo XX, pero no sólo escultor, sino también pensador, filósofo, ensayista, antropólogo... Es un hombre del Renacimiento que maneja todos los elementos del saber en un sentido de hacer arte, pero con unos planteamientos siempre volcados a la sociedad», ilustra Díaz Ereño.
En esta inquieta personalidad ahonda Del Campo: «Él decía que las piezas en sí no eran nada, lo importante era el hombre, que debía poder disfrutar, sentir, pensar de una forma plácida, autónoma, independiente, cobijado por estos grandes espacios que él pergeñaba».
En siete pasos
El viaje al mundo creativo de Oteiza comienza en los años treinta con «el tratamiento de la forma arcaica y simbólica, la esquematización formal y la huella profunda de la materia». Esta primera etapa, con piezas de cerámica, poco frecuentes, da paso al trabajo encargado a Oteiza en 1952 para la basílica de Aránzazu. La interrupción de su investigación abstracta no impidió que la Iglesia prohibiera su creación, reiniciada en 1968. Cabezas de apóstoles, ángeles o representaciones de la Piedad reflejan este trabajo religioso.
Esta inspiración figurativa convive en el tiempo con otras esculturas que la superan y se dejan guiar por el aligeramiento de la masa con perforaciones o la apertura de los sólidos con módulos de luz. Piedra caliza, alabastro, mármol, madera... son algunos de los materiales utilizados en este tercer capítulo, con obras cercanas al Oteiza más reconocible. Pequeños dibujos a tinta o collages ayudan a inmiscuirse tímidamente en la mente en ebullición del autor.
Los poliédros Malévich son los protagonistas del cuarto episodio. Se caracterizan por el vaciado del cubo mediante cortes de disco y descomposición geométrica en planos. Adoptan el nombre del pintor Kasimir Malévich, «el más claro precursor de Oteiza en la búsqueda de la esencia espiritual de la creación».
El visitante tendrá que bajar un piso para encontrarse, a mediados de los cincuenta, con el desalojo de materia y la apertura de la esfera, a la que dota de dinamismo espacial. Un artificio que propicia creaciones más ágiles. Ese vaciamiento se traslada a los poliedros hasta dar con las llamadas cajas vacías y cajas metafísicas.
El último rincón de esta muestra se guarda para una mínima representación de las más de 2.000 piezas tratadas por Jorge Oteiza en su proceso de investigación. Lo que él llamó Laboratorio experimental.