El Correo de Burgos

La calle baila con sonidos del Este

El rumano Ivae Patrica y el grupo ucraniano Carpatiem ponen banda sonora al verano y animan el turismo en el casco histórico

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Burgos

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A.S.R. / Burgos

Pablo da sus primeros pasos por El Espolón. Su abuela apenas le mantiene recto. De pronto se para, los ojos muy abiertos, mira a Maricarmen y levanta el brazo. No espera respuesta, con su cabeza andando más rápido que sus pies se encamina hacia el Arco de Santa María. Es inevitable. Un hechizo sin antídoto. Una voz que nada tiene que envidiar a la de las grandes divas del bel canto suena bajo esta puerta principal de la ciudad. Los cinco músicos ucranianos que componen el grupo Carpatiem ponen banda sonora a la mañana dominical. Si Pablo quiere ver algo tendrá que hacerse hueco entre las piernas de peregrinos, familias enteras de turistas y burgaleses de domingo que han hecho un buen corrillo.

No es el primer día que los ritmos del Este se hacen fuertes en el Arco de Santa María. La música callejera de Solomia, Yurin, Roman, Handry y Oleg ha acompañado el pasear tranquilo de los turistas, el caminar cansado de los peregrinos y el ir y venir estresante de los burgaleses que aún no se han cogido vacaciones.

Su repertorio es amplio. Los compositores clásicos suenan con el folclore ucraniano, el español o el húngaro. También salen a escena partituras de cine. Piden la voluntad. La funda de un instrumento siempre ávida de monedas. Y cuando los aplausos, fuertes siempre, demuestran que la pieza ha gustado ondean uno de sus discos por si alguien quiere más. Han grabado tres álbumes distintos.

En su precario español y sin perder la sonrisa, Oleg dice que sí, que sí, que la gente es generosa, pero no muy. Han llegado a Burgos y antes han pasado por Logroño, Zaragoza, San Sebastián... De sus palabras se extrae que las ciudades del norte son para el verano. Las del sur las dejan para el otoño y el invierno. Porque también en Murcia han bailado el son del Este.

Carpatiem ha encandilado a los que han pasado esta semana por la capital burgalesa. Se les ha visto en el Arco de Santa María y en la calle de La Paloma. Una buena sombra ha sido su compañera más querida.

La música callejera pone otra magia a las mañanas de vermú y a las tardes de paseo. Desembarca en grupo o en solitario. Se queda varios días o como viene se va. Arrastra a más o menos gente.

Igual que Oleg and company han tenido sus momentos de gloria, también Ivae Patrica saboreó los suyos.

El enorme timbal con el que viaja es lo primero que llama la atención de este músico rumano obligado a vagar de ciudad en ciudad por culpa de una señora llamada crisis económica. Cuenta que él tenía un trabajo bueno en Madrid. Tocaba en un teatro con otros compañeros, hasta bailarinas tenía, pero los recortes se llevaron por delante a la mayoría. De cuarenta sólo quedaron siete y la calle los acogió con los brazos abiertos.

No le quedó otro remedio que buscar un carrito y llevar su timbal a cuestas. Se queja de los malos modos que algún policía ha tenido con él. Cree que le ha caído mal y le persigue. Y dice no haber comprobado aún si los burgaleses son generosos o no. Sólo sabe que en octubre emprenderá camino a Alemania. Quiere encontrar la sonrisa robada a la fortuna.

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