El Correo de Burgos

La dulzaina, viaje del ocaso al esplendor

El fallecimiento de Alejandro Céspedes, los 25 años de la asociación de amigos y las fiestas populares ponen de actualidad este instrumento, que estuvo al borde de la muerte

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Burgos

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A.S.R. / Burgos

Allí donde ella campa reina la alegría, muchos mozos han humedecido sus labios por primera vez en su boca y hasta los santos bailan a su son. La dulzaina es la niña bonita de los pueblos burgaleses cuando asoma la cuesta de agosto y suena a jota en la plaza. Nada serían la Virgen y San Roque sin ella. Es una de las protagonistas del verano y esencial en las fiestas patronales. Una relevancia que este año es mayor. El 22 de noviembre se cumplirán 25 años de la creación de la Asociación Amigos de la Dulzaina y huérfana se ha quedado recientemente tras el fallecimiento de Alejandro Céspedes, músico, maestro y artesano, que arrimó el hombro en los setenta para sacarla del pozo en el que se estaba hundiendo más, y más, y más... Se contonea lozana la dulzaina hoy, pero no siempre fue así. Herida de muerte agonizó en los cincuenta tras haber vivido alegremente desde la segunda mitad del siglo XX.

«La Guerra Civil determina una pérdida importante, pero también las nuevas formas de música introducidas a través de las orquestinas, las orquestas de jazz con batería, cajón, chaston, bombo y dos saxofones hace que los pueblos eliminen la dulzaina por otras sonoridades nuevas», analiza Miguel Alonso, director de la Escuela Municipal de Dulzaina y presidente de Amigos de la Dulzaina.

Llegaron los setenta. El instrumento entraba en coma. Quedaban pocos dulzaineros en la provincia burgalesa. Sólo los municipales de la capital, necesarios para los actos de protocolo, se mantenían. Fuera de la Casa Consistorial pocos quedaban. Ahí estaban Lidio Portal y Simón Altable (Mecerreyes), Teófilo Arroyo (Sotillo de la Ribera), Ángel Rodríguez (Los Balbases), Pedro Barcina (Moneo), Joaquín Vivar (Susinos del Páramo) y Felipe González (Cillaperlata). También resistían en Salas, Contreras y Castrillo de la Vega. No eran suficientes. Se encontraba al borde de la muerte.

A mediados de los setenta empezó a ver la luz. Algunas iniciativas aparecieron como el mejor oxígeno para su supervivencia: Concurso de Flauta, Pito y Dulzaina de la Provincia, organizado por Justo del Río para animar a los chavales a tocar este instrumento -se mantuvo 25 ediciones hasta que se consideró alcanzado el fin para el que había nacido-; tres focos de formación autodidacta en torno a Justo del Río, Alejandro Céspedes -en Capiscol- y Javier Hernando, que representaba la tradición familiar ya que su padre, Anastasio, también había tocado; y la aprobación de la creación de la Escuela Municipal de Dulzaina en 1977, aunque no se pondría en marcha hasta dos años después.

Un hecho importante en la mejoría del enfermo fue el estado de las autonomías. «Contribuyó mucho al rescate de todo lo autóctono y folclórico. Buscaba en aquello que diferenciaba a cada territorio con el vecino. Se trataba de hallar su propia idiosincrasia, su propia forma de ser, de hacer... Esto hace que se vuelque en la recuperación de la dulzaina en Castilla. Hasta entonces sólo funcionaban las escuelas de Burgos y Segovia, que hoy día siguen siendo referentes, y luego se abrieron centros en todas las capitales de provincia de la Comunidad», recuerda Alonso.

La dulzaina lucía sus mejores colores. La convalecencia había terminado. La buena salud se reflejaba en las extensiones de la Escuela Municipal de Dulzaina abiertas en Capiscol y San Cristóbal, que se unían a las clases impartidas en la sede central, en la calle San Lorenzo.

El viaje del ocaso al esplendor concluye en los años ochenta. La dulzaina vuelve a ser la reina de todas las fiestas. «Ya hay bastantes músicos que han salido de la Escuela de Dulzaina y que son llamados desde los muchos pueblos que inician la vuelta a sus tradiciones, donde siempre había jugado un papel importante este instrumento», expone Alonso, quien sitúa el alta definitiva en el año 1985. Ya no se teme por su desaparición.

Y para impedir una recaída y brindarle mil y una caricias se crea la Asociación Cultural Amigos de la Dulzaina. «Pretende crear unos lazos de convivencia y de intercambio de experiencias entre los dulzaineros y poner en marcha una serie de actividades», apunta su presidente, quien, entre éstas, destaca el Día del Dulzainero, aún vigente.

Tiene alrededor de 200 socios, más de la mitad de la provincia burgalesa y los demás, del resto de Castilla y León.

Fase experimental

Han debido hacer bien su trabajo y los mimos no le han faltado a la dulzaina. Miguel Alonso habla de una fase de experimentación en la actualidad, tras las pasadas centradas en la recuperación urgente y en la creación de grupos como Bardulia, Atabal, Támbara, Los Serranos o Los Anises, ya consolidados.

Ese paso por el laboratorio se refleja en su combinación con otros instrumentos. Ahí queda su maridaje con el saxofón (Atalaya), con la guitarra (Nuevo Mester de Juglaría), con el piano (Raquel del Val y José Antonio Morcillo) e incluso en formaciones de pop y rock. Hasta se ha asomado a las orquestas sinfónicas. Este coqueteo ha propiciado su entrada en los conservatorios. Hace tres años se aprobó una ley para que la dulzaina se incluyera en los planes de estudio en las comunidades donde es un instrumento tradicional. Segovia es la única que lo imparte en Castilla y León.

Su irrupción en estos espacios se ha encontrado con el rechazo de los profesores, que no olvidan su raíz popular. Unos orígenes que ella lleva a gala.

Y es que aunque algunos quieran borrar su pasado de juergas y pintarla un futuro de salón -donde, por supuesto, también entra-, la dulzaina es un instrumento con cuerpo de jota, callejera, vital, alegre, entusiasta...

Las chicas también la saben tocar

La dulzaina fue pero no sigue siendo cosa de hombres. El gusanillo ha picado a las mujeres. Ya en el primer curso de la Escuela Municipal de Dulzaina se inscribió una chica. Todos aplaudieron su valor. Treinta años después continúan llegando féminas a la calle San Lorenzo, pero aún son una minoría. Sólo el 10% del alumnado es de sexo femenino y pocas son las que se mantienen en activo. Ellas suelen apuntarse cuando tienen entre 10 y 12 años animadas por sus padres. Signo de que la mentalidad ha cambiado y derribado clichés.

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