El Correo de Burgos

Giménez Rico: contador de historias

El cineasta ve retrasado el rodaje de su última película. La obra supone la adaptación de la novela «Inquietud en el paraíso», del laureado escritor burgalés Óscar Esquivias

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Burgos

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COVA JUEZ / Burgos

«El cine es un misterio. Es un misterio para el propio director». Quien así hablaba era Tarkovski. Ahora, el principal misterio a que se enfrenta el director burgalés Antonio Giménez Rico es cuándo podrá comenzar a rodar en su Burgos natal. El rodaje de su última película, basada en la novela de Óscar Esquivias «Inquietud en el paraíso», para el que ya se contaba con localizaciones y permisos, se ha visto aplazado debido a las vicisitudes de uno de los organismos que lo financian.

Como el propio Giménez Rico explica «ha habido un cambio en el departamento de cine de Televisión Española, que es una de las entidades que en principio compra la película y aporta financiación. Esto sucedió a finales de julio y ahora se están renegociando las condiciones con el nuevo equipo del departamento».

Un contratiempo para un rodaje que se había previsto realizar en el verano de este año. Y uno más en la carrera de obstáculos que siempre supone la aventura de crear una película. No obstante, Giménez Rico se muestra optimista: «una película siempre es algo complicado de montar. En este caso, hemos solucionado muchos problemas y ahora sólo resta el de la financiación, que no depende de mí. Para cuando hayamos solventado este, empezarán otros que sí son mi responsabilidad, como conseguir el tono, clima y tempo narrativo adecuados».

Y es que este contador de historias, como él mismo se define, cuenta con una sólida trayectoria en esto del séptimo arte, trufada de personajes profundos y narraciones muy humanas.

«Creo que empecé a pensar en esta película hace ya más de dos años», explica. «Desde que leí la novela me sentí tan atraído por la historia que enseguida vi la adaptación. La novela estaba llena de materiales para hacer una película que a mí me gustase». Así comenzó a fraguarse un guión que ya va por su tercera versión y que cuenta con las bendiciones del escritor burgalés Óscar Esquivias. «Óscar está de acuerdo en que es una adaptación muy fiel y muy cinematográfica».

En el elenco participa Juan Luis Galiardo, quien al principio del proyecto se animó también como productor, aunque el verano pasado cedió la batuta de la producción a Enrique Cerezo. El resto del reparto, de momento, está en la cabeza del director. «Con algunos no he hablado todavía porque no se puede contactar con los actores sin tener el plan de rodaje y trabajo preparado».

«Inquietud en el paraíso» desarrolla la historia de un apasionado lector de Dante, canónigo de la Catedral de Burgos, que alberga en su mente disparatada la idea de llegar al Purgatorio a través de un túnel situado debajo del templo. En el racimo de personajes hay hueco para la realeza, poetas, seminaristas, prostitutas y milicianos que ofrecen un retrato entre brutal y humorístico del Burgos provinciano y conservador de 1936. Como telón de fondo, la inevitable tragedia del levantamiento militar termina de configurar esta historia «de dos locuras que confluyen al final», como el propio director explica.

Una historia que requiere del clima estival para su rodaje, por lo que Giménez Rico ya no se atreve a aventurar fechas para el mismo. «La película se tiene que rodar en verano», afirma el director, «porque cualquiera que conozca Burgos sabe que no se puede recrear un clima estival rodando en El Espolón en diciembre». De cualquier manera, la perspectiva de rodar en su ciudad natal  todavía le emociona. «A mí rodar es la parte que más me gusta de mi oficio. Pero es que además Burgos es una ciudad que me encanta y de la que conozco sus rincones y su luz». Quizá la localización más problemática sean los interiores de la catedral de Burgos, pero el cineasta admite que para el resto «todo han sido facilidades, incluso en escenarios igualmente importantes como el Teatro Principial o Capitanía general. Yo confío en que los permisos para rodar en el interior de la catedral se resuelvan en cuanto haya un plan real de trabajo».

Vinculadísimo a la Academia española de Cine, recuerda con nostalgia su presidencia, que se iniciara en el año 88. «Al llegar me encontré una Academia dividida, con profesionales enfrentados y con graves problemas de financiación», evoca. «En mis cuatro años al cargo, logré conciliar los intereses de todos los miembros». Además, se enorgullece, «para cuando me sucedió Fernando Rey se encontró una Academia mejor avenida y con sus problemas de financiación resueltos» ¿Su estrategia? «Que todos estuvieran satisfechos defendiendo lo que nos une en lugar de los que nos separa». Y lo que les une, por supuesto, es su incondicional amor por el oficio del celuloide.

Rico afirma que la Academia es una institución necesaria en un país que carece de una industria cinematográfica. «No hay una industria sólida, con planteamientos de producción como los que se daban en la España de los 50, con empresas como Cifesa o productores como Cesáreo González», enumera, «o como la que se da actualmente en otros países, de los cuales el exponente más claro es EEUU. Aquí lo que hay son películas». En una metáfora claramente cinematográfica, Rico compara a los directores patrios con francotiradores, y reconoce que «de las 70 a ciento y pico películas que se hacen en España cada año, más de una docena son notables. Y eso es casi un milagro». El milagro que siempre constituye el cine tiene un acérrimo defensor en este artesano de la narración.

Rico, cuya filmografía se enreda en tramas de gran fuerza descriptiva y visual, conserva a sus 72 años las ganas de establecer su personal diálogo con el público. Desde que debutara como ayudante de dirección con Vittorio Cottafavi y Eugenio Martín, ha recorrido un largo camino en el que hay lugar para el documental, la televisión y el largometraje. No es un novato en la lid de rodar en la provincia, como demuestran «El disputado voto del señor Cayo». «Tres palabras» o «Retrato de familia». Le interesa el cine en su aspecto narrativo, y su objetivo es «contar historias que comuniquen con el espectador y que le emocionen, conmuevan, diviertan o perturben, pero que no le dejen indiferente». Giménez Rico habla con pasión de su oficio. Su charla es amable y distendida, pero en ocasiones se le posa un deje de nostalgia en la garganta. Tiene la paciencia del hombre maduro y la energía de un niño chico, así como una necesidad primaria: narrar.

Y nosotros, los espectadores, tenemos la necesidad de que nos cuenten historias. Historias de las que no mienten y, sin embargo, enseñan a soñar en este mundo cada vez más infinitesimal y complejo.

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