Almas robadas por el viejo pintor
Ignacio del Río regresa a su tradicional cita de otoño en el Arco de Santa María

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A.S.R. / Burgos
Su rasgos familiares y la grandeza con la que lo han pintado atraen los ojos del público sin remedio. Ocupa este retrato un lugar destacado en la tradicional exposición de Ignacio del Río en el Arco de Santa María. El más bohemio de los pintores, el más truhán y el más vividor, también es el más generoso y el más observador. Un viejo ladrón de almas. Le robó la suya a este personaje, habitante impenitente de las calles capitalinas, siempre con su viejo gabán raído, su pies rascando el asfalto, una eterna colilla entre los dedos, se la arrebató para devolvérsela después más grande.
Porque muchos empezarán a mirarle ahora, después de ver el gran cuadro que le dedica Ignacio del Río. Pero el pintor lo hizo antes, había compartido con él su tiempo, el humo de un cigarro nunca prendido. Un día de lluvia le vio con su paraguas, se maldijo por no llevar una cámara encima y no dudó en pedírsela a un padre que jugaba con su hijo. Le dejó el móvil y atrapó la estampa.
Cuenta estos secretos el pintor en su estudio. En un enorme piso de techos altos, de pasillo decimonónico, en un vetusto caserón de la Plaza Mayor. Difícil es imaginarlo arrastrando su abrigo y tocado con su eterno sombrero, pañuelo al cuello, en un edificio de nueva factura. No le pega. Allí descansan los cuadros días antes de emprender el viaje hacia las nobles piedras del Arco de Santa María, donde se mantendrán hasta el día 8. Allí le esperan sus pinturas, sus fotografías y sus lápices cuando la musa le tira del ala del sombrero o le arrebata de sus dulces sueños. Cuando esto ocurre no tiene más que subir unos escalones y abandonarse al placer, a la pasión, al regocijo de mancharse las manos, a una borrachera que ni el mejor vino ha conseguido darle.
Se pasea entre estas últimas pinturas como un terrateniente por sus campos.
Se detiene ante una de sus favoritas. Esa en la que la niebla se confunde con la nieve o la nieve por la niebla. Le gusta. Habla en voz alta como si estuviera solo. «Me gusta, me gusta, tiene composición, tiene un peloteo...». Y entonces se da cuenta de que alguien está con él. «¿No te parece? Está muy bien». Y sigue a lo suyo. A su paseo triunfal. Continúa hablando solo. «Tiene su guasa...». Se rasca la barbilla, recién afeitada, ante unos gallos de pelea. ¿Por qué siempre están ahí? «Porque siempre se están peleando, se parecen a los políticos». Apariencias cogidas al vuelo.
Olé, olé y olé. La música de la radio que suena de fondo no es un pasodoble pero le pone banda sonora a la Fiesta Nacional. Nunca falta el ruedo. La música clásica se hace drama cuando la mano se detiene en un par de cuadros de Castilla. De sus pueblos encantados.
Alguna novedad también se cuela. La noche se desploma sobre el puerto de Ibiza. Noches en el Mediterráneo. Noches plácidas.
Pasa de una estancia a otra, mostrando unos y otros cuadros, con la mano garabateada para que no se le olvide que después ha quedado.
Las pinturas lo inundan todo. Sin orden ni concierto. Pero también hay muchas fotografías. Aquí y allá. Botes de pintura, aunque tampoco tantos. Pinceles secándose al sol. Zapatillas de casa desparejadas. Frases escritas a carboncillo en las paredes: El amor es muchas cosas...; Todo lo que se puede comprender se puede hacer y entender... Y muchas sillas, y sillones, de madera, de esparto, más y menos cómodos. En ellos se sienta el pintor, casi siempre al atardecer, abre las puertas de su mente, siempre desbordada de almas robadas, siempre cargada de recuerdos. «Y salen todas las cosas que uno sueña». Sueña como pinta; pinta como sueña.
Eso sí, sucumbe ante la belleza de la vista privilegiada que tiene del Espolón. La mala sangre acude a sus vivarachos ojos. Se le ve venir. Y se maldice por el monstruo levantado al otro lado del río. No le gusta el Museo de la Evolución Humana. «No hay quién se lo crea. Un cuento para meter un mogollón de dinero. El pueblo cada día es más ignorante, dirigido por los más ignorantes, que son los que lo hacen», lamenta con mala baba.
La misma se asoma a la comisura de la boca cuando analiza el arte hoy: «Después de Picasso, de Matisse... nada. A los demás nos han dejado todo barrido. Ahora tiene que ser el sobrino del presidente o el hijo del mafioso... Hoy es mejor un tonto con publicidad que un tío cojonudo sin ella. Hay gente que no llega y se enamora de cosas que dice que son modernas. Sólo quieren algo famoso, aunque sea una mierda volando, pero saben que se lo pueden vender a otro. ¿Están equivocados? La verdad de la verdad es la verdad. La verdad es el arte». Amén.
Esta mirada ácida se torna en tierna al hablar de sus colegas burgaleses. «Hay gente muy buena, pero dependemos de quien nos puede echar una mano y estos no la saben echar». ¿Quiénes? Se explaya: «Las cajas de ahorro, los periódicos, los capitalistas, los negociantes... Todo es fama. A mí aparentan que me ayudan porque ¡aquí soy famoso! Si fuera un mierda pintando de maravilla nadie se enteraría». Bofetada. Ahí deja eso y se quita el sombrero ante Igor Torres, Arahuetes, María José Castaño y Cristino. Y se lo vuelve a poner antes de echar la llave y brindar con vino por la vulgaridad, por la puta calle, por el amor... por la capacidad de soñar.