NOCHES DE NIEVE Y FRÍO EN EL PATIO DE BUTACAS
«Creo en un teatro que agite conciencias y conmueva»
David Desola apuesta por el compromiso social en 'La charca inútil', la obra que ocupa hoy el Principal

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A.S.R. / Burgos
Un profesor (Óscar) en crisis, que ha sido agredido en la escuela, no quiere volver a la enseñanza. Sin embargo, accede a dar clases particulares a un peculiar alumno, mientras inicia una curiosa relación con la madre de éste (Sonia): una mujer que vive inmersa en el universo que ella misma ha creado como refugio de una realidad insoportable. Un viejo maestro (Hierofante) servirá de vínculo en esta extraña relación.
Estos son los vértices del triángulo que compone La charca inútil, que sube a las tablas del Teatro Principal hoy (20.30 horas). Delante se encuentran los actores Adolfo Fernández (Óscar), Sonia Almarcha (Irene) y Miguel Palenzuela (Hierofante). Detrás aparece el director, Roberto Cerdá, y más atrás el autor de la misma, David Desola, con raíces burgalesas.
Este origen le da un extra y es el elegido para presentar esta pieza. Se presta a hacer la entrevista por teléfono o por correo electrónico. Prefiere por internet. Se expresa mejor, dice. Y vaya sí lo hace. Se sienta frente al ordenador, se fuma un cigarro, se toma un café... y teclea.
¿Cómo es el principio de todo? ¿Cómo es la construcción de los personajes? ¿En qué se fija? ¿Dónde investiga?
«Empiezo con una idea dramática y una temática -no sé cuál de las dos aparece antes-, de modo que tengo una historia y, a partir de ahí, invento a los personajes que creo mejor pueden transportarnos en ella. En este caso todo partió de una imagen que me venía rondando por la cabeza desde hacía mucho tiempo: la de un profesor dando clases a un alumno inexistente. No sabía quién era ni que pretendía con ello, pero tiempo después, cuando vi a un profesor agredido por uno de sus alumnos en la televisión, se me apareció de repente el personaje de Óscar, una víctima del carnaval mediático que sufre una depresión que le inhabilita para ejercer su trabajo normalmente. Luego Irene, que ha perdido a su hijo en los atentados del 11-M, alguien con una herida imposible de cicatrizar, era el redentor que necesitaba para Óscar, y quería establecer entre ellos una especie de transferencia, una dependencia mutua que llevara inevitablemente a una historia de amor. A Hierofante, el tercero en discordia, lo necesitaba como cómplice del espectador, un pepito grillo a veces molesto. Una vez tengo la historia y los personajes, me da la sensación de que cuando escribo hablan por sí mismos y yo me limito a transcribir lo que dicen».
Cuando Desola se pone frente al ordenador, se pone de verdad. Y si espía a esos personajes en sus conversaciones también está muy atento a sus silencios. ¿Qué valor tienen en esta obra? «Son tan importantes, o más, que los diálogos. Y el maravilloso trabajo de los actores y de Roberto Cerdá los ha elevado a la categoría de sentencias», dice y da un paso más: «Eso no sólo pasa en escena, creo que en la vida real provocamos reacciones o sentimientos más profundos con nuestros silencios que con nuestros diálogos».
Silencio y nueva pregunta. Tres en una. ¿Qué busca cuándo escribe? ¿En qué piensa? ¿En quién? Calada y al tajo.
«Busco que mis historias conecten con el espectador. No soy de esos autores a quienes les importa un pito -o así lo fingen- la reacción del público. Yo quiero que mis historias interesen, cautiven, hagan reír en un instante y al instante siguiente conmuevan, que durante la función el espectador pase por distintos estados de ánimo y que, al salir del teatro, piense que ha merecido la pena. (...) Creo en un teatro que no sea elitista, que llegue a todo tipo de público, que agite conciencias y conmueva, pero que no torture al sufrido espectador».
Es David Desola un agitador de conciencias. Sus obras siempre atesoran un compromiso social. Fueron las hipotecas en Baldosas, el desempleo en Almacenados o los estragos de la Guerra Civil y las drogas en la Movida de los 80 en Siglo XX... que estás en el cielo. «Pues sí. Yo intento escribir un teatro acorde con los tiempos en los que vivimos, que cuestione el mundo en el que nos vemos inmersos, o, por lo menos, la fragilidad del individuo aislado dentro de este mundo».