La felicidad en una mancha de color
Fernando Arahuetes comparte su última línea creativa en Mainel
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A.S.R. / Burgos
Manchas de color que en un primer momento son pingüinos macarras que se han teñido el pelo y en un segundo se han convertido en un sombrero loco. Cuadros que se asoman a un bosque compartido por un duende de piernas larguiruchas, una bruja con su capirote y un monstruo gruñón. Pinturas que mecen a una abuela que acuna a un bebé o se cuadran ante la presencia de un soldado de la Gran Bretaña de guardia.
Las últimas creaciones de Fernando Arahuetes invitan al público a jugar. Son lo que el espectador quiere que sean y lo que son depende del tiempo que permanezca frente a ellas. El pintor burgalés regresa a la Galería Mainel (Vitoria, 27) con Sensacional, una muestra pictórica, distinta, pero no tanto, a la que ocupó la misma sala hace dos años, que permanecerá abierta hasta el 17 de enero (laborables de 10 a 14 y de 17 a 20 horas).
«Es un trabajo sobre el color. En unos óleos he aprovechado gamas y en otros, formas, pero no son identificables. Es pintura», resume el artista apuntando a una y otra obra, con calma, como si estuviera sentado a la orilla del mar viendo como se mete el sol. Su pintura es placer y su pintura es experimento. Sensacional es un pequeño momento de felicidad. Porque la paleta cromática comprende un abanico de colores pero sin estridencias ni tonos acechantes. Arahuetes saca de su chistera el azul celeste puro, verde cinabrio, magenta, ocre, marrón, blanco, cyan, rojo Venecia... Unos contaminan a otros, se chocan, se funden, se rozan, chispean...
La versatilidad de la pintura de Arahuetes no es nueva, aunque en esta ocasión el juego entre el tiempo y las manchas de color se intensifica. Cuenta el autor que la creación de cada pieza se alarga en el tiempo hasta años. Algunos cuadros se cierran en banda y tardan en tender sus brazos al creador. «Es una continua investigación y hasta en las propias pinturas se pueden ver las fechas de ejecución», explica y reitera la necesidad de tomarse su tiempo para conseguirlo. Quizás más que en sus anteriores colecciones. «Aquí hay más tormento».
Y entonces el segundo óleo de la derecha se descuida y se descuelga un calcetín de rayas donde los Reyes Magos dejarán sus caramelos y en el de al lado unas hadas madrinas apresuran el paso mientras un niño saluda con la mano desde una lejana colina. Y en esa otra pintura el dominio del amarillo podría ser los campos de Castilla pero sería muy fácil. Desaparece para dar paso a un fuerte de vaqueros e indios. La pasión duerme al lado posada en un helado de fresas.
«No quiero demostrar nada. Trabajo porque es lo que tengo que hacer, porque es lo que quiero hacer. No sé lo que va a ser pero quiero que sea limpio y puro, que no se vean intereses por medio. Hay que estar libre de prejuicios y de pensamientos. El color manda, el color dirige», sentencia este pintor de pincel y brocha que continúa moviéndose en estas mismas arenas.
Fernando Arahuetes ha sido fiel a la Galería Mainel. A ella ha vuelto después de dos años. «Que por mi parte no quede poner calor para que continúe y lo que tenga que venir ya veremos», ilustra refiriéndose a la posibilidad de que esta mítico espacio puesto en marcha por Luis Sáez, fallecido este mismo año, no continúe. «Es un suponer y hacer una exposición permite que el público venga, la sala esté activa, se compren libros, se encuentre la gente... Se mantenga el espíritu», resume Arahuetes. Por él que no quede. La llama está prendida.