Hojas de limón en una tarde navideña
Óscar Esquivias presenta su último libro, 'Pampanitos verdes', en una charla informal

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A.S.R. / Burgos
El escritor tiene tirón. Él lo sabe. Pero no tanto. Sorry. Ni arrancándose con el alegre Pampanitos verdes, hojas de limón hubiera conseguido Óscar Esquivias arremolinar en torno a su figura a tanto público, niños y mayores, como el agolpado en torno a La Casa de los Cuentos instalada en el Centro Comercial Camino de la Plata. A las siete y media de la tarde no cabe ni una aguja y alguno cuelga medio cuerpo fuera de la barandilla superior para hacerse con una buena vista. Pero poco a poco, tal vez Hamelín se haya escapado de su hogar de papel, la gente va subiendo las escaleras hacia el segundo piso de la recién abierta librería Santiago Rodríguez. Un nuevo espacio cultural estrenado ayer con la presentación del último libro de relatos del escritor burgalés, Pampanitos verdes (Ediciones del Viento). Esquivias manifestaba su sorpresa, y satisfacción, por haberse convertido en la «madrina» de esta sala y echaba de menos una botella de champán a mano para espetarla en la pared como si de un nuevo barco se tratara.
A falta de burbujas, buena es el agua y, gota a gota, el público fue pasando y la estancia entrando en calor. Las sillas no fueron suficientes, ni contando con las diminutas y multicolores de las dos mesas infantiles. También faltó un micrófono móvil para oír las intervenciones de los lectores y lectoras, muchos rostros jóvenes y anónimos. Conocidos, culturetas, también hubo, pero menos. Antes que nadie llegó el escritor Ignacio Galaz. Después lo hizo su colega Rubén de la Peña. También se dejaron caer el editor de Gran Vía, Eduardo Munguía, el pintor Gerardo Ibáñez o la presidenta de la Asociación La Rueda, Nati Cabello. Si hubo alguno más escondió el hocico.
Todo salió bien y el auditorio se fue contento. Algunos con su ejemplar firmado bajo el brazo. Ya vienen los Reyes por los arenales. Y todos felices por la charleta entre amigos. Y es que bien claro lo dejó el autor de Jerjes conquista el mar al iniciar su relato. No se trataba de una presentación al uso y sí de un acto informal, entre amigos. «A cualquier lector le considero un amigo», remató en una primera confesión a la que le siguió una segunda, a bote pronto, más sorprendente: «No sé escribir libros de cuentos». Para enseguida añadir: «Sé escribir cuentos uno a uno». No van con él las arquitecturas literarias cuando de volúmenes de cuentos se trata, deja esos pinitos para las novelas, y se deja llevar por los momentos y las circunstancias. De ahí que los diez textos de Pampanitos verdes no tengan orden ni concierto y se puedan leer con independencia y salteados.
Insistió en que para él un cuento es lo más cerca que puede estar de la poesía y la deliberada presencia de protagonistas jóvenes en estas páginas.
Hubo tiempo para comentar sus inicios en la escritura, su paso por la Academia de Dibujo del Consulado, su rechazo a ilustrar sus volúmenes, su admiración por Julio Verne o su negativa, ahora a sus treinta y muchos, a no echar a perder una tarde por llegar a la última palabra de un libro malo como lo hacía con quince. Y mientras Esquivias recordaba aquel domingo que su padre le compró El castillo de los Cárpatos en el rastro de la Flora, otros niños se hacían fotos con Mickey en la Casa de los Cuentos. Seguían siendo más.'INQUIETUD EN EL PARAÍSO' El eterno rodaje empieza en verano
Andaba el escritor hablando de la oportunidad de incluir ilustraciones en los libros y del poder de la imagen cuando en la conversación se coló la adaptación cinematográfica de Inquietud en el paraíso, primera parte de su trilogía, de Giménez-Rico. «Antes de que nadie me pregunte, parece ser que si todo va bien, el rodaje empezará este verano», adelantó Óscar Esquivias sobre este proyecto anunciado hace más de tres años.