UNA MIRADA A LAS INDUSTRIAS CREATIVAS
Máquinas de sueños y de dinero
La productora Mimar Espectáculos, la editorial Siloé. Arte y Bibliografía, la compañía teatral Tiritirantes y la galería Río 10 explican los pros y los contras del apellido cultural

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A.S.R. / Burgos
Desde que el jurado de la Capital Cultural Europea 2016 sugiriera a Burgos la necesidad de impulsar sus industrias culturales, estas se han convertido en las reinas de la fiesta. Todos las quieren sacar a bailar, incluso empiezan a desbancar el codiciado pedestal ocupado hasta ahora por el sector inmobiliario. No hay un documento sobre el desarrollo futuro de la ciudad que no las dé un papel protagonista, incluso se mandó redactar uno propio con las miras puestas en el fatídico 2016 (el Instituto Municipal de Cultura se lo encargó a la empresa Kreanta por 11.800 euros). Lo hizo igualmente el Plan Estratégico de la Cultura y también el Plan Estratégico Burgos 2020, que se recrea en este campo como generador de riqueza económica. «Se estima un crecimiento anual del 9,5 % en el impacto de la cultura-turismo en la ciudad, un 7% por encima de la media nacional. Se espera que el Valor Añadido Bruto (VAB) aumente en 1.182 millones de euros y el empleo en más de 15.000 puestos de trabajo, si tenemos en cuenta los efectos directos, indirectos e inducidos».
Más allá de estas cifras desorbitadas para los simples mortales se encuentra una realidad que pisa el suelo, que requiere menos imaginación para entenderla y que está integrada por un sinfín de empresas que viven más allá de lo que trazan y dictan los ejecutivos. Son firmas que han hecho de la cultura su campo de acción y que conocen sus entresijos como nadie.
¿Qué particularidades tiene una industria cultural? ¿Cuáles son sus pros y sus contras? ¿Cuál es su ámbito de desarrollo? ¿A cuántas personas emplean? ¿Qué miedos deben superar? ¿Son rentables desde el punto de vista económico?... Las preguntas son muchas y cuatro industrias culturales burgalesas abren sus puertas para responderlas.
Lo hacen Mimar Espectáculos, dedicada a la asistencia técnica de las producciones escénicas; la editorial Siloé. Arte y Bibliografía, especializada en la elaboración de facsímiles de joyas bibliográficas de todo el mundo y propietaria del Museo del Libro Fadrique de Basilea, que acaba de celebrar su primer aniversario; la compañía teatral Tiritirantes, entregada a las artes escénicas, con el circo como especialidad; y la galería de arte Río 10, localizada en la cercana localidad de Quintanilla Vivar, y que junto a IT, de la Plaza Mayor capitalina, es la única de este tipo.
Las cuatro se alejan de un discurso victimista y el optimismo es, sin olvidar la imaginación y su capacidad de reinvención, su principal arma contra la temida crisis económica. Y ni siquiera se echan las manos a la cabeza por haber perdido el tren de la Capital Cultural Europea. Para ellos, la cultura no es el pan de un día, es el de todos.
MIMAR ESPECTÁCULOS «Trabajas a la sombra, pero si hay algún problema todos se acuerdan de ti»
Detrás de una puerta del polígono de Villalonquéjar se esconde un mundo de cables, de altavoces, de máquinas, de ordenadores..., un mundo gris imprescindible para crear otro multicolor, en emociones e ilusiones, como el que provoca cualquier obra de teatro o de danza. Mimar Espectáculos es una empresa de alquiler de todo el material y mano de obra necesarios para hacer posible una producción escénica. Incluye en esa oferta el diseño de la escenografía, la iluminación...
Pablo Marquina es, actualmente, la cabeza visible de esta firma, con muchas tablas en la escena cultural burgalesa, amén de algún salto transfronterizo. Su historia se remonta en el tiempo. Sus dos socios iniciales, el propio Marquina y Ernesto Miguel, eran chavales muy vinculados a los grupos de teatro de Villadiego. Empezaron a cubrir la parte técnica, tanto de ellos como de los capitalinos, con especial relación con la Escuela Municipal de Teatro. Pronto empezaron a colaborar en los espectáculos del Gran Teatro como apoyo a las empresas que se trasladaban desde Valladolid o Madrid. Ahí vieron una salida profesional. Poco a poco incrementaron el escaso material del que disponían y a mediados de los noventa comenzaron a firmar contratos puntuales con el Ayuntamiento de Burgos para encargarse de la parte técnica de la programación de aquel auditorio. Para ello crearon una Sociedad Civil. Su gran oportunidad llegó con la reinauguración del Teatro Principal en 1997. Desde entonces y hasta el pasado mes de junio, Mimar era la encargada de la asistencia técnica en los distintos espacios y programaciones del Instituto Municipal de Cultura (IMC).
«Desde el principio hemos trabajado con márgenes muy ajustados. Es indudable que es un buen cliente porque es una institución con la que te aseguras que cobras, aunque no sepas cuándo», expone Marquina, quien prefiere ver esta nueva situación como una oportunidad para empezar de cero. Siente los más de veinte puestos de trabajo perdidos -se han quedado cuatro de los treinta que había antes del verano, 16 pertenecientes a las azafatas de los teatros- y que no se haya valorado el esfuerzo realizado en el reciclaje, la puesta al día en normativa, en prevención de riesgos, la mejora de la gestión, la ISO de calidad y medio ambiente...
El futuro es una incertidumbre, dice Marquina, quien, optimista, prefiere mirar siempre hacia adelante. Entre sus clientes tienen a la Universidad de Burgos, a Caja de Burgos y mantienen a algunas compañías de teatro con las que hicieron sus primeros pinitos en un trabajo que es el gran olvidado del mundo de la escena. No se paga -«siempre digo que nos desenvolvemos con la tecnología de Hollywood, pero luego cobramos y vivimos como barraqueros»- y no se reconoce. «Trabajas a la sombra, pero si hay algún problema todo el mundo se acuerda de ti, da lo mismo si eres tú o no el responsable, siempre que hay un fallo se achaca a un problema técnico», reflexiona y confiesa que es un mundo que tiene que gustar al que se enrola en él. «Media hora de actuación esconde mucho trabajo por detrás: preparar el material y el montaje, cuidar la puntualidad, atender el directo, solucionar los problemas que puedan surgir, pelearse contra los elementos…», enumera Marquina antes de exclamar que el espectáculo siempre debe continuar.
TIRITIRANTES «Hemos unido afición y empleo. Nuestra vida es esto»
Son las dos de la tarde de un bochornoso domingo de agosto. Calma chicha en el polígono industrial de Taglosa. Allí trabaja el guardia de seguridad y la compañía de teatro y circo Tiritirantes. Óscar Ortiz, Marta López y Jacinto Cienfuegos descargan la furgoneta. La noche anterior tuvieron bolo en Valderrama, un pequeño pueblo al lado de Frías. Normalmente utilizan dos vehículos. Cuando la escenografía necesita un tercero, lo alquilan. Su almacén es también local de ensayo y centro de creación y formación abierto al público todos los miércoles. Es la Factoría del Aire, un gran desconocido entre los espacios culturales de la ciudad.
Los tres integrantes del grupo llevan una trayectoria más o menos larga en las artes escénicas. Los primeros pinitos de Jacinto se remontan a hace doce años. Pronto se juntó con Óscar y más tarde entró Marta. Primero funcionaron dentro de la plataforma Artistas a la Carta, una cooperativa a lo grande formada en Valladolid que aglutinaba a artistas de toda la Comunidad y les proporcionaba, por un módico razonable, toda la cobertura legal. «Es un papeleo necesario, pero tú cuando empiezas estás muy perdido y no sabes dónde acudir», relatan. Hace poco más de un año abandonaron esa comuna y crearon su propia cooperativa. El volumen de actividad empezó a crecer, crecer y crecer y era más sencillo y rentable centralizarlo en una gestoría de Burgos. Se decantaron por esta fórmula y no una sociedad anónima o limitada porque les obligaba a los tres a los mismos derechos y a los mismos deberes, idénticas obligaciones y responsabilidades. También generan puestos de trabajo ya que algunos de los montajes necesitan más personal.
A pesar de su corta trayectoria como cooperativa, su experiencia es positiva. Su conversación está libre de victimismos. Tal vez es porque esa señora llamada crisis económica ha decidido no involucrarse en sus espectáculos y ser una mera espectadora, por lo menos, de momento. «No la hemos notado mucho. Estamos trabajando parecido a otros años. Tal vez sí nos han influido más las elecciones. Durante los meses de mayo y junio tuvimos menos fechas, entre los que se iban y los nuevos que llegaban... Sí es verdad que las contrataciones han venido más tarde, pero nos hemos amoldado. Sí hemos sentido que se regatean más los cachés, que se apoyan en la crisis para bajar los precios y que quizás se trabajan más los pequeños formatos, que son más baratos», analizan conscientes de que la suerte les ha sonreído. Y es que sí han visto como colegas suyos, compañías con un amplio bagaje, han sufrido reveses».
Ellos tocan madera. Se saben afortunados. Han conseguido vivir de su pasión. Sueño inalcanzable para muchos. «Hacemos lo que nos gusta. Eso te anima mucho y te ayuda a sortear las trabas. Hemos unido nuestra afición a nuestro trabajo. Nuestra vida es esto», colocan en la parte positiva de la balanza, que también tiene la negativa: «Trabajamos cuando los demás descansan, tu vida familiar se resiente porque los horarios no son los habituales, debes ocuparte del papeleo, vender el espectáculo, limpiar... Hay muchas cosas que no son tan bonitas, ni entretenidas ni agradecidas». Con todo, nunca falta un aplauso.
SILOÉ. ARTE Y BIBLIOGRAFÍA «La cultura te da libertad y perspectiva»
¿Qué convierte en especial a una industria cultural? Juan José García, socio fundador de Siloé. Arte y Bibliografía junto a Pablo Molinero, lo tiene claro: «Cada día es diferente. Si vendes libros te relacionas con más gente, es más fácil hacer amigos y, sobre todo, en unos sistemas que tienden a ser opresivos, la cultura te da libertad y perspectiva».
Estas pinceladas lanzaron a los dos amigos, que se conocieron en Barcelona cuando ambos trabajaban en el sector editorial, a montar esta empresa en 1997. Su filosofía es la de hacer réplicas exactas de obras maestras de la bibliografía mundial. Lo hicieron incluso a sabiendas de que se metían en un mundo «raro y difícil». No les ha ido mal hasta el momento. Los numerosos premios nacionales que atesoran sus vitrinas avalan su trabajo. «La marca más conocida no tiene por qué ser la mejor», enfatiza y añade que su ánimo inicial fue el de una «una actividad sin frenetismos, sin ambiciones extremas de ser muy conocidos, sino de hacer las cosas disfrutando y con tiempo, y de esa manera nos hemos dado a conocer y hemos triunfado».
La prueba más palpable de ese éxito es el Museo del Libro Fadrique de Basilea, inaugurado hace poco más de un año. Es la niña de sus ojos y su legado. «La idea es maravillosa. No se ha convertido en un simple almacén de zarrias, sino que tiene una línea pedagógica. No habríamos creado un museo si desde niños no nos hubiera apasionado los libros y el arte. Sabemos que estamos generando futuro, aunque no lo veremos nosotros, es una siembra de locos», señala y destaca la importancia de la gente que trabaja tanto en el Fadrique de Basilea como en Siloé. No es una plantilla amplia, rondan la docena de puestos de trabajo, pero García hace hincapié en que en la elaboración de uno de sus facsímiles intervienen hasta 73 personas que se subcontratan por la especialidad de esos oficios.
¿Y la crisis? ¿Ha visitado la casa de los herederos de Gutenberg? Pues no pasó de largo, pero sus moradores le hicieron frente y lograron mitigar su picadura. «Hicimos caso omiso. La notamos, efectivamente, luchamos contra ella desde 2007. Me he reído mucho del Gobierno por negar la evidencia. Nosotros hemos decrecido en ventas, pero crecido en potencial», dice y agrega que decidieron abrir nuevas ventanas con vistas a Europa y a Estados Unidos. «El futuro de Siloé pasa por la internacionalización y la culturalización de la sociedad. La que no es culta se maneja, por eso los políticos no deben recortar nunca en Cultura. Se les vería el plumero». Y deja caer que ellos se lo han visto alguno.CENTRO DE ARTE RÍO 10 «Me enorgullece haber iniciado a gente en la compra de obras de arte»
Mónica Freijo cambió las visitas a las consultas médicas por las de los estudios de artistas. Un día se cansó de su trabajo, se lió la manta a la cabeza y decidió abrir una galería de arte. Le apasionaba este mundo -ella es pintora- y tuvo la oportunidad de hacer realidad un sueño sin demasiados riesgos ni ventajas. Corría el 1 de diciembre de 2006 cuando un chinchín daba por inaugurada Río 10. Cinco años después, su propietaria -proyecto en el que se embarcó con su marido, Manuel Perales- vive feliz como una perdiz, aunque con la cuenta corriente más delgada. No le importa.
«Trabajo bastante más de lo que lo hacía antes y gano bastante menos pero soy bastante más feliz. Hago lo que quiero», expone cuando se le pregunta por los beneficios de su negocio y añade: «De momento hemos conseguido mantenernos abiertos. Lo ideal sería que vinieran tiempos mejores para hacer más y mejores cosas. Tengo previsto hacer una reforma en toda la casa, pero será cuando haya más dinero».
¿Otra vez la crisis? «Hemos abierto en tiempos malos, pero tampoco podemos compararlo con los buenos. La valoración es que con mucho esfuerzo, trabajo y ganas se puede».
Su objetivo es claro y los desafíos a hacer frente, varios. ¿Meta? «Hay mucha gente que nunca ha visitado una galería de arte y si no se atreve a entrar es culpa nuestra. Estamos deseando que vengan. El arte se ha hecho para ser disfrutado, es una de las pocas cosas que aún podemos hacer gratis», responde y cuela su mayor triunfo: «Entre las cosas que más me enorgullece está el haber iniciado a gente en la compra de arte. Damos muchas facilidades: compras a plazos, financiación en doce meses sin intereses... y los precios son a partir de 60 euros».
¿Escollos a salvar? Primero -incide en ello- la competencia desleal. «No quiero ser dura porque todo el mundo tiene derecho a ganarse la vida, pero no hay costumbre de comprar en las galerías y sí de hacerlo en otros sitios en los que no se puede hacer con la vista gorda de sus responsables», explica. Segundo, la práctica habitual de los coleccionistas de comprar fuera. «Un reto de las industrias culturales es conseguir que los burgaleses compren aquí», apostilla. Tercero, su ubicación en un pueblo. «Lo que a priori parecen desventajas se vuelven ventajas: dispones de más espacio para más fondo de obra y de exposición, se aparca a la puerta y solo viene quien está interesado de verdad», cuenta.