Juguetón y burlón Duchamp
Cultural Cordón abre el mundo del genio que borró los límites del arte con 89 piezas de la Colección Zignone, por primera vez en España

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A.S.R. / Burgos
Aquel Año Nuevo, Marcel Duchamp y sus dos hermanas pequeñas se divirtieron componiendo una pieza musical al dictado del azar. Metieron cuarenta y dos notas en un sombrero, tantas como sílabas contenía la definición en el diccionario del verbo imprimer. Sacaban las cuentas y completaban el pentagrama. El resultado fue Erratum Musical. Corría 1913. El juego se convirtió pronto en compañero inseparable del artista francés. Cuatro años después sus ganas de jugar fueron más allá. El 9 de septiembre de 1917 los operarios de la Society of Independent Artists desembalaron una de las piezas enviadas para la exposición en la Great Gallery de Nueva York. No daban crédito al ver un urinario masculino de loza blanca. Fountain quedó fuera de aquella muestra, pero dentro de la Historia del Arte.
Ahora, hasta el 29 de abril, se muestra con descaro (una réplica de 1964 del propio artista) en Cultural Cordón junto a otras 88 piezas de la Colección Zignone, que se puede ver primera vez en España, tres de ellas en el CAB.
«Marcel Duchamp no es un artista, es el artista», dice con atrevimiento el coordinador de exposiciones de este espacio, Javier del Campo, durante la presentación de Duchamp. «Su celebridad, su mito como creador radical, no ha hecho más que crecer y multiplicar la legión de sus seguidores. Para nosotros el gran reto de esta exposición era conectar ese ámbito de enamorados, de seguidores acérrimos, con el gran público», revela como si se tratara de un nuevo juego pensado por EL artista.
Porque la producción creativa de Duchamp es un continuo juego, un salto detrás de otro, con el que borra los límites del arte, con el que cuestiona lo que es o no belleza, con el que se interroga sobre si se pueden hacer obras que no sean obras de arte...
Ese juego lo salpica todo. Juega con los objetos cotidianos en lo que él llamará los ready-made, de los que, reconoce, ni él sabe explicar qué son. Diez atraen las miradas en Cultural Cordón, entre ellos la citada Fuente.
Juega también con el concepto del arte a través de la Boîte Verde y la Boîte-en valise, que ocupan otra de las secciones de la muestra, en la que sorprenderá la Mona Lisa con bigote y perilla.
La percepción tridimensional, los juegos con la óptica, los rotorrelieves y el empleo del azar en la creación marcan una de las sendas a explorar de Duchamp y, dice Del Campo, «esta preocupación en torno al movimiento se transforma poéticamente en una obra singular, una ventana cegada, Fresh Widow (Viuda Alegre), que insta a imaginar lo que nos aparece velado».
Pero no es Duchamp el que galantea a esta Viuda Alegre, es Rose Selavy, su álter ego. Una doble existencia que le permitió crear con libertad, y dedicarse a jugar al ajedrez, aunque fue al verdadero, con su puro en la mano, al que retrataron su inseparable Man Ray y el italiano Ugo Mulas, imágenes que trufan la muestra. Es Duchamp. Es puro juego.