San Pedro en el Principal / La vuelta de Joglars
«El asunto está realmente feo»
El teatro, tanto dentro como fuera de la escena, copa la presentación que el actor Ramón Fontseré hace de 'El Nacional', que se mantiene en agenda hasta el sábado

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A.S.R. / Burgos
Asoma Ramón Fontseré por la Sala Polisón del Teatro Principal con la misma melena que lo hizo por el Salón Rojo hace dos años. Llega con una camiseta de La Parrala. Es un guiño más al Centro de Creación Escénica siempre mimado por Joglars, aunque finalmente no dará allí el taller previsto. Los múltiples compromisos de la familia teatrera burgalesa lo ha pospuesto al otoño. Sea como fuere, el actor catalán se siente en la capital burgalesa como en casa. Son ya muchas las paradas que la furgoneta ha hecho a orillas del Arlanzón: 2036 Omena-G, La cena, En un lugar de Manhattan, El retablo de las maravillas, Ubú President o los últimos días de Pompeya, Daaalí, el polémico Teledeum...
El motor se detiene de nuevo en el mismo lugar con El Nacional, estrenada en 1993 y rescatada ahora por Joglars.
El porqué lo explica Fontseré: «Fue el año post Olimpiadas y hubo un amago de crisis. En estos cincuenta años de historia, cada espectáculo nuestro viene a representar una época de este país porque nos inspiramos en lo que nos envuelve. Ya se empezaban a construir grandes templos faraónicos para albergar teatro. Era sorprendente como un arte que empezó con un señor encima de un cajón e iluminado por una vela se convertía en un aparato espectacular de edificios, instalaciones, elementos técnicos... Y nos llevó a construir El Nacional». Dice más: «Los que nos dedicamos a esto somos algo brujos. Nadie pensaba entonces que al cabo de veinte años nos encontraríamos en una crisis total. El Nacional es más actual ahora que entonces, aunque cuenta exactamente lo mismo».
¿Y qué es El Nacional? El actor vuelve a tener la respuesta: «Es un teatro en ruinas que no se puede sostener precisamente por esos elementos técnicos que obligan a un mantenimiento carísimo y está rodeado de excavadoras para hacer una nueva sucursal de Bankia. Cogimos a un viejo acomodador que, a pesar de todo, ve que esto no es el arte del teatro y quiere volver a esa pureza, a los principios. Y se rodea de unos vagabundos que tocan en el metro para hacer el Rigoletto de Shakespeare, no de Verdi. Es una especie de Quijote, optimista, que no se descompone ante los malos tiempos».
Fontseré cree que esta propuesta es la que mejor resume la larga trayectoria de la compañía. Una vez más el porqué lo expone quien interpreta a Don José: «Aúna todos los ingredientes que hemos llevado a cabo en estos cincuenta años: la mezcla de elementos canallas con sublimes, la austeridad escénica, la poesía, el humor, la ironía, el sarcasmo, la mala uva...».
Y esta mirada sirve en bandeja el análisis de la situación de este género en la actualidad. «El teatro siempre ha estado en crisis, pero ahora es una de verdad. Hemos vivido muy bien durante unos años. Hemos pasado unos años fantásticos. Ahora el asunto está realmente feo porque es una crisis de la Administración. Incluso ahora yendo a taquilla, los ayuntamientos tardan dos meses en pagarte y es jugar con el porvenir y la supervivencia de una compañía, que debe adelantar un dinero que luego le cuesta mucho recuperar», señala como cruz de una moneda que también tiene cara: «Una crisis también te aguza el ingenio. Nos hemos acomodado mucho y este par de bofetadas nos han hecho despertar».
Y en ese meneo también interviene el viejo acomodador, que no es partidario del glamour. No ve a los actores y actrices como dioses, sino como «bufones contrahechos, rigoletos».