Exposición / Arco de Santa María
El pintor, el joven y el viejo
Miguel Ángel Velasco regresa con una colección con protagonismo del 'collage'

-
A.S.R. / Burgos
Miguel Ángel Velasco solía ser un pintor de viejas costumbres. Le gustaba cargar con el caballete y sus bártulos y perderse por los pueblos burgaleses. Los años pasan y pesan. Ahora prefiere ir ligero de equipaje y viaja con su kit de acuarelas y su bloc y toma apuntes. Pero de aquellos tiempos en los que transitaba por los caminos recuerda dos hechos muy puntuales que tienen mucho que decir en la colección con la que regresa, tres años después, al Arco de Santa María, donde Escrito con pinceles estará hasta el 29 de julio.
Ocurrió un día hace diez años cuando pintaba la casa de la abuela de un joven en su pueblo natal, Orbaneja del Castillo. El nieto seguía atento sus pasos y cuando el artista le preguntó si le gustaba, el sincero espectador negó con la cabeza. ¿Por qué? Porque él recordaba el hermoso cielo que veía por las noches cuando se asomaba a la ventana de aquella casa. Asintió el pintor, rectificó el cuadro y aprendió una lección. La emoción debe dominar a la realidad.
Cinco años después, otra anécdota similar afianzó sus convicciones. Reproducía una vieja casa de adobe entre Villamorón y Villegas y un viejo muy viejo, con su colilla caída, su boina y sus arrugas, no se lo podía creer. Recordaba a su hijo, obrero en Altos Hornos, siempre despotricando de esa casucha que se caía a trozos, pero que en aquel momento emocionaba al hombre. Esas paredes encerraban la vida de varias generaciones de su familia. El sentimiento volvía a ponerse por delante de la realidad.
«En pintura no es tan importante el cuadro que ves físicamente sino lo que tú intuyes, crees, piensas y sientes. Y expresar ese sentimiento es muy complicado», sostiene Velasco, quien vio en el collage una manera de acercarse al mismo. Empezó entonces a introducirlo en sus óleos, pero no a lo tonto y a lo loco sino de forma sugerente, más evidente en unos que en otros, descarado o tímido, siempre al servicio de la personalidad de cada obra y siempre compuesto por papeles escritos, en diferentes lenguas, manuscritos y a máquina, pergaminos y documentos más actuales, noticias de un periódico o cartas sin destinatario.
El espectador deberá situarse a escasos dos milímetros del pigmento en la colección que viste el piso inferior del noble edificio. Los papeles se esconden entre la hojarasca de una vista del Arlanzón o en la tapia de un redil. Pero desde bien lejos los aprecia el visitante en la parte superior. Cartas, papeles escritos en árabe o en chino o noticias que son pasado asaltan al visitante en unos paisajes que empiezan a dejar de ser figurativos para acercarse al expresionismo, con una paleta parda, con formas geométricas, incluso con una pincelada de surrealismo. Sin olvidar nunca a su gran musa, la que asistió a sus pinitos en este mundo, que es la naturaleza, el campo, que le ha seguido en la treintena de exposiciones que ha colgado.