PUBLICACIÓN CON ESTRELLA
«Escribir es un desafío y me gusta ir quitando la red para el salto mortal»
El escritor Jordi Esteva recoge el V Premio de Literatura de Viajes Camino del Cid por el libro 'Socotra, la isla de los genios' en el Monasterio de San Agustín

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A.S.R. / Burgos
Tocado con un sombrero veraniego, ataviado con una camisa de flores azules, una americana a juego y las gafas de ver y las de sol colgadas al cuello, Jordi Esteva es la viva imagen del aventurero, del explorador, del loco que soñó con mundos imposibles de niño, que es lo que se presupone a un escritor de literatura de viajes. Muy especialmente si sus páginas descubren universos tan fascinantes como él hace en su último libro, Socotra, la isla de los genios (Atalanta, 2011), que le valió el V Premio de Literatura de Viajes Camino del Cid. Ayer lo recogió en un acto en la Sala Capitular del Monasterio de San Agustín, sede del Consorcio Camino del Cid.
«Para mí es una satisfacción enorme porque cuando uno escribe no sabe muy bien qué está haciendo. Son épocas de una gran soledad y recibir esto te anima a seguir escribiendo», expone Esteva y valora este galardón como «el más importante de literatura de viajes de España y, quizás, el único».
El escritor barcelonés acaparó los focos, pero no todos. El Premio de Literatura de Viajes Camino del Cid tiene la particularidad de que brinda su minuto de gloria, amén de 2.500 de los 10.000 euros de la dotación, al editor de la obra. Y Jacobo Siruela e Inka Martí, responsables de Atalanta, también aplaudieron el galardón auspiciado por el que en buena hora nació.
«Para el editor es buenísimo que un autor de la editorial gane un premio, es una promoción importante en ciertas partes de España, pero en este caso es interesante porque se lo dan también a los editores, algo absolutamente inaudito», comenta el hijo de la duquesa de Alba.
Socotra, la isla de los genios empezó siendo un sueño de infancia. Lo contaba ayer el propio Jordi Esteva. «Recorrer esos lugares míticos, Tombuctú, Socotra, Zanzíbar... Yo no pensaba ir a esta isla porque era un lugar muy difícil de llegar, pertenecía a Yemen del Sur, era un país marxista, y la unificación lo convertía en muy problemático», relata sin saber que la chispa que iba a poner en marcha la maquinaria prendería pronto. «Cuando hice mi anterior libro, Los árabes del mar, oí hablar a los marineros y me activaron el resorte, me picó el gusanillo otra vez y al acabarlo planteé que el próximo fuera este y así fue».
En este punto irrumpe la magia, el destino y la suerte propia de los aventureros de las películas y el exotismo envuelve la historia de Jordi Esteva. «Fui a Socotra y todo fue rodado gracias a mi amistad con descendientes del antiguo sultán, a los que, por una serie de casualidades, conocí a través de un periodista egipcio. Me acogieron y gracias a ellos pude acceder a zonas del interior muy remotas. Conocí a pastores, conviví con ellos en sus cuevas y me contaron historias fantásticas».
La obra se construía poco a poco con las conversaciones con aquellos habitantes que le hablaban de mundos antiguos. El escritor no encontró las historias que griegos, egipcios y romanos habían escrito sobre la isla. Por allí no había rastro de Roc, ni del Ave Fénix ni de Simbad, pero sí otras huellas. «Encontré a unos pastores que me hablaban de brujas, de serpientes monstruosas e historias que a mí me fascinaban y que morirán con ellos porque es literatura oral, que no está recopilada y es una pena».
Pero también se topó con otro tesoro inesperado. Otra cabriola del destino, la magia, el exotismo que propicia viajar a estas tierras lejanas. «Al mismo tiempo, la isla iba ejerciendo una influencia en mí que me hizo meterme muy adentro. Fue una introspección, afloraron recuerdos que creía olvidados, reflexiones... Son dos viajes: uno exterior, que es el que se hace físicamente hacia las alturas, hacia la montaña, y otro interior, más profundo, hacia mí mismo», señala y resume: «Es literatura de viajes, pero también son unas memorias».
Cada vez más
El nombre de Jordi Esteva (Barcelona, 1951) está consolidado en la literatura, la fotografía y el cine (Retorno al país de las almas) de viajes. Su biografía es para cortar la respiración. Los árabes del mar, Viaje al país de las almas, Mil y una voces, Fortalezas de barro en el sur de Marruecos... Nadie mejor que él para trazar las claves de este género.
«Primero debe haber una necesidad interior de escribir sobre ello, después vivirlo y saber que estás aportando una mirada nueva. El día que vea que en mi nuevo libro repito lo que ya he dicho o que estoy bajando el nivel me callaré. Escribir es un reto y un desafío y me gusta ir quitando la red para el salto mortal. Cuando ya no funcione así montaré una churrería», contesta y apostilla que para él la buena literatura siempre es de viajes. Ahí están, dice, El Quijote, La odisea o Moby Dick. Por poner tres ejemplos.
Jacobo Siruela también sostiene que el género va en alza: «No me preguntes por qué. Los éxitos en las editoriales son siempre misteriosos. Llevo treinta años en esto y nunca sabes por qué una cosa toma realce. Por un lado, puede ser que la gente viaje más y quiera tener referentes, pero realmente no lo sabemos. Yo actúo un poco por instinto».
Fue este quien le guio hasta Socotra, la isla de los genios. Eso y la calidad literaria. La misma que también destacó el jurado, compuesto por la periodista Rosa María Calaf, el poeta, filólogo y editor Luis Alberto de Cuenca, el periodista Jacinto Antón y el escritor Miguel Gutiérrez Garitano, ganador de la anterior edición.