El Correo de Burgos

XXXVI FESTIVAL DE FOLCLORE / Desfile

Espumosa y fugaz chispa de la vida

Las seis compañías despliegan su alegría, sus bailes y sus músicas en el tradicional pasacalles por el casco histórico que en esta edición fue más rápido y estuvo menos concurrido que en las anteriores

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Burgos

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A.S.R. / Burgos

El sol no ha dicho la última palabra y se hace el remolón. Él no puede con su alma y, aunque debería estar haciendo algo más productivo, se tira como el hombre más desesperado del mundo hacia esa cerveza que todavía no tiene entre sus manos, pero tendrá. Encuentra una mesa en la terraza. Mozo, una cañita. Se sienta. Los plátanos del Espolón se convierten en su palmera particular y en el paraíso cree sentirse cuando ve su sonrisa. Él no lo sabe todavía, pero es una de las bailarinas del Gran Ballet Argentino. ¿Es a mí? Es a él. Ella intenta sacarle a bailar. Él rehúsa la invitación con la espuma de la cerveza todavía en el bigote.

Y ella continúa el pasacalles. Casi pierde a sus compañeros por entretenerse de más con ese castellano recio que no puede con sus huesos. Todavía desconoce que encontrará a otros como él en este ya tradicional desfile de grupos del Festival Internacional de Folclore. Un pasacalles más corto y más triste que en otras ediciones.

La muchedumbre que en años anteriores hace un paseíllo casi infranqueable por El Espolón, la plaza del Rey San Fernando, la calle La Paloma, Laín Calvo... no era tal en esta ocasión. ¿El calor había espantado a la gente hacia las piscinas? ¿Los turistas se escondían? ¿La menor presencia de grupos cansa a los amantes del folclore? Las razones pueden ser múltiples. ¿Quién lo sabe?

Pero poco importa a los bailarines y músicos de Perú, Venezuela, México, Puerto Rico y Argentina si hay mucha o poca gente, más o menos cansada, ellos lo dan todo igualmente.

Lo agradecen Berta y Aurelio y sus dos hijas, Lucía (4 años) y Silvia (18 meses). Pocos minutos antes de que las calles tornen en un torbellino de color se preparan para perderse en él. Dice la madre que aprovechan esta actividad porque la actuación de las noches en San Juan se hace muy pesada para las pequeñas. Eso sí, todos los días lo graba de la televisión. A la mayor le encanta el baile, tanto que este año madre e hija se han apuntado al Grupo Tradicional Gavilla. Una razón más para acudir a esta cita.

Quedan cinco minutos para que se escuche el mariachi, que abre la comitiva, y Lucía se busca un buen sitio en la sillita de su hermana.

Más adelante también la gozará Elo. Esta joven burgalesa tiene unos años más, pero es de las pocas espectadoras que se lanza a la pista sin mirar a los lados.

Elo dice sí a los portorriqueños y se lo dirá a todos los que le tiendan la mano. Las bailarinas de la isla caribeña mueven sus faldas floridas, esas que prohibieron antaño por obscenas. No podía ser. Llegaban a la rodilla y enseñaban mucha cacha. La misma que ahora mueven con gusto por el paseo del Espolón. La misma a la que se suma Elo. Decididamente es la bailonga de la familia. Su hermana, Beatriz, se escuda en su hija, Vera, en sus brazos, para excusar su inaudita sosería. No pasa nada. Elo lo da todo por las tres. Aunque por un agujerito se ve a Beatriz mover los pies al son de los venezolanos, que cierran la comitiva.

A los pies de la Catedral vuelve a estar la foto que todos buscan. A veces hay más cámaras que bailarines. Es una locura sin remedio. Los turistas que comen ganchitos junto al Peregrino ya no saben si mirar a las agujas del templo Patrimonio de la Humanidad o a las formas imposibles que dibujan los vestidos de las mexicanas. Han sacado los atavíos más ricos del armario. Destellan los colores de las faldas y corpiños -bien cerraditos, no pasaron frío- y compiten con los brillos de sus compañeros. Exuberantes ambos.

Un mínimo embudo se forma en la esquina entre La Paloma y Diego Porcelos. Pequeño. Mucho. Pero los bailarines lo agradecen y danzan. Y una terraza más allá un gaucho no escatima sonrisas con una señora que se toma su refrigerio. A ella le gusta. ¡Faltaría más!

Con más calma y más timidez pasan los cuatro danzantes de tijeras, que llaman la atención con ese instrumento más de moda ahora que nunca, pero también con el arpa andina, que apenas se hace oír con la algarabía de sus compañeros de pasacalles. Detrás llegan con fuerza los venezolanos. Patriotas, orgullosos ondean su bandera en sus movimientos.

Se suceden los bailes, los cánticos, las sonrisas y los guiños y el castellano recio continúa a la sombra con su segunda cervecita. Piensa que ha encontrado la felicidad. La chispa de la vida tiene espuma.

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