El Correo de Burgos

DE EXPOSICIÓN

Pinceladas de otoño jalean las salas

Tarde de pintura con sendas inauguraciones de Milagros Casado, Cinta Aller Krähe y Javier Arana Sáez

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Burgos

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A.S.R. / Burgos

Ni la evocación de Gardel de la mujer que toca el acordeón consigue borrar la tristeza que pinta ojeras y andar cansino al Espolón. No hay besos a media luz en el céntrico paseo ni serpentinas de colores que anuncien las tres pequeñas fiestas que tienen a las artes plásticas como anfitrionas. La melancolía del otoño se las llevó a pesar de la temperatura primaveral. La cosa, sin grandes alharacas, cambia al entrar en la sala del Consulado del Mar y en la del Espolón de Cajacírculo, donde inauguran Milagros Casado y Cinta Aller Krähe, respectivamente.

A la tercera cita, en la Sala Plaza España de Cajacírculo, no acude ni quien la ha propiciado. Javier Arana Sáez no pudo trasladarse desde Miranda y dejó el besamanos a sus obras, una colección de pintura en la que domina el motivo mitológico y figuras más que evocadoras, con guiños a la psique, la razón o los sueños.

Vacía aquella sala, se llena media copa para el chinchín, con vasos de plástico, la Sala Espolón de Cajacírculo. Allí las plumas que coronan las cabezas de algunas damas invitan a viajar a los años veinte, cuando el charlestón causaba furor entre los inmigrantes africanos en Estados Unidos. Lo luce como ninguna una señorita en fucsia, collar de brillantes, plumón negro en su negra caballera. Es una de las pinturas de Cósmosis, la colección de Aller.

La persistente artista muestra sus creaciones más recientes y rescata algunas de sus últimas exposiciones, en el bar Trémolo y en la Biblioteca Miguel de Cervantes. Los dorados, platas y fosforitos se hacen fuertes y las tintas chinas -«muchas chinadas»- se pavonean con gracia por las paredes. Luego están esos materiales que la autora se guarda celosa. «Hay que descubrirlos», apunta y enumera los collages, el uso del cartón, la querencia por los fondos brillantes y un placer cada vez mayor por dejar su huella en el marco.

Y el color, que salta pizpireto de cuadro en cuadro, se presume más animado que el público. Sin saberlo, da la razón a la creadora, que piensa que los burgaleses son unos sosos, tal cual, y con charlestón quería quitar el hierro a una sociedad que pinta en negro. Lo que no consigue el baile lo logran el jamón y el tinto.

Sin lugar a brindis, pero con saludos repartidos aquí y allá, Milagros Casado recibe en el Consulado del Mar, en la que es su primera exposición individual desde el año 2006. Su paleta es más oscura y sus temas se concentran en vergeles de flores, bodegones, vistas monumentales de la ciudad, paisajes y retratos. Utiliza la veladura, una capa encima de otra de pintura mezclada con un disolvente, y alguna vez se deja tentar por el grafito.

Insiste en que solo busca reflejar cosas bonitas y que no permite que las malas noticias que un día detrás de otro escucha en la radio contagien sus óleos. «Me gusta estar informada, pero solo me interesa expresar belleza y que quien la vea sienta armonía», ilustra y recuerda a los clásicos para afirmar que el secreto es trabajo, trabajo y trabajo. Es, dice, lo que atrae a las musas, que anoche pintaban a la acordeonista el lunar que, cielito lindo, tienes junto a la boca.

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