El Correo de Burgos

EL LATIDO DEL RENACIMIENTO

Durero, el artista se reivindica

Cultural Cordón reúne 113 grabados del creador alemán en una exposición que recorre su biografía y sus inquietudes, de plena actualidad. Hasta el 8 de enero

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Burgos

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A.S.R. / Burgos

Los coches pitan en la calle Santander y los ejecutivos caminan presurosos colgados de sus móviles sin reparar en que la máquina del tiempo ha creado una isla para la reflexión, para dejarse tentar por la belleza, para interrogarse por el destino del hombre. El antiguo Palacio de los Condestables recupera el latido del Renacimiento gracias a la presencia de Alberto Durero (1471-1528). El artista que se reivindicó como tal, que llevó a los tribunales a quien copió sus grabados, que no se achantó al exigir el valor de su trabajo al emperador Maximiliano I... es el protagonista de la nueva exposición de Cultural Cordón: Durero.

La muestra reúne 113 grabados, un tercio de la producción reconocida del alemán, pertenecientes a la colección de Elisa Moretti, Elisabetta dal Bosco y Paolo dal Bosco, que normalmente no se exhibe al público. Traza un recorrido por su obra y, al mismo tiempo, por su biografía, sus inquietudes y sus importantes hallazgos para la historia del arte.

«Durero no es solo un creador de técnica exquisita. Es un artista genuinamente innovador. No contemplamos solo a un pintor incomparable, de magnífica destreza. Nos enfrentamos a un pensador, a un científico, a un revolucionario genial, capaz de acuñar hace quinientos años conceptos como la democratización del arte, la independencia del artista, el control sobre su propia creación o el derecho de autor», introduce el responsable de Cultura y Educación de Caja de Burgos, Óscar Martínez, quien llama la atención sobre la actualidad de este creador que ya se planteó cuestiones que siglos después continúan siendo carne de debate.

A ese hombre que se reivindica como artista y pone en valor su obra es a quien, a partir de seis capítulos, desnuda Durero.

Aparecen desde sus primeros grabados sobre tabla de 1496 a obras como El caballero, la muerte y el diablo, Melancolía I, La Virgen de la Muralla o San Jerónimo, de en torno a 1513-1514, «considerados su testamento artístico y espiritual», en palabras del coordinador de Cultural Cordón, Javier del Campo.

Y entre el primer y el último Durero otras grandes piezas de su producción, ejemplos de las tres técnicas que cultivó: buril (sobre cobre), entalladura (sobre tabla) y aguafuerte.

El espectador se acerca a la publicación del Apocalipsis en 1498 -«el libro le otorgó una fama y una consideración pública desconocida por algún otro artista de su tiempo»-; los grabados El caballo grande o Escudo de armas con calavera, «vinculadas a su preocupación por la belleza y la proporción humana»; insólitos retratos «capaces de traspasar la personalidad del modelo»; o las series dedicadas a la vida de la Virgen y a la Pasión de Cristo.

Un emocionado Del Campo señala que la obra de Durero encierra complejos significados simbólicos que esta exposición intenta desvelar.

«Nos habla de preocupaciones espirituales, religiosas, sociales y políticas. Nos obliga a mirar más allá del primor, del portento técnico, para acercarnos a la estatura gigantesca de un artista capaz de reivindicar frente al mismo emperador su estatus de pensador intelectual, no de un mero trabajador manual. Nos habla de un creador que reivindica su singularidad y que es capaz de pleitear para recuperar la propiedad intelectual de sus obras estampadas al grabado que le habían sido copiadas impunemente. Nos habla de un hombre que con angustia presiente la escisión de la Cristiandad en el conflicto de la Iglesia con Lutero y Erasmo. Nos habla de un artista que se autorretrata exhibiendo su alma preocupada que crea en Melancolía I, considerado por la crítica como su verdadero retrato espiritual», pinta el coordinador de Cultural Cordón, que llama la atención sobre el espíritu divulgativo y educativo que habita la sala más que nunca.Un catálogo con exclusiva

La presencia efímera de Durero en la Casa del Cordón se subsana con un catálogo que quedará para la eternidad. La publicación, con diseño de Tomás Sánchez, incluye en sus páginas centrales un desplegable con la reproducción de Gran carro triunfal de Maximiliano I, una estampa en ocho hojas, grabado en madera a la fibra, realizado entre 1518 y 1522, para enaltecer las virtudes del protector del artista, que incluye por primera vez la transcripción y traducción de las inscripciones de esas láminas. El latinista José Ignacio Blanco Pérez realiza este trabajo que aparece como un pequeño tesoro dentro de este volumen, con textos que abordan la vida y obra del creador renacentista firmados por Sebastiano Guerrera, Stefano Cecchetto y el propio Javier del Campo.

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