El Correo de Burgos

El último hacedor de santos

Andrés Martínez Abelenda, con obra en Puerto Rico y Venezuela y por toda España, lamenta que el arte religioso haya caído en el olvido y provocado la pérdida de los oficios que lo alimentaban

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Burgos

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A.S.R. / BurgosEl sonido del cencerro empuja al visitante a un pasado ya perdido aunque no tan lejano. A un mundo de motos pensadas para el trabajo y no el ocio, de manos encallecidas y juventudes desgastadas. El paso del tiempo no ha dejado ninguna pátina en el estudio de Andrés Martínez Abelenda. Aunque sabe que el universo que él conoció está herido de muerte, se resiste a que caiga en el olvido. El maestro octogenario es feliz cuando acaricia a su bailarina de alabastro, guiña un ojo juguetón al Cristo que domina el taller, siente las grietas dibujadas en las telas con las que arropó a las piezas desnudas para copiarlas o enseña la postura necesaria para sacar unas lascas a la piedra.El escultor, recién nombrado académico correspondiente de la Institución Fernán González, se sabe el último hacedor de santos. Una ligera melancolía y un indisimulado enfado le recorre cuando confirma que es un oficio perdido, que aunque alguien quisiera tomar el testigo no podría. Ya no existen tallistas, ni doradores, ni estofadores... El mundo que lo acunó ha desaparecido.Andrés Martínez Abelenda nació en 1925 y siendo un chiquillo empezó a frecuentar el taller de cantería y escultura que su padre, Valeriano Martínez, tenía en la calle La Puebla y después trasladaría a un espacio entre San Lesmes y la actual sede central de Caja Rural.«Yo aprendí donde se aprenden estas cosas, que es en los talleres. A mí alguno de los que vienen por aquí me dice ‘tú no tienes título de Bellas Artes’ y yo le digo que Miguel Ángel tampoco. Miguel Ángel y yo y muchos más aprendimos en los talleres, que es donde se hace de verdad. Si de esto quieres vivir, no puedes pasar dos meses en un aula», expone y añade que también estudió Filosofía y Letras.Para entonces, el oficio ya había calado en él. Golpe a golpe aprendió y se instaló por su cuenta. Tras tres años en la calle Santa Ana, se construyó un estudio en la calle Vitoria. Corría el año 1958 y la ciudad que hoy es Gamonal la ocupaban huertas, pinares y el río Pico, que provocaba buenas inundaciones en invierno.Llegaron los encargos de retablos, sepulcros o esculturas de santos, los madrugones y viajes en la Montesa en busca de la piedra a los pueblos de la provincia con cuyos ayuntamientos llegaba a acuerdos, las semanas de trabajos sin conocer festivos...Durante los años buenos alcanzó a tener una veintena de trabajadores. Aunque él dominaba todo el proceso, no podía con todo y supo rodearse de buenos profesionales.Los bloques llegaban en bruto acarreados por los peones. Moles de piedra que el cantero alisaba y moldeaba. Pasaba al tallista, encargado de realizar los motivos ornamentales y después llegaban al escultor. «Era lo más difícil», resalta. Y ahí entraba él y la máquina de punteo. Algunas iban doradas y entraba en juego el dorador y, en ocasiones, el estofador, que rayaba el oro para sacar el color. El proceso culminaba con el embalaje.Y este último paso, que puede resultar baladí, era fundamental. Porque Martínez Abelenda pronto dio el salto a Latinoamérica.Tendió un puente sobre el Atlántico que cruzó de la mano de unos religiosos y presume de tener retablos en Maracaibo y Caracas, ambas en Venezuela, o San Juan de Puerto Rico.Orgulloso enseña algunas de las fotografías de estos proyectos. Hasta cuatro meses se tiraba para ensamblar todas las piezas que viajaban en el Marqués de Comillas, que zarpaba en Bilbao.«Lo importante está en América porque en Burgos, siendo de aquí, es donde menos cosas tengo. Mucha gente piensa que aquí nos quedamos los tontos y que todos los listos salen. Y luego llaman a un japonés que como es de lejos sabe mucho y es muy listo. Eso ha pasado siempre aquí. Nunca se ha apreciado lo propio», se queja el autor, quien también saca pecho al mostrar la foto de un sepulcro de una nave lateral de la Catedral que esculpió con su padre. Llevan su firma igualmente la escultura de la Virgen del Manzano en la plaza del mismo nombre y los púlpitos y otras piezas de la iglesia de San Lorenzo, donde anduvo a la gresca con el párroco que durante una reciente restauración eliminó algunas sin miramientos. San Millán de la Cogolla o Burgo de Osma han confiado en él, amén de otras ciudades españolas.Alguna vez, cuenta socarrón, se ha acercado a turistas o visitantes para decirles que él era el artista de una u otra obra. Cree que ninguno le creyó y todos le tomaron por loco.Y es que, dice ilustrativo, es una especie a extinguir, pero no protegida. Martínez Abelenda es crítico, mucho, con el arte que se hace ahora, aunque adorna sus palabras de una fina ironía.«Han cambiado los gustos y la sociedad en esto como en tantas cosas. Esto que llaman arte contemporáneo y vanguardias dista mucho del concepto de pintura y escultura que yo tengo. Es para mentes superiores, para gente que no necesita oficio, técnica ni nada. Y esto es lo que se paga y se valora», espeta sin mover el rictus y agrega que para valorar una obra de arte es necesario sopesar la dificultad de ejecución.«Es como un pianista, que puede tener grandes conceptos de música, pero si no controla la técnica no puede tocar», ejemplifica seguro de que mucho de eso hay entre los artistas que llenan las salas expositivas y los grandes museos. Él no se los cree.Se lleva las manos a la cabeza también cuando se cuelan en la conversación las modernas técnicas de restauración o cuando piensa en el bulevar que el Ayuntamiento quiere hacer en Gamonal. Deja pocos títeres con cabeza.Andrés Martínez Abelenda tiene 88 años y hace años que se cortó la coleta. Un accidente de tráfico sufrido hace diez años le alejó completamente del negocio, pero no del taller. Ahora solo se da pequeños caprichos que le entretienen. «Es una profesión muy agradecida, sacar algo vivo de un bloque de piedra no lo consigue todo el mundo». Él sí.Sin noticias del Ayuntamiento

Hace tres años, Andrés Martínez Abelenda se reunió con el entonces alcalde, Juan Carlos Aparicio, para plantearle la cesión de sus obras al Ayuntamiento. No pedía dinero. Solo habilitar un espacio donde conservar su legado en buenas condiciones para que la gente lo pudiera ver. Nunca más se supo. «Llegaron los nuevos y no vinieron a verlo, solo Ignacio González (gerente del Instituto Municipal de Cultura), sé que le gustó pero no depende de él, sino de las altas esferas», señala el escultor, que afirma estar dispuesto a dárselo a las nuevas cajas «que se han hecho dueñas de Burgos y que se lo lleven a Barcelona o Zaragoza». «Aquí somos amantes de todo menos de lo nuestro», enfatiza con disgusto y sin embargo asegura que sus puertas siguen abiertas.Parte de este material ya tiene dueño. Cedió una colección de dibujos y bocetos al natural a la Institución Fernán González, que antes de terminar el presente curso le nombró académico correspondiente.

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