ARTE
Un pintor con el alma en Cardeña
Juan Vallejo regresa al monasterio a reencontrarse con la huella dejada hace cuarenta años. Destaca la bóveda de la escalera imperial y el mural de los pecados capitales que ha reinventado

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A.S.R. / BurgosEl alma de Juan Vallejo continúa presa en la monumental bóveda de la escalera imperial del monasterio de San Pedro de Cardeña. El pintor se la dejó en la mirada de incertidumbre del monje joven, en los ojos aterrados del viejo, en el hermano que implora al cielo con un rosario en la mano. También en su particular visión de los siete pecados capitales que antes inmortalizó en la hospedería del cenobio.Cuarenta años después ha regresado a reencontrarse con ella, ha vuelto a convivir con los monjes, a sentir el tañido de las campanas, a ver la primera luz del día iluminar la iglesia, a compartir desvelos con quienes huyen del mundanal ruido y buscan cobijo entre las piedras sagradas... Vuelve a Cardeña como si allí hubiera dejado a su gran amor, como si fuera un moderno Rodrigo Díaz de Vivar que acude en busca de su Jimena tras librar mil batallas. El reencuentro después de tanto tiempo es especial.Acompañado de su habitual vehemencia, Vallejo transita por las estancias de la abadía como si estuviera en casa. Bebe agua de la fuente de los mártires, pasea por entre las tumbas de los hermanos, se emociona cuando cuenta que los restos de los religiosos originarios y de los brigadistas fusilados durante la Guerra Civil comparten fosa...Pero su hábito es una bata blanca con alegres y coloridas salpicaduras de pintura y sus manos acarician un pincel, no las cuentas de un rosario.A las puertas de la abadía, frente a la imponente escultura de Santiago Matamoros, al pintor le brillan los ojos cuando su memoria viaja hasta un lejano 1971. Cumplía el servicio militar en Madrid cuando recibió una llamada. La diosa Fortuna le sonreía. Se afanó primero en el mural de los siete pecados capitales y después se entregó día y noche a la monumental bóveda de la escalera imperial. Dos años de exhaustivo trabajo le costó alumbrarla.«Tenía clarísimo que debía hacer algo espectacular, una balconada donde se asomase toda la angustia del císter», comenta ya ante esta obra monumental de 18 metros de diagonal.Vallejo vivía en los sesenta en la calle Arriaza de Madrid, al lado de la ermita de San Antonio de la Florida. Los frescos que allí pintó Goya le maravillaron. Iba una y una otra vez. «Hasta el punto de quedar implícito en mi ser la obra del pintor aragonés, uno de mis maestros, sin duda. Su obra salía a relucir en mí hasta el punto de eclipsar cualquier otra idea», desvela el autor, que realizó el boceto -expuesto junto a la escalinata- ya en 1971 en Roma.Su ejecución fue ardua. El montaje del andamiaje se erigió en una auténtica obra de ingeniería. Había que salvar los más de veinte metros que separan el techo del suelo y los peldaños de la escalera imperial. Se construyó una torre con listones de madera para alcanzar la cumbre y allí se creó una tarima para que el pintor pudiera trabajar con seguridad. ¡Hasta se instaló una cama! No podía perder ni un minuto más del necesario.Con todo listo, el creador recogió el guante. Reto aceptado. Técnicamente también era difícil de resolver. Está hecho al fresco. Se tuvo que picar todo el yeso que recubría la bóveda y dejar el ladrillo visto, «vivo, descarnado». Durante un mes se regó a diario para matar el poro. Al mismo tiempo la cal viva se aireaba en el camposanto. La velocidad de actuación requería habilidad y agilidad. Un albañil aplicaba el mortero y el artista debía pintar antes de que se secara. Una locura.«Esto solo se hace cuando tienes 20 años. Me subía, me bajaba, debía quitar tablones para ver lo que pintaba con perspectiva...», expone con la mirada hacia ese cielo donde ha representado la ancianidad, la muerte, la espera, la sabiduría, la envidia, la contemplación...«Ellos están ajenos a todo pero se asoman al mundo advirtiendo de que no hay nada detrás, la angustia de los rostros así lo refleja. Son monjes deconstruidos y polivalentes. Es una obra que infunde un terror místico», matiza Vallejo peldaño a peldaño, acercándose poco a poco a estas criaturas envueltas por los campos y el cielo de Castilla en una suerte de paisaje apocalíptico que hasta recibió la visita de Carrero Blanco.«Esto es eterno», exclama y añade que se ha marcado como nueva misión encontrar un mecenas que financie una buena iluminación para esta monumental obra. Ahora luce entre penumbras y con una lámpara gigante que impide una perfecta visibilidad.Ira, gula, envidia...El paso del tiempo, sin embargo, sí deja su pátina en el mural de los siete pecados capitales, que representa la lucha continua de los monjes contra la avaricia, pereza, lujuria, envidia, gula, ira y soberbia.Los cuarenta años transcurridos habían ensombrecido la mirada surrealista y onírica con la que Vallejo abordó esta temática con veintiún años. Ahora la ha revitalizado con el pincel cargado de madurez, de experiencia, de agilidad y de valentía para imprimir a los monjes mayor espiritualidad y un halo de santidad en esa lucha contra la tentación.Hace una semana el mismo creador exponía a la comunidad religiosa, encabezada por el abad, Roberto de la Iglesia, el reinventado mural que introdujo a un joven Juan Vallejo en un mundo espiritual que ya no olvidó.La huella del pintor en San Pedro de Cardeña se completa con cuatro pinturas en el claustro de la abadía de temática cidiana. Cuatro cuadros realizados a finales de los setenta que representan las cuatro estaciones. Invierno, primavera, verano y el otoño que ahora envuelve a la abadía de un misterio que el artista burgalés intentó, y reincide ahora, atrapar a través de su pincel y su paleta de colores consciente de que su alma iba mezclada en ellos y se quedaba allí para siempre.