BURGOS / Arte
Irreverente cueva del humor
Mikel Urmeneta, Andreu Buenafuente y Pablo Carbonell crean un divertido mural en el MEH

Los burgaleses arroparon a los tres artistas prehistóricos durante todo el día y a las siete de la tarde se puso el punto y final.-Santi Otero
Pablo Carbonell advertía en la línea de salida que llegaban dispuestos a echar un lamparón al inmaculado Museo de la Evolución Humana (MEH) y al filo de las siete de la tarde los andamios se retiraban para poner fin a un mural creado por el actor y cantante, el dibujante y creador de Kukuxumusu, Mikel Urmeneta, y el presentador y humorista Andreu Buenafuente, acompañados por el director, Juan Luis Arsuaga. Un nuevo hallazgo se unía a los atractivos del Sistema Atapuerca. Una irreverente cueva del humor, cargada de divertidos dibujos, repleta de mensajes irónicos, llena de guiños a la prehistoria y a la actualidad... Un tótum revolútum en el templo de la ciencia.
«Queremos inventar una cueva contemporánea dentro del museo, en la que vamos a interactuar, a representar nuestros delirios, nuestras historias, como también lo hacían hace quince mil años, nos fastidiaremos como supongo que lo harían en aquella época», explicaba Urmeneta en el momento de desenfundar sus armas, acrílicos y rotuladores, nada de bocetos, y después de calificar a sus colegas de dibujantes frustrados, aunque tampoco quería colocarse la etiqueta de líder de la manada. «Estos dibujan de la hostia y lo disfrutan el triple, me dan envidia. Cuando te dedicas a esto es una rutina, pero ellos se quedan hipnotizados con sus propios trazos», lanzaba ya al final de la tarde.
A esa hora, con el mural casi sin un hueco negro, su color original, Andreu Buenafuente, el último en llegar, lo vivía como un niño, prehistórico, eso sí. «Ha sido muy divertido, muy libre, como un juego. Parece una tontería pero está lleno de detalles. Es fantástico, inmejorable», destacaba y reivindicaba el humor, siempre, «aunque cuando estamos jodidos lo echamos más de menos».
Travieso como un niño, sin abandonar el pincel, Pablo Carbonell, feliz por «este retorno a nuestros antepasados», admiraba orgulloso ese borrón en el puro edificio diseñado por Navarro Baldeweg.
«No sé qué pensará el arquitecto cuando vea este brochazo tan irreverente, es una patada a lo políticamente correcto, a la pulcritud de este espacio. Pero este es un museo científico y la ciencia es una lucha de ideas y de contraposición de curiosidades...», apuntaba intentando quitarse restos de pintura roja de las manos y convencido de que el humor nos distingue de los animales.
Y humor no falta en este mural que se expondrá de forma permanente en la planta -1 del MEH, por el que vuelan boinas paleolíticas, se marcan huellas austrolopintecas, que otorga el título de botijo predilecto de la ciudad de Burgos, por el que corren bisontes que, a veces, según quien los pinte, parecen gallinas mas no lo son, que acoge a sonrientes monos con corbata y las manos en alto: A mí no me miren... Un saco sin fondo.
La presencia de los tres creadores despertó interés entre los burgaleses. Solo mientras comían una pizza los dejaron solos. Por la mañana se encontraron con grupos, como los alumnos de Realización Audiovisual del Diego Marín Aguilera, con artistas que se fueron a comer con la promesa de volver por la tarde para evaluar el resultado final, con jubilados prestos a pasar la mañana, con seguidores de sus otras facetas...
La jornada dio para mucho. También para la solidaridad, que no solo quedó reflejada en el mural con un elocuente Je suis Charlie. Los creadores se hicieron fotos con Daniela y una camiseta que reclamaba la donación de médula. En la cueva del humor todo es posible.