BURGOS / Entrevista a Ismael Serrano
«La vanidad de la juventud se pule con los años»
Diecisiete años de carrera, nueve discos, un buen puñado de canciones grabadas en la memoria musical del país desde aquel ‘Papá cuéntame otra vez’ y un público incondicional es la cuenta de resultados de un artista más feliz que nunca en su último álbum, ‘La llamada’

Ismael Serrano.-
Ismael Serrano, con sus incertidumbres, sus calles vestidas de abril, su rabia y su alegría, sus reglas desaprendidas, sus noches de vino y rosas, vuelve el sábado al Teatro Principal (20.30 horas, 30 y 15 euros) para desgranar las trece canciones de La llamada, un disco que presenta como una convocatoria a celebrar en torno a la música la oportunidad de encontrarse y cambiar las cosas.
Pregunta- ¿Está más cerca que nunca ese otro mundo posible tan soñado?
Respuesta- Cuando menos estamos viviendo momentos efervescentes e interesantes, que hacían falta. La ciudadanía se está mirando a sí misma como hacía tiempo, está exigiendo un protagonismo activo, que también es algo novedoso. Había una resignación generalizada, se había perdido la conciencia de la capacidad de influir, la gente pensaba que poco podía hacer para cambiar las cosas y ahora la ha recuperado, está implicada y está exigiendo una sensibilidad política nueva, aunque la situación no deja de ser terrible, vivimos aún inmersos en una crisis.
P.- ¿La esperanza es un sentimiento de moda o realmente hay motivos para reivindicarla?
R.- No estaría mal que se pusiese de moda, que quitáramos un poco de pesimismo, pero sí hay pequeños actos cotidianos que te reconcilian con el mundo más allá de las palabras solemnes de un discurso político. Son hechos concretos, muchas de las candidaturas políticas que están surgiendo o de las plataformas que están impidiendo desahucios parten de los propios ciudadanos... En cualquier caso, siempre ha sido un empeño mío abrir ventanas a la esperanza porque tengo fe en el ser humano, no soy un cínico que pasa de todo y que cree que esto no tiene solución.
P.- ¿Cómo ha cambiado esa mirada con la paternidad, tan presente en la gestación de este disco, durante la que grabó un documental contándosela a su hija, recién nacida?
R.- Totalmente. ¡Cómo uno no va a afrontar el futuro con esperanza cuando recibe a una recién llegada como su hija! Renueva tu mirada y te hace recuperar la sensación de vivir por primera vez cosas que ya habías vivido, te reafirma en la convicción de que hay que cambiar el mundo con urgencia, te hace perder solemnidad, relativizar, tomarte menos en serio porque tus prioridades vitales cambian. Todo eso aparece en el disco y por eso ella está presente de una u otra forma en todas las canciones.
P.- Todas acaban con final feliz, salvo una, El problema, compuesta por su padre...
R.- Sí, por eso lo hice en forma de ranchera, al estilo José Alfredo, porque cuando leí la letra me parecía que tenía todos los elementos de esas canciones tradicionales mexicanas: el ambiente tabernario, la derrota, el reproche y la súplica que se desprende del desamor. Quizás es la más triste.
P.- ¿Qué importancia tiene esa colaboración paterna que se mantiene desde el principio?
R.- Ya es una tradición de la que no me puedo desprender. Compartimos muchas referencias y si me dio por esta música y por tratar de dar un vuelo poético a mis canciones fue por el contexto en el que he crecido.
P.- En ese documental para su hija, se reúne con él en una castiza taberna madrileña y hablan de la importancia de los bares, muy presentes en sus canciones...
R.- Aparecen muy a menudo, aunque ya no los visite con tanta asiduidad. Conspiraremos en los bares, digo en El día de la ira. Son el punto de reunión donde se conjuran revoluciones, se maldicen despedidas, se celebran encuentros... Al calor de la barra uno se sincera.
P.- ¿Cuántos versos ha escrito borracho en una servilleta?
R.- Algunos, pero diremos que no todos eran tan geniales. La noche distorsiona un tanto la visión de la realidad y nos hace creer protagonistas de grandes historias que no lo son tanto. He de confesar que la mayor parte los escribo sobrio y de madrugada en casita. Componer es un diálogo muy íntimo con uno mismo que se practica, yo personalmente, con la tranquilidad y calma que me proporciona mi hogar y también la madrugada, y, en mi caso, requiere cierta lucidez. Componer es como repasar un álbum de fotos en el que vas haciendo un ejercicio de memoria porque te encuentras con una canción que te ha perseguido durante un tiempo y es en ese momento en el que te detienes cuando ella se encuentra contigo.
P.- ¿Se le ha resistido alguna?
R.- Cada canción es diferente. Las hay que tardan más, otras que surgen rápidas... En este disco no han sido tan inmediatas, hay un trabajo muy arduo de búsqueda, porque quería que partieran de un lugar diferente, del ritmo, algo a lo que no estoy habituado porque las suelo construir desde la armonía y la melodía, y también porque quería que no hubiera ni un verso de más.
P.- ¿Cuál de La llamada hubiera incluido sin dudar en esas cintas de varios que, desvela en ese documental, grababa de joven?
R.- Seguramente, Mi problema, y más aún cantada por Natalia Lafourcade, que la llena de verdad, en un diálogo maravilloso, con ese componente de taberna y desamor que la convierte en un clásico. Es esa canción que uno tararea para maldecir el propio desamor.
P.- En Rebelión en Hamelín tira al flautista al río y vota por bachatas, cadombes, sones cubanos, sambas, cumbias... ¿Cuál es la particular rebelión de Ismael Serrano en este disco?
R.- No sé si rebelarme, pero sí he dado una vuelta de tuerca al acudir a los ritmos y no quedarme en la guitarra y la melodía y he tratado de huir de la solemnidad a la hora de dar ciertos mensajes, aunque cuando hay que ponerse solemne lo hago, como en El día de la ira, quizás la canción más oscura, pero a veces la rabia no te deja hacer otra cosa. Me apetecía combinar el vuelo poético de la canción de autor y el compromiso con lo más elemental de la música tradicional, la melodía popular, que es tarareable y recordable, y creo que lo he conseguido. A veces, el cantautor acaba creyéndose ese complejo, absolutamente falso, de que prioriza las letras con respecto a las músicas y entras en una carrera por hacer más complejos musicalmente tus trabajos, y cada vez buscas armonías más oscuras, más enrevesadas, incluso literariamente, y en ese sentido lo mejor es despojarse de esos prejuicios e intentar ser natural. Esa ha sido mi rebelión.
P.- ¿Se ha dejado dominar alguna vez por esos prejuicios?
R.- Yo siempre he sido un defensor de la canción de autor, pero tal vez inconscientemente sí he entrado en una competición tratando de demostrar que no es así. La complejidad musical de las composiciones de Silvio Rodríguez no la encuentras en un músico de pop convencional.
P.- ¿Corren buenos tiempos para los cantautores?
R.- No lo sé, no sonamos en la radio, no somos la prioridad de los medios musicales convencionales y aunque internet sí tiene un espacio para todo tipo de propuestas, el caudal de información es tan grande que te pasa por encima. ¿En el gusto de la gente está esa sensibilidad? Sí hay un cambio, pero, por otro lado, los nuevos movimientos sociales tienen ese tic posmodernista rupturista que no entiendo y pagan justos por pecadores. No sé si tenemos un sitio los que apostamos por un género tradicional y no sé si estamos en nuestro mejor momento, pero sí hay un público que lo demanda y lo busca. Hay que abrir las orejas y entender que el gusto es plural. Ojalá las radiofórmulas lo entendieran, pero hoy por hoy no es así.
P.- ¿Los de hoy tienen más difícil abrirse camino que los que lo hicieron en los noventa?
R.- Sin duda. Nosotros teníamos ciertas ventanas por las que mostrar nuestro trabajo. Ahora todo se ve como objeto de consumo, de usar y tirar, y la música del cantautor requiere calma. Con todo, siempre habrá supervivientes, que consiguen mostrar su obra, aunque con mucha dificultad. Porque aunque a nosotros siempre nos han dicho que nos queda el directo, la realidad es que está jodido, no solo por el bolsillo del ciudadano, sino también por el hándicap del 10% de IVA que han subido, que en muchos casos era el margen de beneficio para los músicos.
P.- ¿Confía en que baje?
R.- No lo sé porque el fin de esa subida no es claramente recaudatorio, sino que tiene una intención política, de castigo a un sector, y lo veo bastante difícil.
P.- ¿Qué echa de menos del joven que cantaba Papá cuéntame otra vez?
R.- No soy excesivamente nostálgico, más bien al contrario, he aprendido unas cuantas cosas y tampoco tengo tantos reproches que hacerme. Podría decirte que entonces el futuro era algo aplazado permanentemente y uno tenía una sensación de eternidad, pero es que a mí los planes de futuro que tengo ahora me encantan, con una niña de diez meses, con un oficio que me apasiona, con un momento político efervescente... Este momento que nos toca vivir tiene su miga.
P.- ¿A los 40 se sigue pensando que uno será eterno?
R.- Quizás uno compone canciones para eso, para preservarse de la fugacidad del tiempo, no tanto del paso, que es saludable, sino de la sensación de vértigo que produce un tiempo que va a toda prisa porque así lo imponen estos tiempos. Es verdad que con los años te ves más vulnerable, tienes un concepto de ti mismo más relativo y se va puliendo el componente de vanidad y soberbia de la juventud.
P.- Dice en La llamada que la vida fue un ensayo hasta ahora...
R.- Es la sensación de oportunidad que da este tiempo.
P.- ¿El espectáculo va a empezar ya?
R.- El mío sí. Lo que más me gusta de esta gira y de este disco es la sensación de movimiento, de seguir avanzando... Hoy por hoy, mi crecimiento durante estos años de carrera ha sido natural y mi llegada a los 40 no la veo como algo conflictivo, tendré mis neuras, como todo el mundo, pero estoy en un punto en el que estoy a gusto, de relacionarme naturalmente con mi música. Ojalá también sepa trasladarlo. A veces la sensibilidad del músico está sobrevalorada, incluso cuando se le pregunta por política en una entrevista. Siempre piensas que no tienes autoridad para responder, pero tampoco voy a no hacerlo...