El Correo de Burgos

BURGOS / Exposición

La chispa histérica de la pintura

Eva Zaragozá Marquina debuta en su ciudad con una colección que se regodea en el color sin complejos y con alegría

Eva Zaragozá Marquina, junto a la pintura 'La lucha de la trucha'.-Santi Otero

Eva Zaragozá Marquina, junto a la pintura 'La lucha de la trucha'.-Santi Otero

Publicado por
A.S.R.
Burgos

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Una debutante baila en el tablado pictórico burgalés. Con alegría y sin dramatismos, con la necesidad de escuchar continuamente el aplauso y en un desenfadado caminar hacia adelante, Eva Zaragozá Marquina se somete a la mirada de sus paisanos por primera vez con Estudios histéricos del color en pequeño y gran formato, que viste las paredes de Masala Natural (plaza Francisco Sarmiento, 1) hasta el 30 de abril.La imaginación encuentra su paraíso en estas pinturas. Estivales campos de Castilla con un toque pop a vista de avión dibujado por un niño dominan Sobrevuelo castellano; en La lucha de la trucha, un guiño a su padre, entregado pescador, atrapa el veloz ritmo del pez en el río en contraste con los apacibles nenúfares; se recrea en el paisaje urbano en lo que llama 10 estudios histéricos del color; saca su vena burgalesa en Garabato de la Catedral de Burgos, nacido de su obcecación personal por el Premio AXA, el único concurso al que se presenta y donde solo una vez la han seleccionado; se rinde a la cocina del restaurante que le ha brindado sus paredes en Digestión vegetariana...«Son cuadros que nacen de la confusión y que yo intento ordenar todo el tiempo. Lo que más me interesa son las emociones que puede producir el color y conseguir un resultado histérico», desvela la artista y cuenta que el inicio de esta muestra se encuentra en la obra de teatro La guerra según Santa Teresa, de María Folguera, en la que ella pinta en directo tablillas en formato cuadrado -«era muy obtuso, muy complicado de romper, y lo conseguí mediante composición del color, texturas, brillos, sombras...»- y también por su fascinación por los desconchones de las paredes.Confiesa que trabaja con ideas muy cercanas, con sensaciones de origen y pertenencia, que la llevan a plasmar motivos de su ciudad natal, su barrio de siempre, pero también el caos del Madrid que ve por la ventana a diario.Zaragozá Marquina reconoce encontrarse aún en ese momento de pertinaz búsqueda cual científica sin bata blanca que se entrega al método de prueba-error solo con miedo al fracaso de no seducir a la pintura y de no avanzar con cada paso, sabedora de que el proceso es lento.Tremendamente competidora, con una chispa vital y optimista, su anzuelo para dedicarse a la pintura fue su prima María, con la que de niña pasaba los veranos y jugaba a pintar. «Me llevaba seis años y siempre me esforzaba muchísimo por hacerlo mejor que ella, pero era imposible. Sus dibujos eran siempre más espectaculares. A mí me sentaba fatal», recuerda sin rencor y agradece tener una familia que «valora muchísimo la capacidad plástica, la forma de mirar el mundo a través de la expresión».Alumna de sobresaliente, cuando terminó el Bachillerato Internacional en el López de Mendoza, pensó que estudiar Bellas Artes era perderse, a pesar del aliento que encontró, sobre todo, en su hermana. Durante tres cursos compaginó Filosofía y Bellas Artes hasta que, finalmente, esta última ganó la batalla.Eligió y no se arrepiente. Ni el aburrimiento ni la indiferencia entran en su diccionario, donde ganan terreno valentía y confianza. Con estas armas, y con una irrefrenable ilusión, pelea en varios frentes: da clases en el espacio La Nevera de Lavapiés de Madrid, donde enseña pintura «desde una óptica distinta a la que estamos acostumbrados en los colegios, en la que no me interesa tanto que el alumno sepa dibujar según los cánones académicos, sino que se sienta satisfecho con lo que hace y sea crítico en su mirada sobre las imágenes que le rodean»; prepara su tesis doctoral -Estudio y metodología para la enseñanza de las artes plásticas en la educación no formal- y expone y participa en cuantos proyectos se cruzan en su camino.Este insistente salto sin red la ha llevado, por ejemplo, a hacer retratos. Hace un año, la editora de Modernito Books la propuso acompañarla al Mercado de Motores de Madrid para trabajar en vivo. «Pensé que no iba a tener ningún éxito y estuve diez horas seguidas pintando a gente sin parar, con una cola...», suelta sin aún acabar de creérselo porque nunca se había visto ella de retratista, aunque quizás haga caso a su abuelo, de 94 años, que le anima a seguir esta flecha. «Dice que la gente es muy vanidosa y narcisista y no me faltarán clientes», ríe.Aunque la exposición en Masala es el debut en su ciudad, su obra sí se ha estado en otros lugares como Segovia, a través de la Beca de Pensionados de la Academia de San Quirce, o en Projection Room de Bruselas, junto a las fotografías de Benoit Pabis.¿Lo próximo? Quién sabe. Zaragozá Marquina es como su pintura. «Soy muy alegre, no me gusta el dramatismo, no hay nada detrás, veo y muestro el mundo de una manera muy explosiva». Una histérica del color.

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