BURGOS / Artes escénicas
Tiempo de teatro
El estreno del nuevo montaje de Margarito y las dos últimas propuestas de Titirimundi multiplican los frentes en una veraniega mañana dominical

Margarito hace un alegato en contra de la tiranía del reloj en ‘Tiempo’, estrenado ayer en el MEH.-Raúl Ochoa
Tiempo de teatro en la ribera del Arlanzón y no van estas líneas de alcaldables en mercadillos ni candidatos con sonrisa profidén. Ajenos a promesas y pactos se encontraba el público que asistió al estreno de Tiempo, el nuevo espectáculo de Margarito, más que pendiente del reloj y no porque tuviera prisa. De reojo lo miraban los padres que dudaban si dejar que sus retoños se torraran bajo el justiciero sol que alumbró la última propuesta de Titirimundi por este año, que trajo de nuevo a los belgas Plansjet al Espolón. Dieron el relevo a la compañía francesa Plexus Polaire, que pintó de humor negro el escenario del Principal con Opera opaque.
Bendito domingo consagrado a las artes escénicas y gozarlas en familia.
Así decidieron hacerlo Martín y Candela, padre e hija. Un anuncio los guio hasta el Museo de la Evolución Humana (MEH). Solo conocían el título del montaje: Tiempo. No necesitaban saber más. Se dejarían sorprender.
Como ellos, un buen número de pequeños y grandes que no tocaban palmas al son de los lorquianos versos de La leyenda del tiempo interpretados por Camarón.
Durante casi una hora, la comandante Margaret Querida relató a los habitantes de Sintime su expedición desde el año 3015 al siglo XXI para investigar qué llevó a la extinción de la especie humana. Descubrirá que fue una enfermedad llamada tiempitis aguditis. De ese hilo tirará para cantar las bondades de vivir sin la tiranía del reloj de la que gozan en su planeta imaginario. Pinceladas de Superwoman, un hipnotizante tictac, teatro gestual, una pizca de circo, otra de clown, una suerte de juego de muñecas rusas, un despliegue de imaginación para convertir unos lapiceros gigantes en cubiertos o una plancha en un perrito juguetón... Los elementos se confabularon para afear el frenesí por el tiempo de aquellos humanos resumida en una surreal y cierta frase: «Vivían obsesionados por buscar tiempo para ver qué hacían con su tiempo».
Los aplausos dieron el visto bueno a este montaje.
Candela, la niña con la que estas líneas accedían al salón, salía encantada y su papi, también. Sacó su pluma de crítico teatral para subrayar el juego gestual. «Son como pequeñas coreografías. Me ha recordado muchísimo las películas de Charles Chaplin», decía al tiempo que se lo hacía ver a su hija (10 años), con la que este invierno ha repasado la filmografía del genio del cine mudo.
Él hubiera borrado todas las palabras en el guion de Angélica Gago, alma de esta compañía burgalesa, que le daba la razón y confirmaba que su reto personal es contar más con menos texto, pero que su locuacidad la pierde. «Cuando veo que los niños se apagan los digo alguna cosa graciosa que sé que funciona para meterlos de nuevo en la obra», apunta la actriz, feliz con el resultado final. «Cuando termine de saludar, en el camerino, cogeré el látigo y me flagelaré, pero el tiempo no daba para más», bromeaba tras la primera función, la matutina, dirigida a familias, y horas antes de la vespertina, etiquetada para público adulto.
Observa que entre uno y otro apenas cambian matices. «Es un experimento que me apetecía hacer», comenta y se confiesa agotada sabedora a la vez que hoy ya echará de menos el trajín del proceso creativo.
Títeres en la calle
Desde el MEH, algunos apretaron el paso para llegar al Espolón. Después de la lluvia, invitada molesta, del pasado fin de semana que impidió que el Festival Internacional de Títeres dibujara los clásicos corros de niños y grandes en el céntrico paseo, las marionetas volvieron a él.
La pareja belga Plansjet, que empezó con puntualidad británica su intervención, se ganó al respetable y también a un sol entregado y voraz que, bocado a bocado, se iba comiendo la sombra.
Ajenos a esta batalla, los pequeños, en primera línea, se implicaron con decisión en cuantas oportunidades los dieron los dos marionetistas. Manipularon títeres, jugaron con gigantes pompas de jabón, bailaron... Con esta complicidad, Titirimundi echó el telón en Burgos para abrirlo el miércoles en Segovia, la madre patria, donde los hilos seguirán moviéndose. Es tiempo de teatro... sin fin.