BURGOS / Orquesta Sinfónica de Burgos
Beethoven, el farero y el trompa
La novena temporada se despide con el estreno de ‘Fantasía Rowallan’, de Pérez de Arévalo, la presencia del solista Alberto Menéndez y la culminación de las sinfonías del alemán

Alberto Menéndez.-David Palacín.
La Orquesta Sinfónica de Burgos (OSBu) despide la novena temporada el domingo con tres nombres propios: Javier Pérez de Arévalo, Alberto Menéndez y Ludwig Van Beethoven.
El primero es el autor de Fantasía Rowallan, la obra que la formación dirigida por Javier Castro estrenará dentro del compromiso con los compositores burgaleses.
Detrás del segundo se esconde un joven trompa burgalés, aunque su carnet diga que nació en Avilés en 1991, que, aunque ya ha tocado con la OSBu en dos ocasiones anteriores, ahora vuelve como solista con el Concierto para trompa nº 1, de Haydn.
Y ninguna presentación necesita el tercero. El genio alemán ha sido una compañía constante en los diez años de vida de la agrupación, que, con la interpretación de su Sinfonía nº 7, completará el ciclo íntegro de sus sinfonías.
La novena temporada escribirá un punto y seguido el domingo en la sala de congresos del Fórum (20.30 horas, 15 euros). Porque, incluso antes de que el concierto termine y se entreguen los oportunos ramos de flores, se empezará a preparar la décima.
El público asistente, que recibirá el primer número de la revista de la OSBu, podrá elegir el repertorio de una de las actuaciones a partir de unas papeletas repartidas in situ. Los Amigos de la Orquesta tendrán hasta junio para hacerlo online y escoger dos. Las más votadas saltarán a la partitura. Pero antes lo harán Beethoven, el compositor farero y el trompa.
JAVIER PÉREZ DE ARÉVALO: «La obra es el resultado de mi desencanto con la etiqueta ‘contemporáneo’»
A bote pronto, la historia de Javier Pérez de Arévalo se dibuja con un trazo romántico, poético, adornado de soledad y bohemia. Hace tiempo que se dedica a guiar a los marineros que buscan puerto. Es el farero responsable de la costa mallorquina de poniente. Pero el burgalés se carga sin contemplación esta imagen ensoñadora. Las máquinas borraron cualquier atisbo de magia. Sin embargo, esta vida influye mucho en sus composiciones musicales. El también escritor (Diario terapéutico de un vegetariano) confiesa que sus tres facetas son solo una. Y sin misterios trinitarios.
Cuando la OSBu llamó a su puerta, decidió que, en vez de echar mano al archivo y escoger una de las cuatro obras sinfónicas estrenadas por la Orquesta de Baleares, escribiría una nueva, la quinta -de cámara tiene más de cuarenta y también ha escrito para teatro-.
Pronto pensó en Rowallan, el manuscrito escocés que recopila la música para laúd más antigua conocida, fechado hacia 1620 y conservado en Edimburgo. «La obra es una orquestación que parte de ese material, pero al final se ha convertido en una pieza con vida propia», explica desde Mallorca por teléfono, recién llegado de ver unas balizas en el dique.
¿Por qué se ha ido tan lejos en el tiempo y en el espacio?
«Se debe a mi desencanto actual con lo que es la etiqueta contemporáneo en el arte en general. Después de haber hecho cantidad de música contemporánea, creo que ahora mismo está en un callejón sin salida», contesta convencido de que esta «ha tocado fondo, no puede ir más allá, para que funcione necesita un apoyo conceptual, casi filosófico, y cuando decidí estudiar Filosofía me di cuenta de que la música no necesita de conceptos teóricos y he empezado a pensar en ella como algo lúdico y sonoro».
La fascinación por ese ritmo escocés le llevó hasta el legajo. «Es muy simple, no tiene nada que ver con la música para laúd que se podía hacer en esa misma época en Florencia, Venecia o Madrid, pero es de una riqueza rítmica y melódica maravillosa y súper moderna».
Fantasía Rowallan se basa en ocho piezas del manuscrito que dan pie a su subtítulo: Ocho escenas oníricas.
«Empecé a pensar en un farero escocés de finales del siglo XIX y principios del XX, que durante su semana libre se iba a las fiestas del pueblo y allí oía parte de esta música, pero al mismo tiempo empezaba a beber y la cosa se disparaba un poco. Está mezclado lo folclórico y lo etílico. Al final es un bucle, en el que el farero se duerme, entra en un sueño, y la propia orquesta se cuela ahí», relata y calla en este punto para no desvelar toda la historia.
ALBERTO MENÉNDEZ: «El resto de Europa nos ve como estrellas de rock y aquí como algo muy culto»
Alberto Menéndez vuelve a formar parte del escuadrón de la Orquesta Sinfónica de Burgos. Pero ya no es soldado raso como en las dos anteriores ocasiones. Ha subido de rango. Y el domingo será el solista en el Concierto para trompa, de Haydn.
Ya está en casa. Ha volado desde Manchester, sede de la Filarmónica de la BBC, donde milita desde septiembre. En Inglaterra reside desde hace dos años. Allí llegó desde la Orquesta de la Comunidad de Madrid, donde con solo 18 años se sacó su plaza de solista. Tras tres años en ella decidió realizar las audiciones para el mismo puesto en la Orquesta Sinfónica de Londres. «Necesitaba salir de España y ver qué pasaba musicalmente fuera», anota. No iba con grandes expectativas pero le aceptaron. Se abrió una ventana inesperada a la que quiso asomarse. Aún está en periodo de prueba.
Que su chica, soriana, actualmente principal contrabajo de la Orquesta Nacional de Escocia, hiciera el viaje con él no fue razón menos poderosa.
Reconoce que la sensibilidad hacia la música clásica dista mucho de España a Inglaterra u otros países europeos.
«Hay mucha diferencia. En Alemania, Francia o incluso Italia hay mucha tradición por la música, mucho amor por ella, y las orquestas son de mayor nivel porque hay más tradición», sostiene y aclara que no es que en España no exista ese amor, pero es menos pasional. «Allí te tratan como si va a tocar una estrella de rock y aquí la clásica se ve como algo muy serio y muy culto y no es así, es para todos los públicos».
Él empezó sus estudios en el Conservatorio de Burgos, ciudad a la se trasladó desde Avilés a los tres años. Se decantó por la trompa por capricho del destino. Violín y piano eran los preferidos por los alumnos y él se quedó en el bando de los patitos feos (trompa y oboe). «Me gustaba el sonido de la trompa y más tras ver que se utiliza mucho en las películas. Cada vez me fascina más», apunta este joven que a los 17 años se fue a estudiar a la Escuela Superior Reina Sofía de Madrid y, entre otras, ha tocado con la Gustav Mahler Jugendorchester, la Filarmónica de la Scala de Milán o, recientemente, en la Orquesta Mozart y en la Orquesta Festival de Lucerna invitado por Claudio Abbado.