BURGOS / XXXIX Feria del Libro
«La vida tiene mucho de ficción»

Luis Landero.-Iván Giménez.
Luis Landero se estrena hoy en la Feria del Libro de Burgos. Llega con una colección de fotografías en sepia, que le lleva a brujulear en su memoria, su infancia en un pueblo extremeño, la relación con su padre, su condición de emigrante en Madrid o sus pinitos como guitarrista. Un álbum de recuerdos en blanco y negro en los que busca la respuesta a una pregunta: ¿Por qué he llegado yo a ser escritor? La cuestión planea sobre las páginas de El balcón en invierno, su última novela, que hoy firmará en El Espolón (de 18 a 19 horas) y presentará en la Sala Polisón (20.30 horas).
Pregunta- ¿Cómo disfruta más las ferias del libro, como lector o como escritor?
Respuesta- Como escritor y como lector. El escritor no sabe muy bien lo que escribe, no se puede leer a sí mismo, se lo tienen que decir los demás y esos demás son los lectores. Cuando me encuentro con ellos me llegan ecos de lo que he dicho. La Feria del Libro es una fiesta de la lectura, de los libros, tan necesarios y tan arrinconados en este país. Lectores, escritores, editores, libreros y distribuidores formamos una gran tribu y vamos juntos en el mismo carro.
P.- ¿Son más fiables los lectores que los críticos?
R.- Por supuesto. Hay críticos con mala fe, con muchos prejuicios, que es básicamente lo mismo. A veces tienen una deformación profesional y leen sin ese punto de inocencia con el que hemos leído cuando éramos niños. Los lectores son mucho más directos y, desde luego, más espontáneos en sus juicios.
P.- En El balcón en invierno juega al gato y al ratón entre realidad y ficción...
R.- La vida tiene mucho de ficción. Cuando recordamos nuestro pasado ya lo es porque la memoria no es del todo fiable. A veces, de nuestro pasado recordamos hechos pequeños que no estaban llamados a perpetuarse. Sin embargo, la memoria los selecciona y no sabemos por qué. No tiene que haber una separación enorme entre ficción y realidad, están sumamente unidas. Cuando hablamos todos los días con nuestros amigos, vecinos o conocidos y contamos lo que nos ha pasado siempre hay algún añadido imaginario. También es verdad que lo que tú has vivido una vez que lo cuentas literariamente se convierte en ficción, pero no porque hayas mentido, en esta novela no hay ninguna mentira, sino por el hecho de trasladarlo a palabras literarias. Si hay voluntad de novelar tu pasado ya se convierte en ficción.
P.- La obra se desató cuando estaba asomado a un balcón, mientras escribía una novela que no le salía, y allí recuerda una escena similar, una conversación con su madre en otro balcón, en otra época (1964). ¿Qué embrujo tienen estos elementos arquitectónicos?
R.- El balcón es un espacio ambiguo entre la vida privada y la pública. Por un lado estás expuesto a la curiosidad de la gente que pasa por la calle y alguien puede preguntarte algo, pero a la vez estás refugiado en tu casa.
P.- Pasan por el libro un padre soñador, una madre que nunca se enfada, el abuelo Luis que guardaba la lápida para su entierro con todos los datos grabados a falta de la fecha final, el primo Paco que le empujó al maravilloso mundo de la farándula... ¿Se ha dejado algún personaje en la recámara?
R.- Si contara todo, mis amigos, el internado en el colegio, mis amores, mi vida laboral entera, mis relaciones con uno y otro, la novela hubiera tenido mil páginas. He seleccionado hechos que a mí me parecen esenciales sobre todo para responder a una pregunta que me hago al inicio: ¿Por qué he llegado yo a ser escritor? ¿Cómo es posible habiendo nacido en un pueblo por ahí perdido en Extremadura (Alburquerque), con familias campesinas, analfabetas, con un hogar donde no había ningún libro, obligados a emigrar...?
P.- ¿Encuentra la respuesta?
R.- Sí, sí. Por un lado, por los cuentos que escuché de niño dentro de la cultura campesina, que es muy rica, oral, los libros que no tuve fueron las historias que me contaron de niño y también cuando luego de adolescente descubrí la poesía. A partir de ahí, unida a una cierta insatisfacción que yo sentía de la vida, porque el arte nace de la insatisfacción, no de la felicidad, me he ido explicando, aunque siempre queda una línea de sombra que ya pertenece a los abismos del alma e impide las respuestas definitivas.
P.- ¿Hasta qué punto le marca haber nacido en un mundo rural?
R.- Me marca la gente, da lo mismo que sea en el medio rural o en el urbano, el alma humana es igual en todos los lados. Me ha influido la emigración, ese afán que había por mejorar la vida y, por supuesto, un padre que soñaba mucho, que deseaba grandes cosas para mí, ese desnivel que hay entre lo que uno desea y lo que uno consigue. La época de la juventud es la de hacer proyectos, pero luego la vida te va poniendo en tu sitio y la realidad va angostando, marchitando esos deseos y de ahí surge la melancolía, esa cosa agridulce que hay en la vida, tan llena de belleza como de tedio y a veces de horror.
P.- ¿Ha cumplido sus sueños?
R.- En parte sí, en parte no. Me hubiera gustado vivir varias vidas para cumplirlos todos. Yo quería ser escritor por encima de todo y eso de un modo u otro lo he conseguido. A mí me apacigua, ahora que he llegado a cierta edad, haber hecho lo que tenía que hacer, dedicarme a la escritura, a la que me hubiera entregado igual si no hubiera tenido éxito, aunque este te reconcilia, te da una cierta seguridad y es halagador. ¿He conseguido mis sueños? El de la escritura sí, otros no.
P.- ¿Cuáles no?
R.- Eso no te lo voy a decir (se ríe).
P.- Su padre y sus sueños están muy presentes en la novela. ¿Siente que él los ha alcanzado a través de usted?
R.- Ese es un consuelo que tengo, pero mi padre murió cuando yo tenía 16 años y no vio que aquel afán que él tenía de emigrar al final salió bien y que todos los sueños que tenía depositados en mí no fueron en vano. Me gustaría que lo supiera porque yo tengo cuentas pendientes con él, todos las tenemos, con nuestros hijos o nuestros padres, es una relación de debe y haber que nunca cuadra el balance, pero no ha podido ser.
P.- ¿Pero si se ha convertido en el hombre de provecho que él quería?
R.- Creo que sí y precisamente gracias a él. Cuando murió para mí fue un impacto emocional, con un sentimiento de culpa, que no es malo, a veces te obliga a ir por el buen camino, a reparar el daño que has podido hacer, tiene una parte de justicia. Su muerte fue fundamental y también su figura, que me ha inspirado personajes literarios.
P.- ¿Qué lugar ocupa su madre?
R.- Mi madre es la mujer apacible, que está ahí siempre, abnegada, cariñosa, serena. Mi madre tiene 97 años y es una mujer a la que le gusta la vida y para mí ha sido mi cómplice, me ha ayudado siempre, me ha comprendido. ¡Qué te voy a decir! ¡Madre no hay más que una!
P.- ¿Y qué queda del farandulero que usted fue?
R.- Poca cosa, poca cosa (se ríe). Me dediqué a la guitarra y cuando acabé Filología Hispánica me fui a París, viví allí una época, pero a mí lo que me tiraba era la literatura. Fui un buen guitarrista, pero me hubiera gustado ser Paco de Lucía. Ese es uno de esos sueños que no ha podido ser porque ya hubo uno que nació en Algeciras y ocupó ese sitio.
P.- Eso son sueños y lo demás tonterías...
R.- O Darwin, le admiro, me gusta mucho la naturaleza. Es otro sueño truncado (se ríe).
P.- Sueña alto, sueña alto, señor Landero...
R.- De soñar, que sea por todo lo alto, no tonterías. Son sueños imposibles. Pero también hay cosas más humildes que no he conseguido, pero pasa en todas las vidas y en todas las familias.
P.- ¿El balcón en invierno es el libro más emotivo que ha escrito?
R.- Quizás sí, por lo que me dicen los lectores. Más que nada por aquello de que es el reflejo de mi vida y lo he escrito con una especial emoción que no sé explicar.
P.- ¿Es un lamento o una reivindicación del paso del tiempo o de la memoria?
R.- No, no, lamento, no, pero sí es una reivindicación de una generación, la de mis padres, que fue oscura, abnegada, que trabajaron como cabrones después de la guerra, que renunciaron a sus proyectos de vida, que sufrieron la posguerra, que vivieron en unas condiciones difíciles, que trabajaron mucho para que sus hijos tuvieran una vida mejor que ellos, una generación que levantó este país con su trabajo anónimo y de la que nadie se acuerda. Y en algún momento de la novela me dio la impresión, no sé hasta qué punto, de que quería dejar testimonio de esa generación que sí es perdida, por lo malo que tuvieron y por lo bueno, que también hubo: celebraron la vida, se enamoraron, bailaron porque, a pesar de todo, la vida también era hermosa entonces, con la dictadura. Nazca uno en una dictadura o en la Guerra de los Cien Años tiene que buscarse la felicidad.
P.- Ahí está el azar, que es tan importante...
R.- Jo, que si es importante, es una ruleta, desde el principio, en esta tómbola de la vida, como decía la canción, estás predestinado a vivir ciertos años y luego está lo feliz que puedas ser, lo que llegues a conseguir según las oportunidades que la vida te dé... El componente del azar es muy importante, pero también la voluntad de cada cual para conseguir lo que quiere. Hay una parte de fatalidad y de azar y otra de voluntad y de creerse las cosas.
P.- Habla de la Feria del Libro como una fiesta de los libros, «tan arrinconados ahora». ¿Cada vez más o menos? ¿Los cambios que se avecinan servirán también para sacar de las tinieblas a la cultura?
R.- Pues no lo sé. Por un lado, soy pesimista, veo a la gente agilipollada con sus móviles, ensimismada en sus ordenadores, su televisión, y viviendo una vida superficial y banal, puerilizados, pero, por otro, también pienso que todos estos chirimbolos, este mundo de pantallas, es algo muy joven, que acaba de ocurrir, es como el juguete nuevo que nos echan los Reyes y todos sabemos que el hombre se cansa pronto de estos juguetes. Llegará un momento en el que se olvide de él y probablemente haya un renacimiento y un volver a formas de ocio de una mayor madurez y riqueza y un huir de esa puerilidad, pero será cuando el niño se canse de jugar.