Burgos / 14 Certamen Internacional de Coreografía Burgos-Nueva York
Noche de (re)encuentros
La fiesta de la danza arranca con resquicios para la crítica a la situación cultural y piropos para una cita que cual David ha vencido a Goliat

El coreógrafo húngaro Peter Agardi abrió la final de Danza Moderna en el Teatro Principal con ‘Absence’, que interpretó junto a la bailarina Diana Huertas.-Raúl Ochoa
No hay duda de que año tras año, y ya van catorce, el Certamen Internacional de Coreografía Burgos-Nueva York es una fiesta de la danza. Fueron las primeras palabras de su director, Alberto Estébanez, durante la apertura de esta nueva edición y hasta las letras que bailaron en la boca de la presentadora, Nieves Mateo, insistían en ese boicot a la parálisis y esas alharacas a las artes del movimiento, pero incluso ahí hay resquicio para la denuncia de la precaria situación que vive la cultura en España y ese aldabonazo de atención llegó del presidente del jurado, Iván Gil Ortega, que ha sufrido esa desidia.
El actual asistente de coreografía en el Ballet de la Ópera Estatal de Núremberg felicitó a «todo el mundo que hace capaz que un certamen como este aguante catorce años en España habiendo la situación que hay porque, seamos realistas, la cultura en este país no va muy bien».
Por eso, dijo, que le enorgullecía presidir su jurado y poder volver a su país veinte años después de haberlo abandonado «para ver que todavía en España hay gente que lucha por lo que realmente amamos que es la danza».
Fue breve en su discurso el que fuera bailarín del Het National Ballet de Ámsterdam y de la Deutsche Oper de Berlín y al vuelo cogió su exposición el concejal de Cultura, Fernando Gómez, en su intervención. Dirigió sus primeras líneas al bailarín: «Sí, has llegado a una ciudad que cree que en la cultura, que cree que es una base fundamental de su idiosincracia y su manera de entender la vida (...). Esta ciudad siempre va a tener la cultura como un elemento necesario». Amén.
Antes de que las banderas reivindicativas ondearan, el director de la cita puso una nota happy. «Los bailarines, como decía Nureyev, somos una especie que nace y muere en cada función. Prefiero, por tanto, hablaos de encuentros, de la posibilidad de seguir soñando y de hallar en el arte efímero del movimiento un mensaje de amor y encuentro entre culturas diferentes, entre religiones y pueblos diversos. Hagamos que este mensaje fluya en cada movimiento, que la danza sea portadora de la esencia infinita que alberga el ser humano para entenderse sin palabras, para abrazarse sin miedo, para perdonar con un simple gesto».
Y de eso saben mucho los miembros del jurado, bailarines, coreógrafos y demás parentela que mueve verano tras verano el Certamen de Coreografía. La camaradería, los abrazos y los besos que vuelan en el vestíbulo del Teatro Principal cada mes de julio antes del pistoletazo de salida convierten al Burgos-Nueva York en una cita de encuentro y reencuentros. Son muchas las caras conocidas en el patio de butacas, pero también las nuevas que se asoman a esta aventura en que, a juzgar por las palabras de los que vienen de fuera, se ha convertido esta iniciativa, de las pocas que se mantienen en pie en la geografía española.
Después de este tiempo para las palabras y los piropos, reivindicó su posición la danza y, como había ocurrido en los primeros minutos de esta gala de apertura, con la pieza Butterfly, el Ballet de Siena, dirigido por Marco Batti, también miembro del jurado, la cerró con la interpretación de Honor.
Hasta ahí el fair play. A orillas del Arlanzón han llegado los profesionales a competir. Callaron los hombres y dibujaron sueños, emociones y recuerdos los bailarines sobre el escenario en la primera final de Danza Moderna. A las relaciones humanas, a ese momento en el «que el tiempo deja de ser lineal para convertirse en un presente imperfecto» aludió Absence, la primera obra en escena.