BURGOS / Sonorama Ribera 18
Un festival que acaricia el cielo
La cita ribereña se despide satisfecha por superar un año más sus expectativas, feliz por volver a dibujar momentos mágicos de noche y de día y lograr la implicación de la ciudad y orgullosa de ser altavoz de reivindicaciones como el tren directo

Alrededor de 50.000 personas han pasado por el Sonorama durante los cuatro días que se ha alargado y lo han exprimido tanto de día como de noche.-Diego Santamaría
Al Sonorama Ribera ya no le para ni Dios. El cielo es suyo. El encuentro ribereño está desbocado y ni los antaño veinteañeros que lo crearon hace dieciocho años conocen ya dónde está su techo, cuál será la próxima pirueta con la que les sorprenderá este festival que mira siempre hacia adelante y que durante estos cuatro días ha atraído a las 50.000 personas previstas.
«Hemos superado las expectativas. Ya no es una cuestión numérica, sino de calidad. Estamos encantados de que la gente haya disfrutado dentro del recinto y haber cambiado la carpa por un escenario grande en el que las bandas emergentes se han sentido como cabezas de cartel», enumera de corrido el director del Sonorama, Javier Ajenjo, a punto de comenzar la última noche, presto a gozar con las canciones de viejos amigos como Ángel Stanich, Neuman, Carlos Jean, Xoel López, Vetusta Morla o Sidonie.
Estos últimos orquestaron uno de los dos momentos históricos que Ajenjo observa en esta decimoctava edición como fue el protagonizado por estos y otros artistas, clásicos del Sonorama, en el escenario de la plaza del Trigo ayer por la mañana. Se subieron todos a escena para versionar canciones de otros colegas. «Demuestra la buena salud que vive la música española», subraya quien considera que la plaza del Trigo ha batido récords y es ya un lugar de peregrinación como confirma que la gente vaya incluso cuando está vacía para hacerse fotos. «Es increíble. No nos cansamos de verlo por mucho que se repita año tras año. Es imposible no emocionarse cuando ves a miles y miles de personas cantando a la vez, disfrutando, con un ambiente único», se explaya en nombre de Art de Troya, la asociación que alumbró el encuentro.
El segundo momento para la historia se produjo el pasado jueves con el homenaje al fallecido Enrique Morente. Este guiño al flamenco con su hija Estrella como conductora puso el punto exótico al Sonorama Ribera 18 igual que Raphael lo hizo en el 17. «Fue mágico», ilustra.
Y para soñar sigue siendo la programación de día, que los sonorámicos exprimen como si no hubiera mañana y que marca la diferencia con el resto de citas del territorio nacional. Poco a poco se extiende más allá de ese triángulo irregular que forman la plaza del Trigo, la de la Sal y la del Rollo y este año ha alcanzado el barrio de Santa Catalina.
La plaza del Obispo Acosta ha vibrado con grupos como Elefantes y ha hecho bailar al público infantil sobre el pentagrama. Estas estampas dibujan sonrisas en los organizadores, pero aún es pronto para plantearse hasta dónde llegará el poder sonorámico.
«Queremos afianzar las cosas que vamos haciendo y en unas condiciones adecuadas. Hemos vivido muchos años de precariedad, de tener que imaginar e inventar, ahora tenemos la capacidad de mejorar y eso es lo importante ahora. Ese trato cercano con el artista y el reconocimiento de que no hay grupo pequeño, de que todo el mundo tiene su hueco en el Sonorama, que echamos de menos en otros festivales, es nuestra prioridad», expone el cabeza visible de la cita, quien cree que aquí todo el mundo tiene su público.
Incluso los que necesitan que les echen una mano. El Sonorama ha alcanzado la mayoría de edad y a su larga trayectoria solidaria -este año apoya a Leãozinho, un proyecto musical que busca apartar a los niños de Brasil de la exclusión- une la reivindicativa pidiendo el tren directo Madrid-Burgos. «El festival debe aportar su granito de arena. Somos una plataforma perfecta donde miles de jóvenes perciben que hay un espíritu diferente de hacer las cosas». Amén.