El Correo de Burgos

Entrevista a Juan Manuel de Prada

«Santa Teresa tiene mucho de caballero andante»

Sus veinte años de carrera comprenden una ópera prima resultona, ‘Coños’, relevantes premios como el Planeta (‘La tempestad’), el Nacional de Narrativa (‘La vida invisible’) o el de la Crítica de Castilla y León (‘El séptimo velo’)... y una última novela de intrigas: ‘El castillo de diamante’

Juan Manuel de Prada-

Juan Manuel de Prada-

Publicado por
A.S.R.
Burgos

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El viaje que Ana de Mendoza, princesa de Éboli, realiza a Sevilla para declarar contra Teresa de Jesús ante el Tribunal del Santo Oficio es el hilo del que Juan Manuel de Prada tira hacia atrás para relatar la tempestuosa relación que ambas mujeres mantuvieron en su época. Dos personajes de armas tomar que se las ven en El castillo de diamante, la nueva novela del autor de El séptimo velo, que se adentra en la España del siglo XVI para desentrañar el misterio de su rivalidad. De ello hablará mañana en el Palacio de la Isla (20 horas).

Pregunta- ¿Cuál fue la chispa que le llevó hasta estas dos mujeres?

Respuesta- Me llamó la atención la alusión misteriosa que hace Santa Teresa en el Libro de las fundaciones de su relación con la princesa y del convento que funda en Pastrana. Luego leyendo biografías sobre ella te das cuenta de que hubo mucho tomate, una incompatibilidad de caracteres que estalló y desató un drama.

P.- ¿Qué propició la denuncia de la princesa de Éboli?

R.- Sabemos que lo hizo, pero no existe ninguna prueba documental de sus declaraciones o denuncias ante el Tribunal. Desconocemos si porque se han perdido o porque la Inquisición decidió que en atención a la elevada alcurnia de la princesa era mejor que no constaran por escrito y quedasen secretas. Ese es el misterio de la novela. Se propone un fondo de envidia, o de celos o de encono por parte de la princesa al no poder tener la libertad de Teresa para hacer lo que quiere.

P.- ¿Hay también una suerte de despecho porque Santa Teresa rechaza su amistad?

R.- No es que Santa Teresa no quiera ser amiga de la princesa, simplemente es que esta se da cuenta de que ella lo que ha conseguido lo ha hecho gracias a romper con el mundo, a despojarse de todo tipo de servidumbres mundanas y ella es incapaz de dar ese paso. Aunque le gustaría llevar esa vida le tira más el poder, que le impide conseguir la plena libertad que Teresa sí alcanza en su pobreza.

P.- ¿Se puede hablar de ganadores y perdedores en esta batalla?

R.- Muchas veces los que parecen ganadores en realidad no lo son, quienes ganan en el campo de batalla luego pierden en los libros de historia. En el campo de batalla no ganó ninguna, pero sí perdió Santa Teresa, que decidió cerrar el convento de Pastrana, el único fracaso en toda su carrera como fundadora -creó 17 conventos, el último, en Burgos-. Pero el combate tampoco dejó inmune a la princesa de Éboli.

P.- Sin embargo desde la distancia parece que Santa Teresa venció la guerra de la Historia...

R.- La princesa también es conocida, aunque no como a ella le hubiese gustado. En el mejor de los casos lo es como una mujer desdichada y en el peor, como una pérfida. Aparte de arrastrar una serie de sambenitos que nada tienen que ver con ella como el de ser una puta o una mujer de muchos amantes. Es verdad que en los últimos años de su vida, su deriva fue a peor por culpa de su asociación con Antonio Pérez, el secretario de Felipe II, pero hasta que se quedó viuda llevó una vida bastante ordenada.

P.- Ambas mujeres son de armas tomar. ¿Cómo se las ve desde los centros políticos y religiosos?

R.- La princesa era esposa de Ruy Gómez, el príncipe de Éboli, cabecilla de una de las dos facciones que se disputaban el poder en la Corte de Felipe II y la gracia del rey, la otra era la que acaudillaba el duque de Alba, que odiaba al matrimonio y se dedicó a propagar muchos embustes y calumnias sobre ella. Había una parte de la Corte que tenía a la princesa encumbrada y otra que la odiaba y cuando cae en desgracia vivirá absolutamente recluida en su palacio de Pastrana, ignorada y despreciada por toda la Corte.

P.- ¿Y cómo miraba la Iglesia a una monja tan poco común?

R.- Es verdad que hubo sectores eclesiásticos que la trataron de destruir y procuraron hacerle daño, pero eran los más mediocres porque las grandes personalidades como San Francisco de Borja, San Pedro de Alcántara o el dominico Domingo Báñez fueron grandes mentores de Santa Teresa. Y en contra de lo que cuenta la leyenda, la Inquisición fue teresiana aunque le tuvo que abrir una investigación porque recibió muchas denuncias contra ella, pero en el curso del proceso se ve que desean beneficiarla y exonerarla de toda culpa. Su posición es difícil, pero muchos de los que empezaron oponiéndose como el obispo de Sevilla terminaron admirándola y las trabas tornaron en facilidades.

P.- A una y otra las une su lucha por lo que creen. ¿Son un espejo en el que mirarse en la actualidad?

R.- Sin duda, para la actualidad y para cualquier época. Desgraciadamente, este tipo humano cada vez se da menos en un mundo que bajo una apariencia de mayor libertad es una de las épocas más gregarias que ha conocido la humanidad, donde para poder triunfar, ser escuchado e incluso ser considerado tienes que apuntarte al rebaño. En este sentido ambas son un ejemplo de independencia, de libertad de juicio, de capacidad para llevar a cabo un proyecto contra viento y marea y a veces en soledad.

P.- ¿Qué dos mujeres de la actualidad podrán dar el mismo juego que Ana de Mendoza y Teresa de Jesús a un escritor dentro de cien o trescientos años?

R.- Desgraciadamente, mujeres así no las hay. Si vamos al ámbito de la política, el de la princesa de Éboli, las mujeres que nos encontramos lo que son lo son en las estructuras de un partido político, mientras esta siempre fue muy por libre, nunca le gustó estar bajo las directrices de un líder y mucho menos tener que aceptar un programa que no era el suyo. Y en el ámbito eclesiástico evidentemente no existen mujeres con la brillantez y gracia de Santa Teresa. Las monjas que hoy en día son célebres, las Caram o Forcades, son la antítesis. Frente a una Santa Teresa empeñada en morir hija de la Iglesia, estas lo están de vivir hijas de la televisión. Nuestro tiempo no favorece personalidades tan únicas y excepcionales como la de Santa Teresa y la princesa de Éboli. Es un disparate llamarles mujeres avanzadas a su época porque en esta no habrían existido, fue aquella la que permitió que afloraran.

P.- ¿Cuáles son los ingredientes de una novela de caballerías a lo divino, como se ha definido El castillo de diamante?

R.- En un pasaje del Libro de la vida Santa Teresa reconoce que ella había sido una voraz lectora de libros de caballerías y si nos fijamos en su vida, sobre todo sus últimos veinte años, desde el momento en que decide reformar la orden carmelita con 47 años hasta su muerte, se ve que tiene mucho que ver con el ideal caballeresco: se lanza a los caminos a lomos de una mula, va fundando conventos, va socorriendo a doncellas, en esos viajes tan largos con frecuencia le toca dormir en ventas y posadas como a don Quijote... Hay una serie de rasgos que la emparentan con los caballeros andantes y muy especialmente con don Quijote. Ese espíritu está en la novela, con constantes alusiones al género y citas a libros famosos, desde el Amadís de Gaula hasta el Palmerín de Inglaterra y sobre todo guiños a El Quijote.

P.- También a Valle Inclán...

R.- Hay muchos guiños a nuestra tradición literaria. Más allá de que el asunto que trata es dramático, la novela tiene un tono burlesco y humorístico que rinde homenaje al esperpento de Valle Inclán.

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