Cuando los ‘chicos duros’ salen de vermú...
El tercer aniversario de la Asociación Burgos Heavy Metal implica a gente de todas las edades en una fiesta con música, arte y más

El grupo burgalés Silench Crew realizó uno de los acústicos de la mañana, seguido desde dentro y desde fuera.-Raúl Ochoa
La típica imagen del heavy con sus greñas al viento, sus pantalones pitillo, la chupa de cuero y un entre macarra y seductor andar de vaquero del Oeste pasó a la historia. Quedan lejos los años en los que esta estética estaba de moda, aunque aún haya nostálgicos que miman su larga cabellera como si en ello les fuera la vida. Los y las heavys de ahora lo mismo peinan canas que llevan un vestido de Pedro del Hierro. El atuendo es lo de menos. Ser heavy es una forma de vida difícil de describir que va más allá de la pasión por la música de este estilo. Ni los que abrazan su credo saben ponerle palabras. No hacían falta ayer. Bastaba con observar el ambiente creado en el Carabás a la hora del vermú en la primera parada de la fiesta del tercer aniversario de la Asociación Burgos Heavy Metal -la segunda llegaría con la luna en Estudio 27 con el concierto de Silver Fist, Overloud y Dalle-.
Al filo de la una, la celebración ya no había quien la parara. Mientras los señores mayores que llegaban del paseo o salían de misa se quedaban maravillados con las harley aparcadas, algunos de sus dueños apuraban la cerveza en las puertas del bar, los músicos de Dinasty concluían su concierto sudorosos y salían a tomar aire a la calle, que olía más a septiembre que a diciembre, y dentro Sebastián Velasco no retiraba su mirada del lienzo.
Una vez dentro -misión difícil de conseguir-, el pintor, que ha expuesto en Alemania, Estados Unidos o Gran Bretaña y ganó el último Premio AXA, confesaba hacer un guiño a su adolescencia al tiempo que miraba inquieto el reloj. Dudaba si le daría tiempo a terminar la escena elegida: el bajista de Iron Maiden envuelto por el logo de la asociación.
Mientras los músicos de Silench Crew -el presidente, David Herrera, entre ellos- afinaban instrumentos y comenzaba otro de los acústicos de la mañana, los heavys daban cuenta del vino blanco y canapés que recorrían el bar sin tregua y hacían gala del buen rollo marca de la casa. Ajenos a ese trajín, pintaban los niños que, quién sabe, algún día tomarán el relevo de sus padres. Beatriz Calleja pasó con ellos toda la mañana. Pequeños de distintas edades coloreaban a los músicos en el papel, mientras los de verdad hacían menos ruido del esperado en un concierto heavy. Cosas del acústico. Y allí seguía la fiesta sin conseguir poner palabras a esto del heavy, aunque algunos lo intentaran. «Los jevis somos muy buenas personas con nuestro corazoncito infantil». Dicho queda.