Exposición
Serena mirada a la realidad
Carmen Cuesta vuelve a las salas burgalesas después de diez años con pintura y grabado

Carmen Cuesta, junto a una de las espirales de la muestra que más está llamando la atención.-Raúl Ochoa
Carmen Cuesta observa la realidad de una manera serena, que no significa que lo haga al margen de ella. Las emociones del ahora dictan sus pinturas. Sin estridencias. Con persistencia. El reflejo de la luz del sol en el mar durante un atardecer y el consiguiente baile de verdes y azules sobre el agua, el eco de las recientes Elecciones Generales y el incierto movimiento de sillones en el poder, la naturalidad de la silla en la que se sienta a comer cada día... Estos chispazos cotidianos accionan el resorte de la artista, que los lleva al lienzo desde una mirada en calma. Una selección de esas obras se exponen hasta el 6 de enero en el Consulado del Mar en el que es su regreso a las salas burgalesas -sí ha estado en Madrid y Málaga- después de diez años de ausencia, a excepción de su participación en algunas colectivas.
La serenidad domina esta muestra. Tanto en las pinturas, disciplina con la que se relaciona a Carmen Cuesta, como en los grabados, que realiza desde hace doce años con distintas técnicas -plancha perdida, monotipo, punta seca, aguatinta, aguafuerte...- y enseña por primera vez al público. Versos de sus poetas favoritos -léase Günter Grass, Jaime Augusto Shelley o Pedro Salinas- trufan toda la colección y alimentan ese tono general de paz que se mece en el mar, gira sobre sí mismo en la serie de espirales, se pierde en un botón abstracto y se asienta en las sillas del día a día de la pintora.
Aquella noche el mar no tuvo sueño. / Cansado de contar, / siempre de contar a tantas olas, / quiso vivir hacia lo lejos / donde supiera alguien de su color amargo.
Coge prestados estos versos a Luis Cernuda para abandonarse a las aguas saladas. «Me produce sensaciones de serenidad y tranquilidad. Mi mar no es nada agresivo, me gustan los reflejos que hacen la arena y el sol cuando se mete en la playa, sobre todo al atardecer, con esos azules verdosos mágicos», se moja los pies la autora antes de balancearse en la memoria y dejarse enredar por las espirales.
Hacen estas un guiño a los primeros garabatos de la infancia, pero también se insinúan con múltiples lecturas simbólicas: Falta, en el desorden, una palabra, falta una voz, y otra, y otra más...
Esa mirada sosegada se aúpa finalmente a un elemento tan cotidiano como las sillas que la rodean. La que está junto al escritorio, las de su estudio de Villamiel de la Sierra, la de la pintora Amparo Castellanos, con la que comparte estudio en la capital -La silla de Amparo, brilla sola-...
Carmen Cuesta reconoce que su pintura ha cambiado. Si no, dice, se aburre. Necesita escudriñar nuevos caminos. Exprimir el presente sin nostalgias. Interpretar con el pincel o con el tórculo la realidad que ve. Su obra puede ser más o menos figurativa, más o menos abstracta, pero nunca una copia. La eterna búsqueda del alquimista.