El Correo de Burgos

PUBLICACIÓN / TESTIMONIO

"Navazo es mi ídolo"

Siegfried Meir, el niño adoptado en Mauthausen por el futbolista nacido en Hinojar del Rey, publica su autobiografía, ‘Mi resiliencia’

Siegfried Meir, en una imagen de 2013, sujeta una foto con Navazo en Ibiza.-ICAL

Siegfried Meir, en una imagen de 2013, sujeta una foto con Navazo en Ibiza.-ICAL

Publicado por
A.S.R.
Burgos

Creado:

Actualizado:

Saturnino Navazo no llegó a sentir la presión de un estadio de fútbol hambriento de goles. No levantó ninguna copa ni escuchó corear su nombre antes de saltar al césped. Pero sí fue una estrella. «Navazo es mi ídolo», suelta Siegfried Meir con una pasión similar a la que cualquier forofo del Madrid o del Barça hablan de Ronaldo o de Messi. Pero Siegfried Meir no idolatra el juego de este futbolista al que las bombas de la Guerra Civil truncaron su carrera. Adora su bondad, su valentía para proteger a un niño en el campo de concentración deMauthausen, su coraje para hacerse cargo de él a pesar de la incertidumbre en torno a su propio futuro, su presencia constante aun en la distancia, su apoyo incondicional...

Siegfried Meir es el niño judío de ojos azules y pelo rubio que encontró su luz en el infierno en la mirada del futbolista burgalés y ahora cuenta su vida en Mi resiliencia (EdicionesB). Espera que el libro pueda servir a personas que han tenido la misma infancia difícil que él, «no necesariamente por un campo de concentración, sino por haber sufrido un trauma».

«Mi resiliencia es como encontrar una persona que te ayuda, que te hace entender que la vida vale la pena. Para mí ha sido Navazo. He tenido la suerte de encontrar en mi vida al hombre que yo elegí para ser mi padre. A mí me cambió mi vida», apunta al otro lado del teléfono un sábado por la tarde desde Ibiza, donde ha aterrizado tras intensas jornadas de promoción en Madrid, con una entrevista detrás de otra, en las que ha repetido una y otra vez cómo fue aquel primer encuentro con Saturnino Navazo en Mauthausen cuando tenía 10 años. No le importa recordarlo una vez más.

«Es un momento de emoción muy grande. Yo venía de Auschwitz. Él no sabía lo que se esperaba de él cuando un nazi le dijo ‘este niño es tu responsabilidad’ y yo tampoco entendía nada cuando ese animal me dijo ‘te voy a confiar a la barraca de los españoles’. En Auschwitz no había españoles, pensaba que me engañaba, pero cuando he visto a Navazo, esa sonrisa, esa cara de buena persona, enseguida me he sentido en confianza», resume Meir sorprendido aún por su propia fe en aquel momento. «Fue una orden de un nazi que lógicamente tenía que ser para ejecutar, pero se transformó en un cariño inmediato, una atención constante».

Aquella orden creó un vínculo entre ambos que no se rompió ni dentro ni fuera del campo de concentración.

Dentro: «Yo le seguía a todas partes. Era como un perrito a su lado. Iba a pelar patatas a la cocina con él, cuando tenía fútbol le llevaba las botas, le hacía masajes antes de jugar... Me identifiqué enseguida como hijo de Navazo», dice Meir que, además, en ese momento odiaba a su padre biológico.

«Consideraba que me había engañado. Cuando estábamos en Alemania y no podía jugar con los otros niños ni ir a comprar a la tienda de al lado, él me decía ‘no te preocupes que nosotros somos el pueblo elegido de Dios y él nos protege’. Cuando te machacan con esta frase todo el tiempo y llegas a un campo como el de Auschwitz y ves lo que pasa, dices ‘me ha engañado’. Y yo le culpaba por estar allí, cuando los culpables eran los nazis. Y cuando encontré a Navazo, que era la bondad misma, yo quería que mi padre fuera él».

Y lo consiguió.

Tras la liberación del campo el 5 de mayo de 1945, no sabe cómo porque «Navazo no tenía oficio, solo sabía jugar al fútbol y era complicado cargar con un niño que no era fácil», le convenció para que le llevara con él. Fue feliz cuando le escuchó decir ‘cuando te pregunten, te llamas Luis Navazo, has nacido en Madrid, calle don Quijote, 43, Cuatro Caminos’.

«Se me quedará hasta mi final. Funcionó. Los norteamericanos tampoco lo miraban mucho y así salimos del campo y así me quedé con él».

Se dirigieron a Francia y se asentaron en Revel. Saturnino tenía 31 años. Siegfried, 11. Vivieron juntos hasta que una mujer se cruzó en el camino del futbolista. «No tenía sentimiento hacia mí, todo lo contrario, era muy mala persona, no estaba a gusto y, aunque yo he sentido que a él le molestaba, no podía pelearse con su mujer por mí».

Meir no quería seguir estudiando. Se trasladó a Toulouse a aprender un oficio. Pero los fines de semana volvía a la casa de su padre.

Mientras Saturnino trabajaba como ebanista en Revel, mantenía su activismo político, se vestía de corto para jugar con la Union Sportive Revenoise -ganó la copa regional tres años consecutivos-, Luis volvió a llamarse Siegfried por exigencias burocráticas, entró a trabajar en un taller de confección, se convirtió en cantante, se enamoró de Ibiza y montó varios negocios allí, se introdujo en el mundo de la escultura...

«Nunca ha habido una ruptura. El vínculo jamás se rompió. Siempre ha sido muy fuerte y hasta el final. No vivía ya con él pero no era necesario. Cada vez que yo tenía una pregunta, una duda, siempre estaba disponible para mí. Era una relación excepcional. Si viviese seguiríamos viéndonos como antes».

¿Se ha preguntado qué pensaría Navazo de esta autobiografía?

«No porque no soy místico. Alguien me preguntó una vez qué haría si Navazo estuviera a mi lado y casi me pongo a llorar. Yo siempre lo he considerado un motor, quería que él estuviera orgulloso de mí, que pensara que había valido la pena lo que hizo. Cada vez que hacía algo, en mi época de cantante, en mis negocios en Ibiza, siempre pensaba en si le iba a gustar, si va a estar feliz. Y este libro, igual. Eso es lo importante para mí», responde.

Tan fuerte fue el lazo, tan importante ese motor para su vida que, recuerda, cuando Navazo falleció en 1986 tuvo una depresión. Dejó morir sus negocios, no le importaba nada.

«Ya no tenía nada que probar a nadie. Es como si hubiera hecho las cosas para un público. Mi obsesión era que él se diera cuenta de que lo que había hecho había sido fabuloso y había valido la pena», reitera más consciente que nunca con el paso de los años del gesto de aquel futbolista que a punto estuvo de fichar por el Betis Balompié.

«Me daba cuenta del sacrificio del coraje que tuvo y aumentó aún más mi adoración. Para mí es mi ídolo. No sé si un niño habitualmente con un padre biológico tiene este tipo de relación tan exagerada, tan idolatrada, pero fui feliz con él. Si tengo que dar el ideal de padre es él», resalta este octogenario que nunca pisó tierras castellanas con Navazo, que asegura que en su relación con él nada se quedó en el tintero, que recuerda feliz los gustos sencillos del hombre que eligió como padre.

«Su única pasión era el fútbol. Cuando yo vivía en París le hacía venir cada año a la final de la Copa de Francia, la equivalente a la Copa del Rey, y pasábamos una semana juntos. Su manera de vivir era sencilla, no era un intelectual, era una persona normal, muy, muy, muy, muy buena», traza Siegfried Meir y, tras un silencio, observa: «Es curioso porque no éramos habladores, teníamos muy poca conversación, las cosas que hablábamos eran muy simples».

Y rememora aquellas tardes de verano en Ibiza en las que Navazo paseaba por su jardín y se detenía frente a un almendro. Cogía el bastón y «tumbaba» las almendras. «Las tostábamos, tomábamos un aperitivo y estábamos mirándonos sin decir nada. Y él siempre me decía: ‘Te das cuenta, estamos aquí’. Con eso lo decía todo». Y quién necesitaba más palabras.

tracking