El Correo de Burgos

Exposición

El artista que tenía un pasado

Francisco Ortega rescata del desván carboncillos, acuarelas y aguadas de los años setenta y primeros ochenta en ‘La base y la potencia’, que se completa con una colección de esculturas de esta época que recoge su producción más desconocida. En el CAB hasta el 24 de abril

Francisco Ortega, junto a una de las esculturas de los años setenta de compromiso político que integran ‘La base y la potencia’.-Santi Otero

Francisco Ortega, junto a una de las esculturas de los años setenta de compromiso político que integran ‘La base y la potencia’.-Santi Otero

Publicado por
A.S.R.
Burgos

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A Francisco Ortega (Quintanilla Sobresierra, Burgos, 1942) le identifican sus esculturas de bronce con la figura humana como protagonista y sus sugerentes dibujos de desnudos, pero hubo una época en la que el artista burgalés aún no peinaba canas, en la que no dominaba las curvas femeninas y desconocía su destino. A esa etapa, a la de los años de activismo social en el barrio de Hortaleza de Madrid, de trabajos de clase con modelos de carne y hueso y largos paseos con la mochila al hombro por su pueblo, se centra la exposición La base y la potencia, que retrata al Francisco Ortega más desconocido en el Centro de Arte Caja de Burgos (CAB) hasta el 24 de abril.Él confiesa que este proyecto ha sido un viaje en el tiempo.«Me ha hecho recordar y revivir cosas ya olvidadas», dice y fija la mirada en esos dibujos antiguos, durmiendo el sueño de los justos en cajones como podían haber sido reducidos a ceniza hace tiempo, «que están ahí por casualidad, muchos los he tirado», pero que Emilio Navarro, exdirector del CAB y comisario de la exposición, ha quitado el polvo y devuelto una luz especial. «Algunos habían estado colgados en paredes de estudio, están manchados de escayola, otros son trabajos de clase que no sabías si meter en la maleta cuando venías en verano a casa o dejarlos por ahí», comenta el artista que después del montaje ha descubierto en el desván del pueblo una maleta con medio centenar de obras.Cada dibujo es un recuerdo. Una vista de la Catedral desde San Esteban son felices años vividos en este barrio; una playa de aguas tranquilas, vacaciones con su mujer a orillas del mar; y las acuarelas de cielos plomizos y verdes veredas, los largos paseos por su pueblo, los días en los que metía los bártulos en la mochila y se traía un recuerdo, un rincón o un efecto de luz. «Al campo había que ir a hacer algo, mi padre iba a pescar cangrejos, buscar setas o a por la vaca que se le había escapado, pero no te podías permitir el lujo de pasear por pasear», evoca así a un progenitor que ocupa un lugar especial en esta muestra.Una escultura suya, «sobradamente conocida, que me acompaña a todas partes, que está en la entrada de mi estudio», y un conjunto de carboncillos realizados en el hospital, a los pies de su cama, en las horas previas a su muerte, hallados en ese brujuleo por el pasado, son la licencia que confiesa haberse tomado en esta propuesta.Estos recuerdos tan personales tornan en discurso creativo en boca del director de arte de la Fundación Caja de Burgos, Javier del Campo, que identifica en los dibujos el «auténtico soporte» de esta exposición.«Los anteriores a que el propio Francisco Ortega se sintiera escultor son dibujos de la forma, que paso a paso han ido dando lugar a otros muy distintos, donde la forma está ausente, no hay apenas figura, pero sí espacios, cosa que no existe en su escultura de volumen, con colores, ácidos, un punto estridentes. Es en estos dibujos cuando nos encontramos con un nuevo Paco Ortega, más próximo a conceptos con mucho predicamento en los pronunciamientos artísticos del dibujo contemporáneo y también al dibujo del territorio, más apegado a lo inmediato, ajeno a lo simbólico y cercano a la emoción que suscita el mero hecho de crear, plasmar, construir la obra, una suerte de hermoso combate entre la mirada y el papel», relata después de advertir como la selección hecha en La base y la potencia descubre a un nuevo autor.Ese desconocido Paco Ortega es el de los dibujos previos a reconocerse como escultor, el que cultiva una etapa «con una escultura de compromiso, con contenido, con argumento, con relato político, que habla de gente, de sucesos que estaban aconteciendo en la España de los años setenta», el que también «se fija en la gente corriente, en la vida diaria» y, cómo no, el que preludia al artista que es hoy.

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