El Correo de Burgos

Danza

La vida desde unas zapatillas de puntas

Diez alumnos de 5º y 6º de Clásico miran el pasado, presente y futuro de su sueño por convertirse en profesionales

Las parejas, de i. a d. están formadas por Arturo Pérez y Ana Torrequebrada, Beatriz Gijón e Imanol López, William Castro y Eider Romero, Pablo Campo y Daniela Castro y Daniel Sedano y Jimena Martínez.-Raúl Ochoa

Las parejas, de i. a d. están formadas por Arturo Pérez y Ana Torrequebrada, Beatriz Gijón e Imanol López, William Castro y Eider Romero, Pablo Campo y Daniela Castro y Daniel Sedano y Jimena Martínez.-Raúl Ochoa

Publicado por
A.S.R.
Burgos

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Son las diez de la mañana y la Escuela de Danza lleva más de una hora desperezada. Sus alumnos y profesores madrugan. El sudor ya perla algunos hombros y obliga a retocar el rímel y los pelos de algún moño se declaran en rebeldía. Gajes del oficio. La jornada acaba de comenzar. Beatriz Gijón, Arturo Pérez, Pablo Campo, William Castro, Daniel Sedano, Jimena Martínez, Daniela Castro, Ana Torrequebrada, Eider Romero e Imanol López la afrontan con alegría. Los diez han decidido observar la vida subidos a unas zapatillas de puntas.Son alumnos de 5º y 6º de Clásico. Estos días preparan, con la dirección de la profesora Ana Barca, su participación conjunta en la gala del décimo aniversario, a celebrar el viernes 29 de abril, Día Internacional de la Danza, en el Fórum.La trayectoria de cada uno es distinta. Unos escucharon los cantos de sirena cuando apenas levantaban un palmo del suelo, a otros los llegó su eco cuando ya tenían barba. Unos se saben afortunados por contar en su ciudad con un centro donde construir su sueño, otros tuvieron que dejar el nido cuando aún eran niños. Todos han encontrado la complicidad de sus padres, aunque a la mayoría les han instado a trazar un plan b. Unos han sufrido las consecuencias de una sociedad que no logra borrar los prejuicios sobre los chicos que prefieren las mallas al balón, otros han llegado hasta la barra entre señales de admiración...Pero el camino de los diez se cruza en un punto. En el deseo por bailar en una compañía o enseñar a otros a alcanzarlo desde la docencia. Saben que probablemente se tendrán que ir fuera. La danza en España, advierten, no ha alcanzado la madurez necesaria. Saben también que será un camino difícil por la competencia que hay. Pero la lucha tiene pocos secretos para ellos.De pelear sabe mucho Eider Romero. Natural de Hondarribia (Guipúzcoa), a los 13 años hizo las maletas para perseguir su sueño en Vitoria. «Mi madre me dejó ir porque pensó que en una semana estaría de vuelta. Y aquí sigo». La barra de baile pudo más que los mimos de mamá. Tres años después se trasladó a Burgos, por recomendación de una amiga, «para probar diferentes formas de trabajo». Antes de ponerse el tutú, una lesión mal diagnosticada truncó su camino. Ahora, totalmente recuperada, piensa que ese parón la hizo más fuerte. Pero reconoce que la frustración fue grande, «sobre todo cuando no sabían qué era, pero la fortaleza está en la cabeza».Ahora está en el último curso. No se ha parado a pensar cuál es su sitio. Aparecerá. Si es dentro de España, bien. Si es fuera, ella ya sabe lo que es dejar todo atrás.También tuvo que aprender a luchar Daniel Sedano. Desde que a los cinco años empezó a bailar y decidió que él quería calzarse las zapatillas de puntas en vez de las botas de tacos, tuvo que aguantar las chanzas de sus compañeros de colegio. Con los años, reconoce, ese acoso se supera. Dijo tururú al qué dirán y se entregó a su pasión.«De pequeño me divertía mucho y después te engancha y no puedes dejarlo», anota Daniel, que entró hace nueve años en la Escuela de Danza, con 10 años, y compagina el ballet con sus estudios de Filología Inglesa por la Uned. Unos conocimientos que le vendrán muy bien cuando tenga que hacer el equipaje a otros países.El que ya tiene su billete de avión es William Castro. Volará en julio a Londres para hacer un curso con el Royal Ballet y hará una audición para entrar en su escuela.La dedicación al baile de este joven nacido en Cuba era irremediable. Sus padres son bailarines y la danza era una más en la mesa. Al principio fue reticente. Se rebeló contra lo establecido. Prefería el fútbol. «Al final esa cultura te cala y acabas intentándolo. Es una forma de expresión que crea adicción», señala quien hace un mes ganó el Concurso de Ballet Ciudad de Torrelavega en Juvenil. «Fue una experiencia gratificante. Se aprende mucho y te motiva para seguir trabajando».El mismo camino tenía marcado su hermana, Daniela Castro. Igualmente se rebeló. «Cuando era pequeña decía ‘mamá, no quiero bailar’, pero bailaba, y después de estar un año sin hacerlo lo retomé». ¿Qué le da para volver a ella? «Es difícil de explicar. Para mí es una forma de liberación, de sentirme bien conmigo misma», responde esta joven de 20 años que, aunque está en 6º de Clásico, corteja al Neoclásico y sería la persona más feliz del mundo si entrara en el Netherlands Dance Theater.Burgos es un imán para bailarines que no tienen en sus ciudades la opción de acceder a un título profesional. Le pasó a Imanol López (20 años), que hace tres años hizo las maletas desde Pamplona.

En sus calles hizo sus pinitos en funky. Su madre vio que valía y que debía explotar esas capacidades. ¿Sacrificios? Apenas se le ocurre el haber dejado atrás su casa. Ninguno más. Nadie le vio nunca como un bicho raro por entregarse a la danza. Y como todos sueña con entrar en una compañía. En su caso en una en concreto, el Ballet de Biarritz, y trabajar con Thierry Malandain. «No lo veo imposible».Veinteañero y de fuera es también Pablo Campo, un cántabro con las ideas muy claras. Quizás porque irrumpió en el baile cuando ya se afeitaba. Las danzas urbanas le embrujaron con 15 años. Tres años después se metió en Clásico. A los 21 llegó a Burgos. Ahora tiene 24 y sabe que quiere ser profesor.«Hice Magisterio y me apasiona el mundo de la docencia. Creo que puedo llegar a ser un buen profesor», dice Pablo, que tuvo que convencer a sus padres de que su proyecto de vida era tan serio como las oposiciones que querían que estudiara.Tardío fue también el flechazo de Arturo Pérez. Estudiaba Violín en el Conservatorio de Música, que comparte edificio con Danza, y le gustaba colarse en las clases de sus compañeros. Hizo la prueba con 14 años. La pasó. Y no tuvo empacho en dejar la música por el baile. No tenía tiempo para los dos.En el lado opuesto se encuentra Ana Torrequebrada. A los tres años ya estaba con sus vestidos de faralaes y sus tacones en una academia privada. «Era muy folclórica», apunta. A los ocho entró en el Conservatorio. «Solo quiero bailar y vivir de ello. Es mi pasión. No me gusta nada más», suelta exultante esta bailarina que, a instancias paternas y tocando madera para espantar lesiones, estudiará otra carrera. «No sé cuál porque no me gusta nada más», ríe.Beatriz Gijón, ganadora del Concurso de Ballet Ciudad de Torrelavega -«es muy gratificante ver que tu trabajo tiene una recompensa»-, quiere ser bailarina. Lo sabe desde que su madre la apuntó a clases de danza en Coimbra (Portugal). Cuando hace seis años vino a Burgos no se pensó dos veces hacer la prueba de acceso. Entró con 13 años y está a punto de terminar.No habla de sacrificios ni renuncias. La danza es su vida. No siente que se haya perdido nada mientras pasaba horas y horas en la barra. «Aunque a veces sí pienso cómo hubiera sido mi vida sin estar aquí», sugiere esta joven que compagina esta carrera con la de Matemáticas, que cursa a distancia.«Soy una persona muy racional y me gustan los opuestos. Me sirve para evadir la mente», explica convencida, sin embargo, que antes de bailar con los números quiere hacerlo en los escenarios.

Ya ha hecho algunas audiciones y sabe que alcanzar la meta será una tarea ardua. «Hay mucha gente y muy buena. Tienes que coger la maleta y dejarlo todo para conseguir tu sueño. Y eso también es muy duro», observa y anima a emprender estos estudios, pero advierte a quien lo haga que el sacrificio es grande.La que alienta a cualquiera a cruzar la puerta de la Escuela de Danza es Jimena Martínez. «Es una profesión dura. Te exige un trabajo diario y ser muy constante, pero te da muchas satisfacciones personales», expone esta adolescente que en agosto cumplirá 19 años y fue una de las alumnas en estrenar las instalaciones de la calle Gonzalo de Berceo.Llegó a las pruebas de selección desde su colegio, el Concepcionistas. La profesora que impartía baile como actividad extraescolar vio en la nueva Escuela de Danza una oportunidad para sus alumnas. Y alguna sí supo aprovecharla. No es original al hablar de metas. Sueña con entrar en una compañía. Y, como el resto, en esa dirección camina, con zapatillas de puntas.

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