Un festival para urbanitas
Música en directo, bailes improvisados y programados, talleres infantiles, encuentro de bicicletas clásicas, zona gastronómica... El Hangar torna en fiesta

Desvarietés Orquestina animó la terraza a la hora del vermú y sacó a la pista a muchos de los asistentes.-Raúl Ochoa
«¡En Burgos quien se aburre es porque quiere!». Soltó esta frase lapidaria un joven padre al tiempo que aupaba a un niño a sus hombros y le conminaba a darse prisa. Que la abuela espera con la mesa puesta. No la podía decir que la dejaba con la ensaladilla rusa y el pollo asado encima del mantel, pero con ganas se quedaba. No era para menos. Al filo de la una y media del mediodía, la estampa del exterior de El Hangar era un imán que invitaba a tirarse en el césped con un pincho de morro y otro de morcilla, a dejarse besar por el sol, a lanzarse a la pista con un swing al ritmo de la música de la Desvarietés Orquestina, a retratarse con el apuesto dueño, con su chistera y su chaleco, de un velocípedo del siglo XIX en la concentración de bicicletas clásicas...Todas estas posibilidades y más ha brindado este fin de semana el Festival Hangar, que, con toda una tarde aún por delante, ya podía catalogarse de éxito y así lo hacía su artífice, Elisa Sanz, que no quitaba ojo a su hija, una de las participantes en el taller de baile griego.Y es que este encuentro está ideado para que todas las edades puedan acercarse a él.Lo hicieron los jóvenes el día anterior con un concurso de murales con la música como leitmotiv, expuestos en el exterior del edificio durante toda la jornada de ayer antes de entregar los premios.
Pero también los más talluditos encontraron su hueco. Aunque el sol no calentaba como para estar a las puertas del verano, un par de amigas con edad para ser abuelas pero sin serlo respiraban aliviadas en el interior del Centro de Creación Musical. Pronto se les hicieron los ojos chiribitas ante tanta fruslería como allí había, aunque alguna cosa, por su valor, no mereciera esta palabra.
La edición especial del Hangar Market se sumó a la fiesta. Vinilos, cintas casetes, ropa de segunda mano, artesanía, álbumes de cromos... hasta el clásico calendario zaragozano con su frailón hombre del tiempo se podía comprar.Aunque sin duda, a esa hora, la más concurrida era la zona gastronómica. Los más castizos se limpiaron la morriña del Parral recién pasado con unos pinchos de chorizo bien regados, mientras que los más modernos se decantaban por una porción de pizza o un perrito. Allí cada uno encontraba su lugar. Y quedaba mucha tarde por delante.