Exposición en el Arco de Santa María
Soledad y erotismo en piedra
Francisco Ortega se recrea en la figura humana en una colección de 22 esculturas de talla directa acompañadas por sus bocetos

Francisco Ortega, junto a una de las esculturas de 'Ser de piedra'.-Raúl Ochoa
El hombre musculoso que hunde su cabeza en los pechos de una mujer sin miedo a sus curvas, que lo cobija en su seno con ternura, frente a ese pensador que se inclina sobre su propio cuerpo ensimismado. La pareja desnuda que se abraza y entrelaza sus figuras desnudas en un escorzo imposible frente a esa chica que se tumba desmadejada sin querer saber de nada. La soledad y el erotismo se combinan en Ser de piedra, una colección de 22 esculturas de pequeño formato con la que Francisco Ortega (Quintanilla Sobresierra, Burgos, 1942) vuelve al Arco de Santa María, donde permanecerá hasta el 27 de noviembre.Todo comenzó, cuenta el autor minutos antes de sincerarse con un grupo de alumnos del Colegio Campolara, como una broma. Hacía tiempo que no trabajaba la piedra rosa de Sepúlveda. Desde sus años en la Escuela de Bellas Artes de Madrid. Empezó a hacer una escultura y le gustó. Este material, extraído de las canteras cercanas a las Hoces del Duratón, es cómodo. Tiene menos nobleza que la piedra de Hontoria, pero su color, en sintonía con el del cuerpo humano, sedujo al viejo artista que con cada pieza desvela nuevos secretos del desnudo. Ya son pocos los que se le escapan. Su representación es constante en toda su producción creativa.«Me centro en la pareja humana, el hombre y la mujer, el amor, un poco de erotismo, el cariño, la fusión de dos cuerpos, pero también en las figuras individuales con las que quiero expresar todo lo contrario, la soledad. Surgen de la piedra como lo hacemos de la tierra, la fusión del hombre con la naturaleza, el ir y devenir de la humanidad», explica Ortega al tiempo que observa algunas de las curiosidades de Ser de piedra como esa obra que lleva a una pareja en moto, un guiño nostálgico a una serie que elaboró en bronce en los años ochenta, o la titulada La oveja negra, la única realizada en piedra de Calatorao, canteras zaragozanas próximas a La Almunia de Doña Godina, que se desmarca del resto por su color y que, advierte el autor, lleva mucho trabajo sobre todo por el pulido.Es Francisco Ortega un artista meticuloso, que toca la piedra, que la mima, que la siente y la trabaja de principio a fin. Apenas se permite usar la rotaflex cuando el trozo de estructura pétrea a desechar es grande. Pero hasta ahí. «El ruido de la herramienta eléctrica perturba el pensamiento. La talla directa te pide hacerlo tranquilo porque a medida que trabajas vas cambiando cosas».Improvisación y espontaneidad, sí, pero no al buen tuntún. Antes de enfrentarse a la piedra en bruto con el puntero, la gradinas, las martinillas, el cincel y la lija de agua, el escultor dibuja, hace unos bocetos sobre papel, que acompañan a las piezas en esta exposición. No ha traído, sin embargo, los tridimensionales de los que parte, siempre con libertad para que la piedra dé la última puntada y decida que quiere ser más exuberante, perfilar sus ojos y sus labios o que ese abrazo entre dos hombres torne en pasión sin freno de dos amantes. La escultura se rebela. Y a Francisco Ortega le encanta.