Espectáculo
‘Pequeña’ magia mágica
El encanto de La Petite Caravane y el buen hacer de sus moradores conquistan a todos los públicos

El Gran Braulio entusiasmó a pequeños y grandes con sus números, incluido el de la cuerda.-Raúl Ochoa
Sin miedo a que la Catedral pudiera hacerla sombra, La Petite Caravane aparcó a los pies del templo con la misión de difundir el programa de magia de la Fundación Caja de Burgos y el propósito de hacer reír al público. Y, a juzgar por el sonido de risas y aplausos que sonaban dentro en cada pase, lo consiguió. Esa banda sonora fue el reclamo ideal para que quienes cerca de ella pasaran se pararan a preguntar a un abrigado portero venido de tierras del norte qué ocurría allí dentro. Hacía falta poco para convencer al curioso. Pero si además la puerta se abre y por ella salen rostros de entusiasmo, tanto el de la señora que lleva un abrigo de pieles como el de la criatura que necesita ayuda para bajar las escaleras... ¿Cuánto cuesta la entrada?Un goteo incesante de familias con niños pequeños, turistas con ganas de echarse unas carcajadas después de hincar el diente a una rosquilla del cercano mercado navideño o tías generosas ávidas de un plan para la recua de sobrinos llenó todas las representaciones.Mientras unos hacen cola justo delante del cartel que indica la entrada dispuestos a pisar la alfombra roja, otros salen maravillados por lo acontecido en el que dicen es el teatro más pequeño del mundo.
Laín, con sus vivarachos ojos de seis años, está entusiasmado. El Mago Braulio le ha regalado «su cuerda mágica», con la que hace un número imposible de cortes, nudos y desanudados. A sus primas, Alba (7 años) y Candela (9 años), también las ha encantado. La primera apunta como los más sorprendentes el truco del globo -que entra y sale por la nariz y por la boca provocando tantas caras de grima como de asombro- y el de los cubiletes que juegan con bolas rojas grandes y pequeñas, visibles e invisibles.Estos tres juegos bailan en el espectáculo El Gran Braulio, uno del abanico que se despliega en este atractivo vehículo que se puso en carretera hace tres años con el objetivo de hacer reír a la gente, «algo que quise hacer desde niño», desvela Adrián Conde antes de recoger entusiastas aplausos tras quince minutos de función.Adrián Conde, un artista todoterreno nacido en Argentina y adoptado por Gijón, donde vive desde hace 14 años, es el propietario de este carromato vintage que gusta de prestar a otros colegas para sus espectáculos como ha ocurrido este fin de semana en Burgos.«Ha sido una pasada, encima en este entorno. El éxito de la caravana es que a los festivales les encanta tenerla en su ciudad porque la plantas en una plaza y la gente se muere por entrar y una vez que lo hace se transporta a otro universo. Sale fascinada», ilustra tras el último pase de la mañana, aún caracterizado de Braulio, con sus gafas redondas de niño repelente, su frac con pajarita y pantalón corto y sus zapatones.A esa última cita asistió Miguel Sevilla. El mago burgalés, que compartiría roulotte con El Gran Truquini por la tarde frente al MEH, estuvo el sábado en Gamonal. La experiencia, cómo no, mágica. Y, entre el público, muchas familias. «Es un espacio muy íntimo, muy amable con el público, permite mucha comunicación», valora este ilusionista al que en absoluto le imponen los escasos centímetros que separan al mago del espectador. Hace tiempo que lo suyo es la magia de cerca.