Exposición
El pintor de ciudades secretas
Pedro Cano traza un recorrido por nueve urbes iluminadas por el Mediterráneo escapando de las típicas imágenes y descubriendo miradas que pasan desapercibidas al visitante ocasional. En la Sala Círculo Central hasta el 19 de febrero

Pedro Cano posa delante de Cartagena, una ciudad que le lleva hasta su infancia y los salazones que vendía su familia.-Israel L. Murillo
Se recorre sus calles, ahonda en su historia, escucha su música, toma apuntes, dibuja bocetos, se deja acariciar por la luz del sol, se mezcla con sus gentes, conoce sus costumbres, bebe sus vinos, admira su patrimonio artístico... Pedro Cano se aleja de la imagen de postal y brujulea en la ciudad desconocida para arrebatarle sus secretos. Se los lleva y cual alquimista juega con ellos hasta conseguir para ella una suerte de eterna juventud. Hace veinte años que el pintor murciano inició la colección IX Mediterráneos, nueve miradas a sendas ciudades iluminadas por este mar, que mecen la Sala Círculo Central hasta el 19 de febrero.Estambul, Mallorca, Alejandría, Split, Patmos, Venecia, Sicilia, Nápoles y Cartagena se asoman desconocidas a este álbum que llega a Burgos, el lugar más lejano del mar de todos por los que ha pasado hasta ahora (Cartagena, Roma, Salónica, Nápoles y Venecia).«Me da la impresión de haber hecho un viaje largo y enseñárselo a mis amigos», comenta el artista que hoy da una charla en la misma sala (20 horas, entrada libre).
Pero en el álbum de Pedro Cano (Blanca, Murcia, 1944) no aparecen las playas de Mallorca, ni las góndolas de Venecia ni el blanco caserío de Patmos. «No quería que fuera obvio, sino que cada lugar tuviera algo especial».Especial es la smorfia, una lotería de noventa números asociados a sendas figuras a la que apuestan los napolitanos. La imagen con la que sueñan la noche anterior los guía. A Cano le extrañó que nadie hubiera realizado una versión culta. Y la hace él. Si el 13 es San Antonio en vez de un santo pinta unos lirios y si el 14 es el borracho, él reproduce la famosa pintura de Velázquez.Sus recuerdos de infancia cincelan Cartagena. Los salazones que vendieron sus abuelos, sus padres e incluso él mismo conducen sus pasos por la ciudad «que poco a poco va adquiriendo la gran importancia que tuvo en la antigüedad».Emerge Santa Sofía en Estambul y el pintor viaja en el tiempo cuarenta años atrás, cuando la urbe turca estaba habitada por setecientos mil habitantes y no por los casi veinte millones que la pueblan hoy provocando un urbanismo sin orden ni concierto. Salvo en la zona de Santa Sofía. Ella paró los pies a la construcción descontrolada.Irreconocible se asoma Mallorca. El artista se escapa de sus playas y se deja bañar por la luz del Mediterráneo en la Cartuja de Valldemossa, donde vivió Chopin. «El claustro tiene unas celosías con cañas y palos para que no entren los pájaros desde el huerto. A mí me parecían partituras musicales, como si se hubiera quedado enredado el espíritu del compositor», cuenta antes de pasar a la siguiente página de este álbum.Está ahí la críptica y mágica Alejandría. Le costó desvelar sus secretos. Los atrapó en libros abiertos con evocaciones de la metrópoli que albergó la biblioteca más importante del Mediterráneo.
En pie sigue el Palacio de Diocleciano en Split (Croacia). Tres mil personas viven en él con ese juego de interiores y exteriores que definen su relación con el mar.El corazón de Pedro Cano se acelera en Patmos. «Es el sitio que más me gusta del mundo», expresa emocionado sobre esta isla griega de la que escoge su costumbre de hacer coronas de productos que el primero de mayo recogen en el campo.En un aprieto le puso Venecia. ¿Qué podía hacer él después del gran Turner? El libro Marca de agua, del Nobel Joseph Brodsky, le dio la pista. El autor ruso cuenta que paseando solo por un palacio veneciano, llegó a un salón lleno de espejos que se habían olvidado de devolver la imagen pues hacía mucho que nadie se miraba en ellos. Eso hace Pedro Cano y recoge los palos, más y menos ajados, que alguna vez sirvieron para atar góndolas.Tampoco quería representar a Sicilia como cuna de la mafia. El Padrino lo seducía poco. Y en la memoria griega de la isla italiana halló su sorpresa: su pasado clásico. El joven de Mozio, la Venus de Siracusa y el sátiro de Mazzara.Inagotable Mediterráneo.