El Correo de Burgos

Artes escénicas

Machismo, hoy como ayer

Morfeo Teatro abre un paréntesis en su trabajo barroco y estrena su propia adaptación de ‘Los cuernos de don Friolera’, de Valle-Inclán, en la que juega con el esperpento y demuestra que la sociedad ha cambiado poco en este último siglo. El sábado en el Teatro Principal

El equipo artístico está formado por, de i. a d., Mayte Bona, Francisco Negro, Santiago Nogués, Mamen Godoy, Adolfo Pastor y Felipe Santiago.-

El equipo artístico está formado por, de i. a d., Mayte Bona, Francisco Negro, Santiago Nogués, Mamen Godoy, Adolfo Pastor y Felipe Santiago.-

Publicado por
A.S.R.
Burgos

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Son las once y media de la mañana de un martes de finales de octubre y el sol alumbra la orilla del Arlanzón que ni en agosto. Contrasta esta luminosidad con el oscuro mundo que se recrea en el escenario del Teatro Principal. Una sociedad tejida con jirones negros, sumida en una decadencia que se consuma con la pérdida de los últimas colonias, por donde pululan garrulos de pelo en pecho y grotescos personajes del alegre vivir. Esta es la España anterior a la proclamación de la Segunda República que Valle-Inclán refleja en sus obras. El machismo, las apariencias, el honor mal entendido y la venganza giran en torno a Los cuernos de don Friolera, uno de los esperpentos del dramaturgo gallego que Morfeo Teatro estrena el sábado en las tablas de la plaza de Mío Cid (20.30 horas, 8, 10, 16 y 20 euros).La adaptación de Morfeo Teatro tira de una barraca de cómicos que en 1936 va de pueblo en pueblo representando Los cuernos de don Friolera. Metateatro. Una y otra realidad conviven en esta función.

Al tiempo que se cuenta la venganza del teniente Astete -don Friolera- cuando recibe un anónimo que le alerta del adulterio de su mujer, doña Loreta, con un chulapo de medias tintas, el barbero Pachequín, se relatan los entresijos de este grupo de actores con su personal visión del teatro de Valle y su propia experiencia vital.Emprenden este viaje doña Pirula Comepelusas (Mayte Bona), la maestra de ceremonias, la que llama a la concurrencia y presenta el espectáculo; doña Facundia Asaltacharcos (Mamen Godoy, que además dará vida a doña Loreta), la «frescachona cupletista»; Peneque Traganises (Francisco Negro), un personaje irónico y mordaz que lleva mucho camino en las alforjas; Gazmoño Meapilas (Santiago Nogués, que es don Friolera); Cagarolas Pelagatos (Felipe Santiago), ensimismado en sus asuntos; y Chupamendrugos (Adolfo Pastor, que encarna a Pachequín).Mayte Bona, fundadora de Morfeo junto a Francisco Negro, explica que tenían ganas de abordar a Valle. Llevaban un año y medio con el runrún y se han lanzado porque se ha representado poco y cuando se ha hecho ha sido, apunta, en versiones más costumbristas, «sin la fuerza de la deformidad que ha buscado Paco Negro -que firma la dramaturgia y la dirección-».«El esperpento es un instrumento que utiliza Valle para transformar en una farsa grotesca los acontecimientos más crueles del día a día. Es el espejo cóncavo que deforma y distorsiona los hechos más trágicos para provocar la carcajada», ilustra la actriz sentada en el patio de butacas, caracterizada ya como la comicona echada pa’lante a la que representa, a punto de iniciar una jornada más de ensayos. Convencida de que los tiempos no han cambiado tanto, advierte de que aquella sociedad tienen muchas similitudes con la actual.«Es, primero, un alegato contra el machismo ibérico, pero también critica una sociedad muy decepcionada, con un ejército corrupto que contrabandea, a la que tacha de gazmoña, dominada por la religión, con un corsé moral y, al mismo tiempo, hipócrita», resume.La escenografía, diseñada una vez más por Regue Fernández, juega con jirones de sábanas que cuelgan de arriba a abajo que propician transparencias. Está inspirada en la colección de pinturas Elegía a la República española, en la que el norteamericano Robert Motherwell representa la impresión que se llevó de España tras la Guerra Civil. «La ve como una gran luz, que fue la República, emborronada por muchas manchas negras», observa la actriz y añade que delante de estas telas aparece un teatrillo de títeres a escala humana donde se desarrolla el esperpento.La compañía afincada en Cuevas de San Clemente abre un paréntesis al teatro barroco que marca su trayectoria para adentrarse en los clásicos contemporáneos. Y Valle Inclán lo es. No será el último.

«Probablemente, sigamos abordando a otros autores que nos apetecen mucho», aventura Bona, que habla de este montaje como el tercero de una trilogía con la que han querido brindar una visión de España, desde el Barroco al siglo XX. Se completaría con La escuela de los vicios, de Quevedo, y El retablo de las maravillas, de Cervantes.«Los tres tienen un ojo crítico implacable, con ironía, mordacidad y facilidad de plasmar el conocimiento de su época, el alma humana de sus coetáneos, desde el humor y el sarcasmo. Valle es el heredero de esa retranca. Critica muchísimo el teatro de su época, heredero del decimonónico, cursi, amanerado», se explaya y señala que, aunque fue el más respetado, también resultó el más castigado por los empresarios del momento que no entendieron su mala leche.

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