Artes escénicas
Bambalúa, 20 años de teatro con sentido
La compañía burgalesa repasa su trayectoria, desde sus casuales inicios en lo alto de unos zancos en los noventa a su próximo estreno, en 2019, que traerá la picaresca al siglo XXI. Hoy lo cuentan en una charla en la Sala Polisón

'López y familia' fue uno de los espectáculos esenciales en la compañía.-
Desde piratas ecologistas a castizos personajes burgaleses. Desde miembros de una familia de altura a molestos y tiernos bichejos. Desde Diego Porcelos a Francisco de Salinas. Hay muchos desde y hasta en la trayectoria de Bambalúa Teatro. Todos los que entran en 20 años en el mundo de las artes escénicas. Ha alumbrado 33 propuestas escénicas, la mayoría destinadas a un público familiar, unas con más éxito que otras, de calle y de sala, en maridaje con el patrimonio o poniendo la sal a un evento, sin necesidad de vender humo, pero con urgencia por experimentar. Una aventura trufada de risas, y algún llanto, de obstáculos, de equivocaciones, de dudas, de incertidumbres... Pero siempre con un rumbo: crear un teatro comprometido con la sociedad con un trasfondo pedagógico que provoque una reflexión en pequeños y grandes.Alejandro Britos, Alfonso Matía, Cristina Salces, Concha Valcárcel y Mariví Suescun son los componentes actuales de la compañía burgalesa y hoy se embarcarán en la nave del tiempo para desvelar la evolución de su proceso creativo en una charla (Sala Polisón, 20 horas) que complementa la exposición que, hasta el 7 de octubre, alberga la sala del Teatro Principal.Volarán hasta los años noventa. Cuando eran chicos atraídos por los zancos, los malabares y otras artes. Cuando todo era solo una diversión. Cuando ni se imaginaban que el teatro se convertiría en su profesión. En su vida.«Éramos gente que venía de la educación y del mundo artístico y que, sin darnos cuenta, nos juntamos para hacer una animación conjunta, más organizada, más seria. No hay un punto de inicio concreto. Una cosa llevó a la otra», recuerda Sito Matía y fija 1998 como el inicio de la historia oficial de Bambalúa Teatro, que primero se llamó Bambalina. Ese año crearon una asociación. Aunque aún esa vida era una afición, pronto empezó a ocupar tanto tiempo que hubo que tomar una determinación. El teatro ganó.
Primero de forma tímida con cuentacuentos, animaciones en colegios, fiestas de pueblos... La cosa se puso seria, observa Matía, con dos espectáculos: López y familia y Un mundo de colores.«Los López nos diferencian en ese momento. Era 1999 y no había nadie en Burgos e incluso en Castilla y León que hiciera ese teatro de calle, con zancos, que solo se veía en la zona de Levante con La Fura y Visitants y algo en el País Vasco, y que desarrollara una dramaturgia. Hacíamos crítica social, de las dificultades de una familia, de los conflictos con las nuevas tecnologías que estaban por venir... Ya no era animación, era teatro de calle», se explaya y apostilla que tan nuevo resultaba para ellos como para el público, poco acostumbrado a este tipo de oferta.«Y Un mundo de colores era un cuentacuentos, pero hilado. Con él entramos en red de teatros, circuitos escénicos... y nos asentó como compañía», completa. Con todas las obligaciones que una empresa, en este caso cooperativa, conlleva: producción, financiación, promoción, estudio de mercado...Levantaron Menú Bambalúa, El profesor Recicleto, Microcosmos, Spika, El ladrón de islas, El retorno de Mangucián, Quijotadas, La voz del bosque, PI-RA-TAS...A esta lista se suma la creación de espectáculos para espacios alternativos en un maridaje entre patrimonio y teatro, construidos en torno a la historia de esos lugares, como el Monasterio de San Juan con ¡Ah del Alcázar! o los más amplios El hilo de la memoria, La gallina ciega, Témpora, Kikiripum y Burgati, con los que han conquistado el Castillo.Bambalúa vive un punto de inflexión en 2011 tras la salida de José Luis Manso, uno de sus integrantes. «Sirvió para que la compañía se sentara, reflexionara, se preguntara dónde estaba y qué quería hacer. Hasta ese momento, la inercia nos había llevado y ahí se produce un salto de madurez. Fue el momento de arriesgar», convienen Matía y Salces.La máscara de la muerte roja y Frankristina son hijos de esas cavilaciones, además de la definición del propio grupo. «Se caracteriza porque los actores desarrollamos múltiples personajes en escena, utilizamos la escenografía como un elemento más, no como un simple decorado, y trabajamos desde la acción, aunque siempre sobre un texto y una dramaturgia que siempre es propia. Es un teatro ágil y muy dinámico», dibuja el actor y remarca ese trasfondo pedagógico que los anima desde el inicio.Desde entonces a ahora, no todo ha sido bonito. La crisis los ha golpeado. Como a todo el sector. Ha habido momentos delicados. La burbuja y la cultura del todo gratis en los momentos boyantes, la falta de liquidez, la demora en los pagos, los ilógicos plazos que sigue la Junta en el abono de sus subvenciones (antes de la producción el 25% y el resto después), el robo de la furgoneta en 2012... Zancadillas que los hicieron trastabillar, aunque nunca pisar el borde del precipicio. Mantenerse lejos los ha costado, pero lo han conseguido. Tocan madera.Este 20 aniversario obliga una nueva reflexión sobre el momento que atraviesan. La radiografía es positiva, aunque no ideal. «Estamos dónde deseamos, en el sentido de que estamos haciendo lo que queremos, aunque no como nos apeteciera porque los medios no son los mejores. Pero a nivel artístico estamos contentos porque mantenemos una línea por la que transitar», analiza Matía y fija su mirada en su próximo proyecto, a estrenar en 2019.Avanza que girará en torno a la picaresca del Siglo de Oro trasladada a la actualidad con la puesta en solfa de las desgracias del ser humano, siempre tan universales. Pero ese renglón ya formará parte del capítulo 21 de la historia de un sueño.