El Correo de Burgos

III Foro de la Cultura

«No encontraremos felicidad en la nube, sino aislamiento»

Gerd Leonhard urge a ser conscientes de que el avance tecnológico requiere un nuevo modelo social, vaticina un cambio en el sector del empleo e insta a potenciar habilidades ajenas, de momento, a las máquinas como la imaginación o la creatividad

Gerd Leonhard (i.) se sentó a charlar con Antonio Lucas tras su exposición sobre tecnología y humanismo.-Santi Otero

Gerd Leonhard (i.) se sentó a charlar con Antonio Lucas tras su exposición sobre tecnología y humanismo.-Santi Otero

Publicado por
A.S.R.
Burgos

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Una de cal y otra de arena, una de tecnología y otra de humanismo, tanto monta, dio el futurista Gerd Leonhard en la charla de apertura del III Foro de la Cultura, celebrada ayer en el Fórum. El ensayista alemán urgió a ser conscientes de que el avance tecnológico requiere un nuevo contrato social y una regulación que deben propiciar los gobernantes, vaticinó cambios importantes en el sector del empleo, advirtió de la necesidad de proteger lo esencialmente humano y de potenciar las habilidades que, de momento, son inalcanzables para las máquinas como la imaginación, la creatividad, la comprensión o la empatía.El autor de Tecnología versus Humanidad, que tras su exposición mantuvo una charla con el periodista y poeta Antonio Lucas, observó que en los próximos 10 años se producirán cambios más determinantes que en los últimos 300 dejando pequeños a la Revolución Industrial, el teléfono o internet. «Hoy estos aparatos están dentro de nuestro cerebro y producen cambios en el modo en que pensamos y sentimos», señaló y auguró que llegará el día en el que nanorobots corran por nuestros torrentes sanguíneos. «Y no es ciencia ficción. Va a pasar en aproximadamente 10 años. Puede ser algo fantástico o alto terrible». La cuestión, dijo, es hacer que sea bueno y ahí, dado que la tecnología carece de ética, debe entrar la política.«El 90% de esos cambios son positivos, pueden ser una amenaza porque la tecnología se mueve muy rápido, y es importante la labor de los gobiernos, deben comprender esos cambios y regularlos buscando siempre el equilibrio adecuado», advirtió y detectó en el sector del empleo una de las transformaciones más evidentes.«Las actividades rutinarias serán adoptadas por máquinas y esto afectará a profesiones como los taxistas porque los coches conducirán solos. Será el final de la rutina, pero no del mundo laboral. Todo lo que no se pueda digitalizar será valioso», sentenció y añadió que esta realidad obligará a «reeducar a nuestros hijos para que adquieran nuevas habilidades».Un aprendizaje que pasa por alejarse de todo aquello que pueden hacer las máquinas -«cuanto más nos parezcamos a ellas, más inútiles seremos»- y fomentar las facultades, hasta el momento, inalcanzables por estos artilugios. «Hay que proteger lo que nos hace esencialmente humanos. No encontraremos la felicidad ni en la nube ni en las pantallas. Ahí solo hallaremos aislamiento, una felicidad momentánea, que no es malo, pero la verdadera felicidad es más compleja», destacó y abogó por más filosofía, más arte, más deporte.«Este sistema nos puede dar miedo, puede ser duro, pero es positivo. La tecnología va a ayudarnos a solucionar muchos problemas, medioambientales, energéticos, de salud o alimentarios y tenemos que estar preparados para adoptarlos», anotó y concluyó: «Hay que abrazar la tecnología, pero no convertirnos en ella».A estas reflexiones sobre las bondades de la tecnología y la necesidad de reeducación que plantea Leonhard, el periodista Antonio Lucas sumó un punto de vista más: cómo puede generar un mayor muro entre el primer y el tercer mundo.«Hay que encontrar el camino en el que haya un equilibrio en el que el mundo no salte por los aires en beneficio de unas cuantas compañías que son las que van a liderar el avance tecnológico. No es lo mismo hablar de tecnología en Burgos, Madrid, Nueva York o Londres que hacerlo en Burkina Faso, Guinea Ecuatorial o Vietnam», expuso el redactor de El Mundo.Se preguntó el poeta por la nueva condición del alma que generará esa inteligencia artificial y hasta qué punto esas máquinas escribirán un poema o alumbrarán una pintura con posibilidad de autenticidad.

Esa respuesta quedó en el aire igual que los oportunos versos de la polaca Wislawa Szymborska que, antes de dar la palabra al público, recitó: Cuando pronuncio la palabra futuro, / la primera sílaba pertenece ya al pasado.

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