El Correo de Burgos

Silencio bajo el agua, destierros forzosos y amor a pesar de todo

‘Memorias ahogadas’, de Jairo Marcos y María Ángeles Fernández, desmitifica la construcción masiva de embalses como símbolo de progreso. Este jueves, 17 de octubre, cita con los lectores en el Salón Rojo del Teatro Principal de Burgos

Jairo Marcos y María Ángeles Fernández, con un ejemplar de 'Memorias ahogadas', en el río Arlanzón, junto al puente San Pablo.

Jairo Marcos y María Ángeles Fernández, con un ejemplar de 'Memorias ahogadas', en el río Arlanzón, junto al puente San Pablo.ÓSCAR CORCUERA

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La España de los pantanos, con o sin dictadura mediante, tiende a concebirse como sinónimo de progreso. Casi nadie se cuestiona, salvo las víctimas sobre el terreno, el impacto humano y medioambiental de tan colosales infraestructuras. La configuración de un «Estado hidráulico» con más de 1.200 embalses esconde una cara oculta que apenas ha visto la luz. Y cuando lo ha hecho era de forma aislada, muy local; sin «todos esos puntos en común que unen las diferentes construcciones» y que los periodistas Jairo Marcos y María Ángeles Fernández han tenido a bien rescatar del más escandaloso de los olvidos a través de Memorias Ahogadas.

Cuatro años y pico de trabajo, de aquí para allá. Cientos de kilómetros para recoger testimonios vivos, historias tan reales como silenciadas, en una obra que no es periodismo sino «literatura de no ficción». Será el escritor burgalés Carlos de la Sierra, siempre comprometido con las causas justas, quien presente el libro, el jueves 17 de octubre, en el Salón Rojo del Teatro Principal a las 19:30 horas. La acogida, reconoce Marcos encantado de volver a casa, está siendo «espectacular». Y que así sea de nuevo, a poder ser generando un interesante debate con el público.

Podría decirse que el origen del proyecto se ubica en América Latina. «Se han construido muchas represas en los últimos años y los movimientos de resistencia son muy grandes». Fue allí donde esta pareja de redactores freelance empezó a cuestionar la realidad de su propio país, líder en Europa en número de embalses y «el quinto del mundo en términos absolutos por delante de Estados Unidos o India, que son enormes». Una barbaridad, se mire por donde se mire, sobre la que nunca se dieron demasiadas explicaciones porque quizá tampoco se preguntó lo suficiente.

«Queríamos escuchar a esas personas que nunca fueron escuchadas», apunta Fernández mientras define Memorias ahogadas como una «historia de silencio». Su compañero, más de acuerdo imposible, prosigue: «A la gente le vendían que era un sacrificio colectivo en aras del crecimiento, del progreso y del desarrollo. ¿De quién? Eso no lo decían, pero al final era para las mismas constructoras e hidroeléctricas». Y así, bajo el pretexto del abastecimiento de agua, la generación de energía y las reservas para el regadío desaparecieron pueblos enteros.

«Expropiaron los terrenos, se quedaron con las casas y las dinamitaron». Una de tantas historias, en este caso la de Jánovas (Huesca).

Los doce capítulos del libro revelan más de 70 conversaciones -que no entrevistas- en las que «la gente te confía su historia, llora y ríe delante de ti». Cada cual diferente, íntima, pero siempre apegada al «sufrimiento colectivo» de quien afronta un destierro forzoso por obra y gracia de la Administración en connivencia con grandes empresas. Hay relatos que marcan, a los propios periodistas y al lector, como el de Amparo. Burgalesa y casi centenaria, tuvo la osadía de enamorarse de un preso republicano que trabajaba en la construcción del embalse del Ebro, el mismo que «iba a anegar su pueblo».

«Ella venía de una familia de derechas. Imagínate lo que supuso», resume Fernández, con una tímida sonrisa, al recordar la cariñosa acogida de Amparo en su casa. Sin duda, «una de las historias más bonitas del libro». Por la «emoción» de la mujer al revisitar su pasado, por ese dolor contenido al describir las condiciones de esclavitud a las que se sometía a los presos y, sobre todo, porque al fin y al cabo Memorias ahogadas también habla del «amor».

También curiosa es la historia de Vicenta. Vecina de Guma, a escasos 15 kilómetros de Aranda de Duero, «es más vieja que su pueblo». En realidad, fue obligada a trasladarse en la década de los 50 debido a la obsesión del franquismo por los pantanos. En aquellos tiempos, como bien explica Marcos, era «muy difícil» alzar la voz. Pero hubo valientes y tozudos. Como las familias Garcés y Buisán, en Jánovas (Huesca), que permanecieron más de dos décadas «sin luz, sin agua, sin nada». Quijotes contra gigantes (reales), luchando contra viento y marea, para evitar un éxodo que parecía irremediable.

Nunca llegó a haber embalse en Jánovas, lo cual no quita para que el pueblo fuese arrasado. «Expropiaron los terrenos, se quedaron con las casas y las dinamitaron», detalla Marcos incapaz de entender que ahora, tanto tiempo después, los hijos y nietos de la localidad tengan que adquirir esas parcelas arrebatadas a sus seres queridos a un «precio desorbitado».

Durante su investigación, ambos periodistas llegaron a descubrir un verraco en Extremadura nunca antes documentado.

Otro ejemplo de resistencia también en Huesca, en Biscarrués para más inri. Su embalse, con 30 años en previsión, se descartó en 2020 aunque haya alguna que otra intentona para retomarlo. Hasta allí se desplazaron Fernández y Marcos, presentes en las «fiestas de la victoria» por parte de los vecinos que se niegan a abandonar sus hogares. Por otro lado, Memorias ahogadas también se hace eco de lo acontecido en Riaño (León), que a finales de los 80 marcó en gran medida «el inicio del movimiento ecologista en el Estado».

Lo de las compensaciones, si es que llegaron, tiene tela. Era necesario poner el foco sobre este asunto, tal y como subraya Fernández, para mostrar cómo «se ha pagado de manera muy miserable y cicatera» a muchos los desterrados. «Imagínate: te expropian en los 70 y no te pagan hasta 40 años después. Encima sin actualizar precios», comenta Marcos. Y ojo, porque lo del patrimonio sumergido -cuando no dinamitado- también se las trae. Para ejemplos, los de la Catedral de los Peces en el embalse del Ebro, el dolmen de Guadalperal (Cáceres) -conocido como el Stonehenge español- o aquel verraco nunca antes documentado, descubierto en Extremadura por los propios periodistas, una tarde de agosto.

Mucho han dado de sí estas Memorias ahogadas con las que Marcos y Fernández ganaron el premio Bodegas Olarra & Café Bretón. Tanto que avanzan su intención de seguir por la misma senda, sin descuidar sus quehaceres como reporteros, porque «el agua es una de nuestras obsesiones». De momento, desconocen el formato y el asunto a investigar, pero dejan meridianamente claro que este libro es un «punto y seguido».

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