Triple llamada a detenerse, observar y escuchar
Las dispares obras de Alain Urrutia, Virgina Rivas y Cristóbal Hara toman el CAB. Reivindican el arte como refugio ante «devastadoras realidades» y sus pinturas, ruidos y fotografías retan al espectador a parar y dejarse llevar con calma

Presentación del nuevo ciclo expositivo del CAB. En la imagen, Virginia Rivas, Javier del Campo, Alain Urrutia y Cristobal Hara.
Corren tiempos que corren. La prisa aprieta. Las imágenes acechan y, en ocasiones, alimentan las ganas de huir. El arte se erige entonces como reflejo y, sobre todo, «refugio» ante las «devastadoras realidades» que estallan más allá y «que, pese a ocurrir afuera, nos afectan y nos hacen sangrar».
En este contexto y fiel a su misión, el CAB invita una vez más a la reflexión. Lo hace con un nuevo ciclo expositivo cuyos protagonistas parecen confabularse para llamar al espectador a parar, a detenerse ante su obra, a observarla con detenimiento, a escucharla, a dejarse llevar en calma mientras el mundo gira.
Asentían los artistas, Alain Urrutia, Virginia Rivas y Cristóbal Hara, ante las referencias cruzadas que evidenciaban este común empeño o denominador en la inauguración de las muestras que vestirán el centro burgalés hasta el 18 de enero.
De arriba a abajo, el pintor de Bilbao afincado en Berlín propone en la primera planta un cambio de escala en su trabajo. «Si sus obras anteriores eran pequeños cuadros de tamaño libro, concebidos como fragmentos casi íntimos», desembarca en la ciudad con seis dípticos monumentales que obligan al espectador a enfrentarse a la mirada que preside el lienzo. «El visitante se convierte a la vez en observador y observado. Los fragmentos que utiliza, extraídos de imágenes históricas, se transforman en una iconografía contemporánea», destacaba el director de Arte de la Fundación Caja de Burgos, Javier del Campo.
Urrutia, por su parte, recordaba que «vivimos rodeados de más imágenes que nunca, pero en el momento en el que menos sabemos leerlas». De ahí su apuesta por los extremos en ‘Regard sur le regard’, desde ese pequeñísimo formato que obliga a acercarse para desentrañar la escena «cotidiana que esconde», hasta el cuadro enorme, «del que es imposible escapar». Sus creaciones contemplan sin piedad al visitante y dialogan con él, en silencio.

Urrutia, junto a sus cuadros de gran formato de los que el espectador no puede escapar.
En la planta menos uno, sin embargo, aguarda el sonido, objeto de estudio de la madrileña -y residente en Hervás- Virginia Rivas en ‘El color del ruido’. La exposición es el fruto de cuatro años de trabajo inspirado en descubrimientos científicos que asocian el ruido con una gama cromática. Rivas explora así «los límites de la pintura para desplazarla desde su lugar tradicional hacia un ámbito de naturaleza conceptual y de interacción social, lo que hace del trabajo de Rivas algo insólito en el arte de nuestro país. No se detiene en los aspectos inmediatos, en los aspectos formales, en el aspecto cosmético, sino que bucea en las consecuencias sensoriales, afectivas e incluso en las aplicaciones emocionales que este pueda tener en el espectador», subrayaba Del Campo.
Rivas, más terrenal, se afanó en traducir el trasfondo científico de un planteamiento que reconocía «complejo»: «A principios del siglo XX se descubrió que era posible dotar a los ruidos de color, darles una connotación cromática. A partir de este hallazgo, lo que tradicionalmente consideramos una señal acústica desagradable (que eso es el ruido dentro de la ingeniería del sonido) no se ve como algo negativo. En realidad, existe una analogía en el espectro: al igual que la luz blanca se descompone en colores al pasar por un prisma, el ruido (específicamente el blanco, que contiene todas las frecuencias iguales y ondas equilibradas) también puede descomponerse en el ruido rosa, el ruido azul o el ruido verde. Esto es posible porque, dentro del espectro sonoro y visual, el color y el ruido coinciden».

Rivas juega a colorear el ruido en el CAB.
He ahí el punto de partida de un recorrido en el que convergen elementos analógicos y últimas tecnologías, presentes en el bagaje vital de esta artista del 81, que se confiesa tan fan de las diapositivas de antaño como de la inteligencia artificial.
Más abajo, en la planta menos dos, aguarda la memoria viva de Cristóbal Hara, cuya presencia en el CAB es «un motivo de felicidad en sí misma, un acontecimiento», celebró Del Campo. El Premio Nacional de Fotografía de 2022, «uno de los autores más reconocidos en activo en nuestro país y, también, uno de los más radicales y esquivos a la hora de ser vinculado a cualquiera de los grupos y movimientos que han conformado la historia de la especialidad, comparece con una obra que es tanto inédita y actual como germinal en su trayectoria».
‘Principiante’ es, de hecho, un viaje de vuelta a sus escarceos iniciales con la cámara, a su aprendizaje, cuando era tan solo un veinteañero. «Puede parecer una exposición de joven, porque son imágenes de mis primeros años, pero en realidad es una exposición totalmente de viejo. Quería rescatar y publicar antes de morir el trabajo hecho, que, de repente, es mucho», confesó el fotógrafo, satisfecho por recuperar este legado a pedazos, a la espera de la gran retrospectiva antológica prometida por el Ministerio de Cultura que no acaba de llegar. Mientras, elige Burgos para reivindicar «una mirada fértil e ingenua, previa a la crítica posterior y a la búsqueda del éxito, devolviendo valor a la autenticidad del comienzo», señaló Del Campo.
Repartidas en distintas series (Soldado en España; Niños de Cuenca y Fotografías Españolas), sus imágenes en blanco y negro invitan a viajar a ese tiempo y ese lugar que aquel joven Hara inmortalizó. Casi un tercio de las fotografías que conforman esta exposición coproducida por Fundación Caja de Burgos y la Fundación Juan March, capturadas entre finales de los años sesenta y comienzos de los ochenta, son inéditas.

Cristóbal Hara, Premio Nacional de Fotografía en 2022, contempla las obras de juventud que reúne en 'Principiante'.
El autor revisitó para la ocasión negativos y primeras copias, recuperó instantáneas casi perdidas, que sometía a complejos procesos de restauración, positivó y editó nuevas impresiones y las preparó también para una publicación homónima que, como la muestra, recorre, además de sus primeros pasos en los que ya se adivina el encuadre que hoy le caracteriza, rincones de la España de entonces, tan «acomplejada culturalmente» como hoy, indicaba, en referencia a la resistencia del país a exhibir su realidad.