El Correo de Burgos

Cicatrices en el alma, barreras mentales y una vida nueva por delante

Chileno de nacimiento y burgalés de corazón, Steven Vanderlook convierte su propia catarsis en arte y la expone, a través de 'Momento Arkhé' y 'Ecos', en El Estallido y El Muro hasta el 26 de octubre

Gonzalo Silva, también conocido como Steven Vanderlook, con una de sus obras en El Estallido.

Gonzalo Silva, también conocido como Steven Vanderlook, con una de sus obras en El Estallido.ÓSCAR CORCUERA

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Burgos

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No entraremos en detalles porque tampoco viene a cuento, pero podría decirse que Gonzalo Silva (Santiago de Chile, 1989) llegó a tocar fondo. La depresión, tan puñetera como silenciosa, llamó a su puerta antes de tirarla abajo. Hará un año, más o menos, la ansiada luz al final del túnel dejó de ser un espejismo. No quedaba más remedio que echar a esa incómoda huésped aun sabiendo que siempre permanecerá al acecho. Y de la catarsis, con el arte por bandera, surgió un genial alter ego: Steven Vanderlook

Curtido en el mundillo audiovisual y pictórico bajo el alias de Petter Zenrod, este inquieto creador burgalés (no de nacimiento, pero como si lo fuera) se vio en la tesitura de plantarse cara a sí mismo. «Tuve que destruirme, destrozar a esa persona en la que me estaba convirtiendo para juntar otra vez los trozos y tener unos cimientos mejores». De ahí la meditación e innumerables reflexiones plasmadas sobre el papel. A boli o con máquina de escribir, muchos de esos pensamientos que anhelaba palpar físicamente han acabado cobrando otra forma. Obras aparentemente abstractas, a base de espray sobre cartulina, que dan lugar a múltiples interpretaciones. 

«Aburrido de lo digital», Steven realizó su primera prueba en diciembre. El spray, como la luz, viaja en línea recta y «todo lo que tenga entre medias genera una sombra». Cuando se quiso dar cuenta, allá por marzo, jugaba ensimismado con los relieves para dotarles de intencionalidad. Cada pliegue, antes incluso de entrar en contacto con la pintura, sugiere un recuerdo o idea recurrente. Desde que lo vio claro, no ha dejado de expresarse. Sin presión propia o ajena, simplemente «aprovechando los momentos de creatividad al máximo»

Donde nace el vuelo, la evocación del nido vacío desde la «celebración de un ciclo cumplido», fue la primera obra en saltar a la palestra pública. El pasado mes de mayo en la Sala de Exposiciones del Teatro Principal, nada más y nada menos. Para la siguiente incursión, lo suyo era hacer algo distinto. Salirse un poco de la norma y ofrecer doble ración de Vanderlook. ¿Cómo? Con sendas muestras en El Estallido (calle Toledo, 3) y El Muro (San Francisco, 2) hasta el 26 de octubre

Hay un hilo conductor -o dos, mejor dicho- entre ambas exposiciones: «autoconocimiento y aceptación». Pero con diferencias en lo sustancial, en lo más primitivo y enrevesado de la psique humana, pese a los puntos en común. En Momento Arkhé (El Estallido), que alude al «principio u origen de todas las cosas», Steven refleja sus vivencias a lo largo del último año. Escenas «poco agradables» que remueven pero de las que no reniega. De hecho, el cuadro que da título a esta muestra fue el que más le «dolió» porque «me recuerda el momento de decir 'basta' y seguir adelante». 

De las experiencias pasadas, relativamente recientes, Steven da un salto al vacío en Ecos (El Muro) para abordar sin tapujos «las barreras mentales que nos montamos cada uno en la cabeza». Las texturas grises que emergen o predominan en casi todas las piezas de esta colección, a priori impávidas, se dejan seducir por colores vivos que invocan calmas y tensiones ocultas, luces y sombras que convergen mientras la esperanza trata de abrirse camino. 

La obra de Steven Vanderlook se nutre -y no lo oculta- de cicatrices. O, cómo él mismo las define, «errores que has cometido para no volver a cometerlos». De la experiencia no solo se aprende, también se puede sacar provecho. A través de la pintura, en este caso, con la firme vocación de compartir reflexiones

Ajeno al (casi siempre) inapelable ego del artista, lo que más le motiva a la hora de exponer es el intercambio de impresiones con el espectador. «Quiero saber lo que sienten, si les gusta o no. Aunque te genere rechazo, por lo menos te genera algo», subraya antes de reconocer que «hay gente a la que algunos cuadros le parecen agresivos». 

Cada cuadro incorpora su propia sinopsis, aunque las interpretaciones del respetable son tan libres como variadas. Basta además un simple cambio de orientación -poniéndolo del revés, por ejemplo- para trastocar por completo perspectiva emocional. También entra en juego, inevitablemente, el estado anímico de quien observa. Como la película Akira, toda una «referencia» para Steven que adquiere distintos significados, dependiendo del momento, cada vez que la ve. 

Con las obras que ahora expone a la venta -a menor precio que a partir del 26 de octubre-, el creador burgalés continúa dando rienda suelta a su impronta mientras aprende «nuevas fórmulas y técnicas». Si se pudiese ganar la vida con ello, bienvenido sea. Sin embargo, el dinero no es la prioridad. Lo que prima, desde que empezó y de ahí en adelante, es «la salud mental: la mía y la de otras personas a las que poder ayudar». Por eso se mantiene atento, audaz y expectante. Porque, como él mismo reconoce, «espero a que me pasen cosas para poder plasmarlas». 

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