El Correo de Burgos

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MESES DE TRAJÍN con la plaza de toros y servidora sin aprovechar la ocasión para hurgar en una herida. No me gusta tratar lo tratado aunque a veces la comodidad -y aún más la falta de tiempo para divagar- obligue a tirar de temas churruscados de puro candentes para llenar este hueco que acaba en mis manos cada quince días. Pero hay asuntos tan irresistibles como enervantes que logran resquebrajar mi férrea voluntad –ríanse los que me conocen- y me animan a lanzarme al ruedo de la actualidad más rabiosa, como es el caso.

Hablaré pues de la encuesta que ha de servir como escudo de adamantium para defender la reforma del coso y su transformación en pabellón multiusos, ese edén soñado por todo burgalés para dar rienda suelta a sus pulsiones culturales, cualesquiera que sean como bien indica el apellido del recinto en ciernes. Y es que esa encuesta, más allá de lo esperado de unas respuestas servidas en bandeja por preguntas a la medida del pagador, encierra la clave de la política actual: consulto lo que quiero, cuando quiero y de la manera que quiero y enarbolo los resultados solo si me conviene, y si no, me los guardo. Para lo demás, tiro de resultado y programa electoral o, mejor, de mayoría absoluta.

El equipo de Gobierno se equivoca del todo si cree que esa representatividad de 450 que esgrime como apoyo masivo a su iniciativa va a servir para acallar a los detractores de una obra cuya necesidad es tan cuestionable. Y más todavía yerra al vender los resultados de este sondeo –de cuyo rigor no dudo en la forma aunque sí en el fondo- como el aval perfecto para hacer lo que antes de preguntar ya estaba decidido. Miren las fechas: para cuando la empresa responsable del estudio comenzó a descolgar los teléfonos el proyecto estaba incluso adjudicado.

Los argumentos suelen ser previos así que no me vengan con cuentos de ascuas y sardinas. Escuchen o no, pero si quieren hacerlo sean valientes y pregunten a todos, en corto y por derecho. Porque hay herramientas, aunque estén escondidas en lo más recóndito del desván democrático, ese que no quieren ventilar por miedo a que una corriente desordene la baraja ahora que las cartas están marcadas. La fórmula es simple, que no sencilla, y se llama referéndum –sí, he osado- consultivo o decisorio, a la altura de la valentía de cada cual o a su vergüenza torera.

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